DESARROLLO-CUBA: La revolución del bambú

Usado durante siglos en la construcción de cercas, portones, trampas de caza y corrales para animales, el bambú también ha comenzado a mostrar en Cuba las bondades que lo hacen tan imprescindible en otras regiones del mundo.

Muebles, artesanías y hasta una primera casa de bambú son las partes más visibles de un proyecto de desarrollo local sostenible en el sector campesino de la oriental provincia de Holguín.

”El campesino debe ver, si no toca y no ve, no acoge”, dijo a IPS Miriam Peña, especialista del programa de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), con apoyo de la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (Cosude).

Más de 10 años lleva Peña trabajando en este plan, que incluye cambiar concepciones arraigadas durante siglos y transmitidas de generación en generación. ”La planta podía estar en un rincón del patio y no se usaba”, comenta la bióloga.

Ahora, ”ya se reconoce el bambú como recurso económico, protector de la tierra y fuente de ingresos. La familia campesina sabe que si siembra hay industrias que se lo compran. Se está propiciando un nuevo tipo de economía”, añadió.

En el mundo se describen más de 1.035 especies de esta gramínea originaria de India, agrupadas en alrededor de 90 géneros. En Cuba se encuentran siete géneros de la subfamilia más primitiva, Bambusoideae, tres de ellos endémicos.

Conocido como ”la gramínea maravillosa”, el bambú crece en zonas templadas de Asia y América y se distingue por su resistencia estructural, liviandad y hábitat perenne. Una vez que se siembra, estará ahí toda la vida.

”Mientras un árbol maderable demora en crecer 15 o 20 años, un bambú apenas necesita cinco años. Además protege los suelos y las cuencas hidrográficas: donde hay bambú no se seca el río y el agua es potable”, afirma Peña.

Entre las ventajas del proyecto están la creación de una fuente racional de obtención de madera, la creación de empleos, la protección de los suelos y el hábitat para un importante número de especies naturales.

Evelio Torres sembró ”matica por matica” un verdadero bosque de bambú que crece en el Valle de Mayabe, en las afueras de la ciudad de Holguín. A las tierras, otrora erosionadas y casi sin vida, ”han vuelto las aves y los reptiles”, dice Torres.

El ”bambuseto” es un área demostrativa creada con fines didácticos y de investigación. En el mismo terreno, se encuentra un banco de germoplasma con la capacidad de producir 50.000 posturas anuales, para la siembra de 200 hectáreas.

Una estructura similar ha sido creada en la zona este de la provincia holguinera y, en ambos polos de desarrollo, se trabaja en la instalación de pequeñas industrias locales para la fabricación de muebles, artesanías y madera prensada.

En Holguín, provincia con varios municipios montañosos, casi 80 por ciento del sector agropecuario está afiliado a la ANAP. A finales de 2003, la organización tenía en la provincia 29.880 personas asociadas, de las cuales 2.088 eran mujeres.

A una de ellas, Mayda Sablón, el bambú le cambió la vida. Tras un adiestramiento de tres meses, dirige un taller de procesamiento de la planta y fabricación de muebles y artesanías, donde trabajan otras 11 mujeres.

”En algún momento se pensó en que los hombres procesaran los troncos en las máquinas de corte, pero nosotras dijimos que podíamos hacerlo también por difícil que fuera. No se le puede dar todo a los hombres”, cuenta Sablón.

La mayoría de las mujeres del taller de la comunidad de La Palma, a unos 20 kilómetros de la ciudad de Holguín, fueron hasta hace poco amas de casa. La cooperativa acudía a ellas sólo cuando hacía falta mano de obra en tiempos de cosecha.

Según Peña, este proyecto de desarrollo crea empleos para la población femenina y, además, le facilita el acceso a la toma de decisiones dentro de la cooperativa campesina.

Los muebles pueden verse ya en el círculo infantil de la comunidad y en otras obras sociales. En tanto, las mayores expectativas se vinculan a una casa que recuerda las viviendas tradicionales del campo cubano, pero no lo es.

Midemnys Rodríguez y Ramses González construyeron con sus propias manos la casa que habitan desde hace un año. Muebles, lámparas, adornos, las vigas del techo y hasta las paredes, están hechas de bambú.

”Nosotras vivíamos con nuestra hija en una casita de madera, muy vieja, que estaba aquí mismo. Ahora, junto a la casa tenemos sembrado un bambú. Cuando tengamos algún problema con el techo o algún mueble, la solución está en el patio”, dijo Rodríguez.

Otras 20 casas de bambú se planean construir en la comunidad. El proyecto incluye la venta de las artesanías del taller en tres pequeños kioscos construidos al borde de la carretera que va hacia el polo turístico de Guardalavaca.

”Estas casas deben garantizar una adecuada resistencia a fenómenos metereológicos, como lluvias intensas y huracanes, en un período de vida útil de unos 30 años”, opinó José Fernando Martirena, profesor de la Facultad de Construcciones de la Universidad Central de las Villas, en el centro de la isla.

Expertos estiman que con la generalización del uso del bambú y su procesamiento fabril, esta isla del Caribe podría satisfacer 75 por ciento de la demanda de madera para sus programas de construcción de viviendas.

Sólo una industria programada para la comunidad del Sitio, en el polo de desarrollo este de Holguín, podría llegar a fabricar 500 metros cúbicos de madera prensada por año para la elaboración de marcos, puertas y ventanas.

Para Miriam Peña, las posibilidades que abre a Cuba la explotación de esta gramínea son aún incalculables. ”El bambú es como un veneno. La persona que se liga a él no se libra nunca”, comentó a IPS.

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