CUBA: La alternativa de la educación popular

La educación popular se ha establecido en Cuba como una propuesta política y metodológica relevante, en particular para la sociedad civil, aunque su conocimiento aún es reducido en un país donde la enseñanza y las organizaciones sociales mantienen un fuerte vínculo con las estructuras del Estado.

A pesar de que desde los años 60 el intercambio entre esta isla caribeña y el resto de América Latina fue muy intenso, esta concepción pedagógica llegó a Cuba casi tres décadas después de que el brasileño Paulo Freire (1921-1997), su mayor inspirador y principal teórico, publicara su primer libro, titulado "La educación como práctica de libertad".

A Esther Pérez, entonces funcionaria de Casa de las Américas, la institución cubana encargada de las relaciones culturales con el continente, le correspondió coordinar varios encuentros de educadores populares en este país, aunque ignoraba casi por completo el contenido de esa propuesta pedagógica de marcado carácter político.

Pérez decidió trasladarse en 1993 al no gubernamental Centro Memorial Martin Luther King Jr. (CMMLK), donde se consagró durante cerca de tres lustros a desarrollar un programa de educación popular, concebido para formar líderes comunitarios y fomentar una participación más consciente de la sociedad civil en las transformaciones del país.

Esta mujer de 57 años, editora de la revista Caminos, del CMMLK, atesora en su memoria el testimonio de una época difícil, de crisis económica e incertidumbres ideológicas, una de cuyas historias es la de quienes se aferraron a la educación popular para mantener su fe en un sistema social más justo.
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IPS:— ¿Podría hablarse de una educación popular cubana? ¿Qué la distinguiría de las concepciones existentes en América Latina?

Esther Pérez: —Creo que sí. Por razones históricas y de contexto, tenemos menos presencia de una educación comunitaria, que existe en muchos lugares de América Latina. En general, la educación popular cubana está más vinculada al proyecto histórico, de transformación socialista. La educación popular cubana está menos formalizada en instituciones. En América Latina existen centros que son referentes. En Cuba predominan los grupos informales. También tiene mucha menos influencia el catolicismo liberador, que en América Latina se expresa en la fuerte imbricación con la Teología de la Liberación, el cristianismo de base y las comunidades eclesiales. Nosotros tenemos muy claro que estamos apostando a un cambio cultural a largo plazo de la conciencia, de las formas de relación y organización social. Mientras en la educación popular latinoamericana hay más trabajo dirigido a modificar los métodos y el funcionamiento de organizaciones. Nosotros apostamos a un proyecto social socialista con más participación y capacidad crítica, menos autoritarismo y burocratismo; y sobre todo más capacidad de las personas de ser dueñas de los procesos sociales en que se ven implicados. Además, hay una serie de cuestiones metodológicas y didácticas diferentes. Los cubanos confían mucho en el texto, por haber pasado en general por un largo proceso de escolarización. Mientras, en otras experiencias de educación popular latinoamericana se trabaja con grupos de analfabetos, o ajenos a los textos, por lo que se confía más en la oralidad, en lo vivencial.

— En su libro "Freire entre nosotros" afirma que en la "polvareda" de los años 90 (luego de la caída del socialismo en Europa) la educación popular parecía una alternativa para la izquierda, en particular en Cuba. ¿Qué pasó con la educación popular en esos años? ¿De qué modo contribuyó a la resistencia en las esferas política y cultural?

—Al decir eso me refería fundamentalmente a grupos revolucionarios en Cuba, que en la polvareda de los altares caídos levantaron la vista y encontraron en la educación popular una alternativa para emplear sus fuerzas y su capacidad en la salvación del proyecto cubano. No hay que magnificar las posibilidades de la educación popular, que es una práctica pedagógica muy vinculada a la política, a las ideas, a las prácticas sociales; pero es sólo una dimensión de esas prácticas. La educación popular no sustituye a la organización política o social. Las personas que cursaban nuestros talleres en medio de la crisis tenían dos denominadores comunes. Primero, no querían que Cuba fuera capitalista. Cuando avizoraban el futuro, por encima de sus críticas y desacuerdos, su horizonte era una Cuba socialista mejor. Además, a pesar de ser gente muy disímil, y enfrentada a los problemas de la subsistencia, su realización personal no se agotaba en mejorar su situación de manera individual, sino que pasaba por participar en algún proyecto colectivo. Creo que hemos hecho una contribución, porque en el momento más espeso de la crisis, cuando las personas llegaban con muchas incertidumbres a nuestros talleres, mantuvimos un lugar de encuentro para compartir esas incertidumbres, pero también certezas, y todos podían ver que era posible encontrar un cauce para sus esfuerzos desde la educación en esa situación tan compleja. Es muy difícil evaluar, en términos cuantitativos, qué ha representado para el esfuerzo de resistencia de Cuba. Prefiero ser modesta y decir que es un granito de arena más, que a veces va a contracorriente de otros. A mi juicio, ha contribuido a hacer que un grupo de cubanos y cubanas vean cómo puede tener, personalmente o desde su grupo, una participación más consciente y crítica en los procesos sociales conducentes a la transición socialista.

— Decía que la educación popular cubana aspiraba a generar un cambio en la conciencia a largo plazo. ¿Cómo ve el papel de la educación popular en el futuro de este país?

—Hay que ver el trabajo de los grupos, inspirados de alguna manera por la educación popular, que han mantenido contacto con nosotros. Te encuentras experiencias muy alentadoras. En un momento de los años 90 se nos acercó el centro cristiano Kairós, en Matanzas (unos 90 kilómetros al este de La Habana) interesado en incidir en el barrio La Marina, de esa ciudad. A partir de ese momento se generó un proyecto, que creó un grupo gestor del barrio con disímiles acciones: constructivas, culturales, religiosas, educativas, talleres de mujeres…, al punto de llamar la atención de las autoridades de la provincia. Este grupo, que se organizó por fuera de las estructuras tradicionales, ha ganado espacios de reconocimiento sobre lo que puede ser el trabajo comunitario. Como este, existen otros ejemplos en el país. Ahí está la promesa encarnada. Yo soy optimista histórica y pienso que nuestro socialismo tiene que ser mejor. Ese mejoramiento pasa porque sea cada vez más una construcción colectiva de los cubanos y cubanas que sentimos que ese es nuestro horizonte. La idea de cambio cultural ha sido la correcta. Hay zonas de la cultura que permanecen incluso después de que las condiciones materiales de existencia que les dieron origen desaparecen. Los cambios culturales son más lentos que los políticos, los económicos o los estructurales. Nosotros nos sumamos a esa concientización sobre los problemas en nuestra cultura, de nuestras relaciones sociales. Uno de los problemas que abordamos en nuestros primeros talleres fue la cuestión del dirigismo y el autoritarismo. Somos una sociedad con un componente autoritario, verticalista y dirigista fuerte. Esa es la óptica de la educación popular, traer a la conciencia las relaciones que parecen normales, porque el hábito las naturaliza. Parece natural que los negros son inferiores, que las mujeres no pueden hacer fuerza, que el que manda, manda…, cuando en realidad son relaciones sociales cristalizadas en la cultura. La base de la educación popular es traer a la conciencia eso que vivimos inconscientemente, que hacemos "naturalmente". Pero hay algo más: Paulo Freire decía que "tomar conciencia" era un paso de la concientización, pero que ésta supone una praxis de superación de esas relaciones.

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