COLUMNA: Azawad, el último dilema fronterizo africano

El 6 de este mes, grupos rebeldes tuareg en la ciudad de Tombuctú se declararon independientes de Malí, y anunciaron el nacimiento de una nueva nación llamada Azawad. Los estados africanos vecinos y la comunidad internacional ignoraron o condenaron ampliamente esta medida unilateral.

Pero muchas fronteras nacionales en África, que datan de la era colonial, son arbitrarias. También es probable que, si los reclamos rebeldes son rechazados, se desate un conflicto prolongado en un área que vive en constante inseguridad alimentaria. Por todo esto, la comunidad internacional debería pensar con cuidado cuál es la mejor manera de comprometerse con este potencial nuevo país africano.

La historia de las fronteras africanas contemporáneas es, por lo menos, problemática. Las potencias coloniales europeas se repartieron África y fijaron caprichosamente sus límites territoriales. Esto ocurrió en la Conferencia de Berlín de 1884-1885, a la que no asistió, desde luego, ningún africano.

Estas fronteras, que continuaron mucho después de la independencia, a menudo escindieron tribus, agruparon etnias incompatibles o crearon países que enfrentaron problemas económicos por ser demasiado grandes, demasiado pequeños o carecer de salida al mar.

Con este conflictivo origen, no sorprende ver luchas para redefinir los límites nacionales en la era contemporánea.
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Tuaregs aferrados a su patria

A primera vista, la solución al "problema fronterizo africano" puede parecer simple: a medida que se presenten las oportunidades, se debería buscar la conformación de estados étnicamente más homogéneos.

El problema es que los territorios étnicos nunca existieron realmente en buena parte de África. El paisaje africano es con frecuencia maravillosamente diverso, con diferentes grupos apostando a estrategias de subsistencia distintas y a menudo complementarias: agricultores, ganaderos y pescadores, por nombrar algunos.

Por definición, los países creados con una lógica étnica suelen dar como resultado que la mayoría tenga privilegios sobre el resto de su población. Estos estados también pueden tener una limitada viabilidad financiera, pues tienden a ser más pequeños y menos diversos desde el punto de vista económico.

Azawad, aunque no es una idea nueva, es el último estado étnico- territorial que busca ser reconocido. Los tuaregs son un pueblo nómade de piel más clara, históricamente dependientes de la cría de animales, que están dispersos por las tierras áridas de África occidental ubicadas entre Malí, Níger, Burkina Faso, Argelia y Libia.

Históricamente, los tuaregs han aspirado a un estado independiente, pues a menudo fueron marginados por los gobiernos de la región que favorecían a comunidades agrícolas más sedentarias.

La única excepción fue Libia, donde el asesinado dictador Muammar Gadafi (1969-2011) reclutó activamente a inmigrantes tuareg y los entrenó para que integraran su fuerza de defensa personal.

Nacimiento problemático

¿Hacia dónde va, entonces, este recién proclamado estado africano? Son cuatro los fenómenos vinculados que le dieron pie y que también van en contra de su viabilidad.

El primer problema es que Malí ha tenido una relación incómoda con su población tuareg, por la historia de dominio de los agricultores del sur, que marginaron a este pueblo pastoral nómade y norteño. A principios de los años 60 y de los 90 estallaron rebeliones a las que siguió una reconciliación sustantiva durante una serie de negociaciones a fines de los 90.

El gobierno de Malí prometió mayores sumas para la asistencia a las regiones del norte, se creó una nueva provincia (conocida como Kidal) para dar mayor representación a los tuaregs y se designaron varios ministros de esa comunidad.

Aunque no todo era perfecto, la situación se mantuvo relativamente calma hasta que combatientes tuaregs fuertemente armados volvieron a Malí a fines de 2011, tras la muerte de Gadafi en Libia.

El segundo problema es que Azawad surgió por la fuerza, no mediante un referendo, justo cuando su estado madre, la República de Malí, estaba a punto de implosionar. Los excombatientes de Gadafi dieron nuevos bríos a la organización secular de resistencia tuareg en Malí, conocida como Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad (MNLA).

El MNLA empezó entonces a atacar con éxito varias instalaciones militares en el norte del país. Estas derrotas del ejército, junto con una generalizada corrupción, llevaron a que el 21 de marzo, cuando faltaba apenas un mes para los comicios, una junta de militares jóvenes y desorganizados diera un golpe de Estado contra el gobierno democráticamente elegido.

El vacío de poder resultante permitió que el MNLA tomara una serie de poblados importantes en el norte y declarara la independencia el 6 de este mes. El secular MNLA fue acusado de vínculos con la red extremista Al Qaeda en el Magreb islámico, y con grupos musulmanes conservadores como Ansar Dine, si bien sigue diferenciando su causa de las de esos otros grupos.

Ante el éxito de las sanciones económicas impuestas por la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (Ecowas, por sus siglas en inglés), la junta militar que temporalmente había asumido el control en el sur renunció y traspasó el gobierno a civiles, si bien sigue siendo el poder en la sombra.

Con un gobierno internacionalmente aceptado de nuevo en el sur, y mientras los países vecinos temen a un Azawad independiente, un potencial escenario es que las Fuerzas Armadas de Malí, con el apoyo de tropas de la Ecowas, intenten retomar violentamente los territorios del norte.

Anuncio de estado islámico en Tombuctú

El tercer problema es que no está claro si la mayoría de los pueblos que viven en el propuesto territorio de Azawad apoyan su existencia. Las provincias del norte de Malí incluyen a muchos habitantes que no son tuaregs, especialmente los songhais y los fulanis, que probablemente tengan poco interés en integrarse a un nuevo estado fuertemente vinculado a un grupo étnico.

Además, hay disputas por las fronteras de Azawad, que incluye áreas donde los tuaregs son clara minoría. Finalmente, incluso algunos tuaregs que viven dentro del propuesto país pueden temer la imposición de un Islam más fundamentalista, o a darse cuenta de que la nación desértica tiene un futuro económico problemático al no estar conectada a una región sureña más rica, que produce excedentes de alimentos y que exporta oro y algodón.

El cuarto problema es que la región en disputa también está al borde de la hambruna, debido a varios años consecutivos de sequía e inestabilidad.

De este modo, es probable que los intentos por resolver militarmente la situación desencadenen una crisis humanitaria aun peor, e ignoren las tensiones subyacentes.

El diálogo sobre la fuerza

Sería preferible que el Sur (y la comunidad internacional) iniciaran un diálogo con el MNLA. El sur debe entender mejor la historia de marginación de los tuaregs.

El MNLA, por su parte, tiene que comprender que la separación debe decidirse en un referendo y no mediante la fuerza (y que puede perder en esa votación).

El uso de la fuerza solo debería contemplarse si el MNLA se niega a considerar un proceso democrático para la creación del nuevo estado.

* William G. Moseley es profesor de geografía y estudios africanos en el Macalester College de Saint Paul, Minnesota, y académico visitante en la Universidad de Botswana en Gaborone. Ha trabajado e investigado en Malí desde 1987. Publicado mediante un acuerdo con Al Jazeera.

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