MUJERES-AFGANISTÁN: Sin miedo a Talibán

Shaqofa, de 18 años, ex instructora de tiro y ahora sargenta de policía inscripta en clases de computación en el centro de entrenamiento policial en la meridional provincia afgana de Kandahar, todavía teme represalias del movimiento islamista Talibán.

Por ese motivo usa seudónimo para ser entrevistada por IPS. Pero sigue yendo a clase todos los días.

Con su cabello oscuro recogido en un pañuelo tradicional y con una gorra policial por encima, Shaqofa contrasta marcadamente con las muchas mujeres afganas que visten la burqa (tradicional túnica hasta el piso, que cubre todo su cuerpo), usual en los años de represión del régimen Talibán (1996-2001).

Kandahar es un semillero talibán, donde se ha generado buena parte de la violencia contra las fuerzas de la coalición internacional en Afganistán.

Ni una nota de Talibán amenazándola de muerte, clavada en la puerta del domicilio familiar, ni el asesinato hace dos meses de un instructor del centro de capacitación la convencieron de abandonar el uniforme.
[related_articles]
Pero los incidentes alentaron a otros miembros del personal a desertar y dejaron en evidencia los peligros de ser policía en Afganistán, donde los insurgentes habitualmente toman por blanco a trabajadores del gobierno.

Shaqofa se unió a la policía hace dos años por un deseo de investigar delitos cometidos por el Talibán, que "mata al pueblo por ningún motivo", explicó ella misma a IPS.

Bajo el Fondo Fiduciario para la Ley y el Orden de Afganistán, administrado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), más mujeres son reclutadas como oficiales de policía, se crean unidades de género dentro de comisarías y funcionarios dedicados a hacer cumplir la ley son sensibilizados hacia temas como la violencia doméstica.

Las mujeres afganas se pusieron por primera vez uniforme policial en los años 60, en una época más liberal.

Esa época parece estar regresando. Es común ver hoy a las jóvenes usando uniforme escolar en las calles, y las mujeres nuevamente se emplean como maestras.

Pero la población afgana sigue muy influida por los malos recuerdos de un régimen que prácticamente borró a las mujeres de la vida social.

Las mujeres eran obligadas a cubrir sus rostros, tenían prohibido trabajar, hablar en voz alta, aparecer en televisión, asistir a reuniones públicas e incluso usar brillo de uñas o zapatos que emitieran sonidos al desplazarse, por temor a que esto atrajera a hombres.

Activistas por los derechos humanos aseguran que algunos hombres afganos bien educados aún son firmes defensores de la burqa, lo que constituye una señal de que cambiar la mentalidad de esta cultura ultraconservadora sigue siendo un gran desafío.

Shaqofa figura en la lista del Ministerio del Interior como una de las 150 mujeres policías del país.

Aunque su familia se opone a su profesión, arguyendo que ella puede ganar un salario más alto como empleada de una organización internacional, enfermera o maestra, la joven oficial subraya que firmó un contrato por tres años y que sería encarcelada en caso de desertar.

Su desempeño concitó mucha atención. Shaqofa no parece inmutarse por trabajar en una institución patriarcal.

"Ella es una de las mejores tiradoras de Afganistán", declaró un oficial del ejército de Estados Unidos.

Sin embargo, Shaqofa no está sola en sus esfuerzos.

Su colega Roya, que también usa seudónimo, viaja a trabajar todos los días de incógnito, vistiendo ropas tradicionales que se quita para ponerse el uniforme apenas ingresa al centro de entrenamiento. A muchos de sus allegados les dice que trabaja para una compañía internacional.

Talibán no se dio cuenta de que ella trabaja como oficial de policía, pero la mataría si descubriera el engaño, dijo la propia Roya, con el cabello teñido de rubio rojizo. El trabajo ayuda a esta viuda de 27 años a mantener a sus tres hijos.

"Estoy codo a codo con nuestros hermanos", dijo a IPS, pese a trabajar en un bastión tradicionalmente masculino. Ella no ha sufrido aún acoso en el trabajo.

El brigadier general Nasrullah Zarife, oficial afgano cuya tarea es formar a la policía nacional, habló con orgullo de las dos mujeres. "Ellas no le tienen miedo a nada", señaló.

Muy lejos del problemático sur, la predecesora de Roya y Shaqofa, la general Aziza Nazari, de 53 años, encarna las posibilidades que se abren ante las oficiales jóvenes, siempre y cuando las fuerzas afganas de seguridad puedan vencer a la insurgencia en Kandahar y las provincias vecinas.

Nazari es una veterana de la fuerza policial que ahora se desempeña como jefa del departamento de pasaportes de Afganistán, y es una de las oficiales de más edad.

En una entrevista en Kabul, Nazari dijo que introdujo reformas para acelerar el proceso de obtención del pasaporte y eliminar la corrupción.

La general, que una vez fue azotada por un miembro del movimiento fundamentalista por levantarse el velo por motivos de enfermedad, siempre temió que el régimen la emprendiera contra sus hijos por haber trabajado como oficial de policía.

Sin un salario y divorciada, dijo que fue forzada a deshacerse de sus pertenencias, ofreciendo su uniforme por 10 dólares y vendiendo una máquina de lavar para poder mantener a sus hijos durante unos meses.

Nazari volvió a ponerse el uniforme en 2001. Hoy usa libremente aros y zapatos con tacos de cuero. Esos accesorios le habrían hecho ganarse un azote durante el auge del Talibán.

Ella tiene esperanzas en el futuro, y subraya que el Islam le permite a las mujeres unirse a la policía o seguir otras profesiones igual que los hombres.

Pero la sociedad afgana todavía tiene un largo camino por delante, según observadores internacionales.

El gobierno del presidente Hamid Karzai se esfuerza por satisfacer las expectativas de la comunidad internacional sobre la situación y la libertad de las mujeres, dijo a IPS la presidenta e investigadora de campo del no gubernamental Consejo Senlis, Norine MacDonald.

Como la insurgencia del sur concitó la mayor parte de la atención occidental, así como también consumió sus recursos, "no hubo el cambio en la vida cotidiana de la mujer afgana que todos esperaban", explicó MacDonald, que pasa la mayor parte de su tiempo en el área de Kandahar.

Aunque es verdad que algunas niñas pueden asistir a la escuela y las mujeres pueden trabajar en ciertas partes de Afganistán, la vida en áreas menos iluminadas niega a las mujeres el lujo de tales "libres opciones", continuó.

Aseguró que ella enfrenta la dura tarea de convencer a las familias de que permitir a sus hijas trabajar en las áreas de investigación, políticas y administración del Consejo Senlis es honorable.

La burqa azul también es una señal de la reticencia de la sociedad afgana a suavizar sus puntos de vista. "He hablado con muchas mujeres sobre por qué ocurre eso, y es en parte porque no se sienten seguras aunque estén en la era post-Talibán", dijo.

"Talibán era muy cruel y su terror psicológico se arraigó en la población. Uno no puede simplemente liberarse de la noche a la mañana y decir: 'Nunca volveremos a afrontar eso. Nunca habrá represalias contra mí por no usar una burqa en mi ciudad o pueblo'", sostuvo.

Los hombres también juegan un rol fundamental en este debate, señaló MacDonald.

Muchas discusiones con "hombres afganos que son muy abiertos y con mentalidad internacional" le revelaron un modo de pensar firmemente opuesto a "la posición occidental según la cual debería ser una opción de las mujeres", explicó.

"No es una conversación que estén acostumbrados a tener y no fue buscada con suficiente vigor", agregó.

* Fawzia Sheikh realiza su labor periodística integrada ("embedded") en las tropas estadounidenses en Afganistán, con autorización de las autoridades militares en Washington.

Compartir

Facebook
Twitter
LinkedIn

Este informe incluye imágenes de calidad que pueden ser bajadas e impresas. Copyright IPS, estas imágenes sólo pueden ser impresas junto con este informe