MIGRACIONES-EL SALVADOR: Hogares rotos

Zoila es, a sus 54 años, abuela y madre a la vez. Cuida a los dos niños que su hija debió dejar cuando viajó a Estados Unidos en busca de un mejor porvenir. Como ella hay muchas más en El Salvador, uno de los países latinoamericanos con mayor cantidad de emigrantes respecto de su población.

El resquebrajamiento de los lazos familiares a causa de la emigración de uno de los padres o de ambos afecta ya a varias generaciones. Oficialmente se admite que al menos 2,5 millones de salvadoreños viven en el exterior, más de 80 por ciento de los cuales están radicados de modo regular o irregularmente en Estados Unidos. Otras fuentes calculan que la cantidad de emigrantes es mayor.

Zoila narra a IPS que su hija, Flor, de 31 años, emigró a la sureña ciudad estadounidense de Houston en 2005 y desde entonces no hay día que no llame por teléfono para saber cómo están sus hijos, David Ernesto, de siete años, y Erica Marlene, de 10.

"Flor nos llama todos los días y casi siempre termina llorando… dice que los extraña mucho, que le duele estar tan lejos de sus hijos", comenta.

"La necesidad la hizo irse… la cosa en El Salvador está muy difícil", dice Zoila, quien agrega que su hija envía "un dinerito" cada mes para que a los niños no les falten las cosas básicas y el pago de cuadernos para la escuela, ropa, medicinas y otras necesidades.
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Las remesas de dinero que mandan los y las emigrantes a sus familias son una parte vital para la economía del país, al punto que representan casi 18 por ciento del producto interno bruto.

Esos aportes, que llegan a 26,7 por ciento de los salvadoreños, son utilizados principalmente para la alimentación, vestido y el pago de servicios básicos, en un país donde la pobreza alcanzaba en el primer semestre del año a casi 40 por ciento de la población.

Esos envíos de fondos familiares totalizaron, según el Banco Central de Reservas, 3.787 millones de dólares en 2008, aunque cuando se cierren las cuentas de este año se calcula que habrá una caída de entre ocho y 10 por ciento debido a la crisis económico-financiera mundial nacida el año pasado en Estados Unidos.

El Salvador, que ocupa un territorio menor a los 21.000 kilómetros cuadrados donde viven 5,7 millones de personas, es gobernado por primera vez por la izquierda desde el 1 de junio, cuando asumió el presidente Mauricio Funes, del otrora guerrillero Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.

"Cuando se enferman, yo ando para arriba y para abajo con ellos, buscando un doctor", acota Zoila. Ella y su nieto y nieta viven en el cantón El Carmen, del municipio de San Pedro Perulapán, en el central departamento de Cuscatlán.

"Flor dice que cuando termine de pagar el dinero que debe, que le prestaron para poder viajar a Estados Unidos, se va a regresar", apunta la abuela con voz esperanzada.

La desintegración familiar a causa de la emigración, obviamente, no es un drama exclusivo de El Salvador, sino que más bien es una constante en todos los países en que este flagelo juega un papel preponderante en la vida social, cultura y económica.

El Informe sobre el Desarrollo Humano 2009, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y dedicado esta vez a las migraciones, señala que, pese a las retribuciones financieras que ofrecen los nacionales residentes en el exterior, "la separación por lo general es una decisión penosa que entraña grandes costos emocionales tanto para quien se va como para quienes se quedan".

Como contrapeso de los posibles beneficios en el consumo, la escolaridad y la salud, aparece que los niños y niñas en el lugar de origen pueden resultar afectados emocionalmente por el proceso de emigración de sus padres, según el informe. Se añade que, por ejemplo, una de cada cinco madres paraguayas que viven en Argentina tiene hijos pequeños en su país de origen.

El PNUD también indica que los efectos en las y los infantes dependen de factores como la edad del hijo o hija al ocurrir la separación, y recalca que el impacto es mayor en los primeros años de vida de los y las niñas. También tiene que ver con la familiaridad y actitud del adulto a cuyo cargo queda el menor y si la separación es permanente o temporal.

Luis Enrique Salazar, director del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y Adolescencia (ISNA), señaló que la calidad de vida de los niños y niñas decrece cuando falta el padre o la madre, o peor aún, cuando faltan los dos, y aunque los abuelos y abuelas pueden ejercer ese rol, "no siempre son el mejor mecanismo de control".

"Los niños y jóvenes están en formación y necesitan la presencia de la figura de un adulto de mucho peso, que les dé un sustento a su proyecto de vida", sostuvo Salazar ante la consulta de IPS.

Salazar se desempeñó por siete años como Procurador Adjunto para los Derechos de la Niñez en El Salvador, instancia adscrita a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos.

Salazar agrega que la experiencia recogida del trabajo realizado en los centros del ISNA en todo el país refleja que los niños y niñas alejadas de su padre y madre "muestran un déficit en el ámbito afectivo, y esto trae consecuencias en su desarrollo físico y emocional".

La necesidad de recuperar ese vínculo familiar temporalmente perdido es tan grande, dice Salazar, que muchas veces los padres exponen a sus hijos e hijas a viajar sin los documentos requeridos al país donde ellos residen, poniéndolos en riesgo de abusos e incluso de muerte.

La mitad de los 3.000 niños y niñas amparados al sistema protección del ISNA son precisamente los que han regresado al país tras intentar cruzar la frontera con Estados Unidos sin la visa exigida por ese país.

Una salida para romper esa separación motivada por la emigración es la de promover la reunificación familiar. Al respecto, la Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada en 1989, establece que los estados deben de procurar acuerdos para favorecer a los trabajadores inmigrantes que quieran reunirse con sus familias, afirma Salazar.

Reencontrarse con su madre, que vive en la sudoccidental ciudad estadounidense de Los Ángeles, es uno de los anhelos de alguien a quien llamaremos "Alex", de 15 años. Su madre se fue a esa ciudad el año pasado, y ellos quedaron bajo el cuidado de su abuela, Esther Godoy, de 65 años.

"La idea es ya no estar separados, estar más en unión como una familia. Ella viene en noviembre, y el plan es que se quede o nos vamos todos con ella", dice a IPS Alex, residente en el populoso barrio de Ayutuxtepeque, en el norte de San Salvador.

En tanto Flor, que vive en Houston, también tiene planes de regresar, según Zoila. Eso es buena noticia por un lado, dice, pues los niños estarán con su madre, pero por otro no.

"Va a regresar a un país que está mal, no hay trabajo, y hay mucha violencia, y me preocupa que aquí ya no les pueda dar las cositas que sí les podía dar, desde allá", concluye.

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