INDÍGENAS-BRASIL: Guaraníes fuera de ambiente

Hasta que el visitante no se topa con una gran «casa de rezo» que confirma su condición de indígena, este distrito en el centro-occidental estado brasileño de Mato Grosso del Sur parece uno más del área rural, con la pobreza realzada por cabañas precarias.

Placa en la carretera que cruza el parque indígena de Dourados. Crédito: Mario Osava
Placa en la carretera que cruza el parque indígena de Dourados. Crédito: Mario Osava
El templo, de unos 4,5 metros de altura y el doble de largo, consta de un doble techo de la gramínea brasileña sapé (Imperata brasiliensis) que llega hasta el suelo, con paredes laterales triangulares y piso de tierra.

Necesita una reforma, porque su estructura de bambú (Bambusa arundinacea) se está rompiendo, pero tanto éste como el sapé desaparecieron de Dourados y alrededores, explica a Tierramérica Jorge da Silva, quien la construyó hace siete años.

Silva es uno de los "rezadores" o líderes religiosos que buscan recuperar la cultura y los ritos de los guaraníes en la Tierra Indígena de Dourados. El debilitamiento de las creencias y costumbres tradicionales es señalado como una de las causas de la crisis de ese pueblo, con muchos asesinatos, suicidios de jóvenes, conflictos de poder y desnutrición infantil.

"Con la soja vino la desnutrición y el veneno en los ríos", señala Silva, quien atribuye a ese monocultivo, que se diseminó por Mato Grosso del Sur en las tres últimas décadas, la mayor devastación de un ambiente natural del cual los indígenas extraían bienes para su supervivencia, como alimentos y el sapé.

La soja y la ganadería apuntalaron la prosperidad actual del estado. Son actividades fuertemente deforestadoras, como se nota de forma estridente en la Amazonia, y terminaron por arrinconar también a los guaraníes en Mato Grosso del Sur.

La Tierra Indígena de Dourados es el principal ejemplo del "confinamiento" señalado por antropólogos. Sus 3.539 hectáreas son insuficientes para una comunidad, de 12.000 personas, cercada por la ciudad de un lado e inmensos campos de soja por otro. No hay más bosques en la zona.

Para los guaraníes, especialmente del grupo kaiwoá, que es mayoritario en la reserva compartida con ñandevas y terenas, es una prisión y gran factor de violencia. No pueden seguir su tradición de mudarse cuando estallan conflictos con parientes o vecinos.

Otras reservas sufren limitaciones similares e intentos de expandirlas a áreas que los guaraníes consideran históricamente suyas. Esto produjo confrontaciones con terratenientes y muertes. El rápido aumento de la población indígena desde los años 80 hizo menos soportable el confinamiento.

Además, la tierra dejó de ser colectiva. Por mecanismos internos de distribución y transferencias se produjeron desigualdades en la posesión de parcelas, con familias sin nada y otras concentrando muchas hectáreas, que igual serán pocas para las nuevas generaciones. Silva, por ejemplo, tiene ocho hijos y nueve nietos.

La tierra escasa y degradada hace inviable la agricultura tradicional, que exige fertilización e inversiones en nuevas tecnologías para las cuales esos pueblos no disponen de recursos ni apoyo técnico, evaluó Antonio Brand, historiador e indigenista de la Universidad Católica Don Bosco, que desde hace tres décadas acompaña y estudia a las etnias originarias de Mato Grosso del Sur.

Muchas familias guaraníes dependen de canastas de alimentos distribuidas por el gobierno.

La única alternativa, especialmente para los jóvenes, es trabajar en la cosecha de caña de azúcar entre mayo y noviembre. Con la fuerte expansión de ese cultivo para producir etanol, la condición de asalariado se acentuará, dice Brand.

Se calcula que más de 1.000 indígenas de Dourados cortan caña. Algunos son transportados diariamente en autobuses desde la reserva a los cañaverales cercanos y otros permanecen por lo menos 70 días en su lejano lugar de trabajo.

Este segundo grupo es acusado de traer malas influencias externas a la aldea, como el alcoholismo, al quedar tanto tiempo fuera de su lugar de origen conviviendo con extraños.

Pero Jacir Freitas, de 30 años y cuatro hijos, prefiere quedarse alojado cerca del cañaveral, porque al cabo de los 70 días se hace acreedor de los derechos laborales a la hora de la rescisión del contrato, acumulando una suma razonable para invertir en sus siembras.

"Corto caña desde los 11 años", narra a Tierramérica, señalando que es una historia común para los que, como él, no pudieron estudiar más que la escuela primaria ni obtener un empleo público.

El pueblo kaiwoá, más vulnerable, se dedicó a variados cultivos, pero como una actividad vinculada a la religión, señala Levi Pereira, un antropólogo que asistió a los indígenas como técnico agrícola.

Ahora también perdieron la "justificación" para la producción agrícola, al decaer prácticas como las fiestas religiosas que inauguran la siembra y la legitimación de líderes por su producción, observó.

Los guaraníes "no son impulsados por el consumo y la acumulación de riquezas, como nosotros", indica Pereira, sino que necesitan tanto el recurso natural como el espiritual para esforzarse.

Los "rezadores" fueron duramente reprimidos en la década pasada y hace cinco años varias "casas de rezo" fueron incendiadas. La acción agresiva de iglesias pentecostales en las aldeas complica más la situación.

Silva confía en que ahora, con la reanudación del rezo, de "los bautismos del maíz, de los bebés y de la tierra", la agricultura se recupere en las aldeas.

La cruz sagrada indica dónde sembrar, dice su esposa, Floriza Souza, mostrando la papaya (Carica papaya) que cultiva en su patio.

Además, en la aldea se desarrollan nuevas alternativas productivas, como la piscicultura. La asociación de 200 personas que Silva coordina ya cría peces en dos estanques y prepara la construcción de otros cuatro, aprovechando ciénagas cercanas a la "casa de rezo". Las primeras recolecciones se donaron a familias desnutridas.

Ahora, además de proveer de proteínas a los asociados, el proyecto busca sostenerse, dispensando raciones donadas por la alcaldía, para adquirirlas con los ingresos de la venta de 20 por ciento de los producido.

La dificultad, según indigenistas, es hacer que los guaraníes superen la producción de subsistencia. Ya hay 26 estanques en la Tierra Indígena, según Anastacio Peralta, un kaiwoá que impulsa esa alternativa como coordinador de Políticas Públicas para indígenas de la Alcaldía de Dourados.

* El autor es corresponsal de IPS. Este artículo fue publicado originalmente el 9 de febrero por la red latinoamericana de diarios de Tierramérica.

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