RELIGIÓN-MALASIA: Literal demolición de la tolerancia

«¿Por qué lo demuelen?», sollozaba A. Kanagamah, empleada de un hospital de la capital de Malasia, mientras obreros municipales, rodeados de policías antidisturbios, arrasaban un templo hindú de 107 años de antigüedad.

Cientos de personas contemplaban horrorizados como los trabajadores, la mayoría musulmanes, tiraban abajo tejados, muros y objetos religiosos que los ancestros de otros trabajadores habían traído desde el sur de India para que les diera paz en un país extraño..

"Somos pobres. Nuestro único lujo son los templos, y ahora también los perdemos", dijo Kanagamah, en tamil, la lengua que hablan la mayoría de los descendientes de inmigrantes indios que constituyen ocho por ciento de los 26 millones de habitantes de Malasia.

Este sector de la población está postergado económica y políticamente, en comparación con los malayos musulmanes —la mitad de la población— y la comunidad de origen chino, 24 por ciento de los habitantes y dominante en el comercio.

Ya era frecuente en Malasia que las autoridades municipales ordenaran la demolición de templos con el argumento de que se trataba de construcciones ilegales. Pero en periodos anteriores los que sufrían ese destino pequeños santuarios a la vera de las carreteras.

En los últimos años, se han destruido varios grandes templos construidos durante la era colonial británica, de alrededor de un siglo de antigüedad, tras calificárselos de "estructuras ilegales".

Ahora es común ver apisonadoras reduciendo grandes edificios hindúes a escombros, y a los trabajadores musulmanes destrozando ídolos hindúes a la vista de desconsolados fieles de esa religión.

"Las demoliciones son indiscriminadas, ilegales y contradicen todas las garantías constitucionales de libertad religiosa", dijo a IPS el abogado experto en derechos humanos P. Uthayakumar.

Las mismas autoridades locales que califican los templos de "estructuras ilegales" ponen obstáculos burocráticos que imposibilitan la construcción de sitios de oración para los no musulmanes, aseguró Uthayakumar.

El abogado mencionó el caso de una iglesia cercana a la ciudad de Shah Alam, para cuya construcción la comunidad católica del lugar debió gestionar autorización durante 30 años. "¿Qué dice eso de la libertad de cultos?", se preguntó.

Después de meses de sufrir las demoliciones en silencio, hindúes y miembros de otras comunidades religiosas se lanzaron a protestar esta semana.

Mujeres, niños y hombres llevaron carteles, oraron, prendieron sahumerios frente a las alcaldías, acompañados por abogados, activistas de derechos humanos y dirigentes opositores.

"El gobierno parece tener una política extraoficial dirigida a 'limpiar' Malasia de templos hindúes", dijo P. Waytha Moorthy, presidente de la Fuerza de Acción por los Derechos Hindúes, que reúne a medio centenar de organizaciones de esa comunidad.

"Nueve templos fueron demolidos en los últimos tres meses", afirmó Moorthy, quien atribuyó la campaña a funcionarios musulmanes. "Nos preocupa que algunos hindúes recurran a la violencia" para manifestar su disconformidad, advirtió.

Los templos hindúes fueron construidos por trabajadores inmigrantes en terrenos privados o abandonados, luego adquiridos por autoridades del Estado. La mayoría de los feligreses tienen bajos ingresos, según el activista.

"Los trabajadores son pobres, políticamente débiles y no pueden tomar acciones legales para proteger sus templos o rechazar la acción de las autoridades", dijo Moorthy.

La demolición de templos contradice el artículo 11 de la constitución, que garantiza la libertad religiosa. "También es un delito, según la sección 295 del código penal, el daño a un sitio de oración", agregó.

Los manifestantes elevaron una petición al primer ministro Abdullah Badawi para exhortarle a instruir a todas las autoridades federales y locales para que detengan la demolición de templos hindúes. Pero solicitudes similares anteriores fueron ignoradas.

"Las demoliciones son algo brutal y enfurece a los hindúes", dijo Sanusi Osman, académico y dirigente del Partido Justicia Nacional, opositor al gobierno de Anwar. "Las autoridades deberían dialogar con los hindúes y darles sitios alternativos antes de tirar sus templos abajo."

Estos incidentes ocurren en momentos en que surgen señales de una creciente intolerancia por parte de la mayoría malaya.

Este país, que en otros tiempos se enorgullecía de su carácter abierto, tolerante y multiétnico, está ahora asolado por una peligrosa combinación de fundamentalismo islámico y nacionalismo malayo de fuerte contenido étnico. La intolerancia racial, religiosa y cultural se ha convertido en un fenómeno de todos los días.

Algunas autoridades locales pretenden perseguir a las parejas que caminan por la calle tomados de la mano porque lo consideran un comportamiento "antiislámico".

En la pasada temporada navideña, las autoridades demolieron una iglesia de la comunidad indígena orang asli, pues consideraban que había sido construida sin permiso.

La policía emitió hace poco una orden a las agentes femeninas: deben lucir el tudung (velo islámico malayo). Algunas autoridades locales llegaron, incluso, a prohibir o restringir la propiedad de perros, animal considerado sucio por musulmanes conservadores.

El 14 de mayo, medio millar de musulmanes interrumpieron un foro de abogados y activistas convocado para considerar los derechos de las minorías religiosas ante el avance de la shariá (ley islámica) en algunas jurisdicciones.

Los policías presentes en el lugar no trataron de detener a los musulmanes. Por el contrario, obligaron a los organizadores a cancelar el foro.

"Los no musulmanes se sienten cada vez más extranjeros en su país de nacimiento", dijo a IPS el dirigente opositor Tien Chua, del Partido por la Justicia del Pueblo. "Como nunca antes, en este periodo de gobierno, los malayos usan el Islam como factor de unidad. Es una tendencia precupante."

"La aterradora islamización pone en peligro el carácter secular, multirreligioso y multirracial de nuestro país", dijo el también dirigente opositor Lim Kit Siang. "La destrucción de cualquier lugar de oración es inaceptable. El gobierno de Abdullah Badawi debe intervenir urgentemente."

El fundamentalismo islámico también hunde sus raíces en la competencia entre la gobernante y moderada Organización Nacional Islámica Unida Malaya y su tradicional rival, el más conservador Partido Islámico Panmalayo.

Cada uno de esos sectores se presenta ante la mayoría malaya como abanderado del Islam. Ambos compiten por sus votos. (

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