BRASIL: Drama de cárcel de Benfica se vive en la calle

Ignorar si el marido, el hijo o el hermano siguen vivos es el martirio que viven ahora miles de familiares de presos en la brasileña Casa de Custodia de Benfica, Río de Janeiro, donde una rebelión provocó al menos 31 muertes entre el sábado y el lunes.

Julia Maria de Jesus se angustia pues no sabe si ya es viuda o no. Vino de Itaboraí, a 50 kilómetros de Río, para reclamar del gobierno estadual alguna información sobre su marido, de 27 años, ”preso por primera vez” siete meses atrás por asaltar una tienda de loterías.

”Mi marido no debería estar allᔠporque ya fue juzgado y condenado a cinco años y siete meses (de reclusión), y la Casa de Custodia es para los que esperan juicio, se quejó a IPS.

”No sabemos si están muertos o heridos, nadie nos informa la situación, los presos gritan que están sin agua ni comida hace cinco días, hay enfermos, incluso un señor de 70 años, pero (las autoridades) no dejan entrar médicos”, dijo enfurecida Oneida Aparecida, que tiene un cuñado en la cárcel convertida en un infierno.

Cerca de 50 parientes de encarcelados, casi la totalidad mujeres, se concentraron en la tarde de este miércoles delante del Palacio Guanabara, sede del gobierno del estado de Río de Janeiro, para reclamar información y un tratamiento menos deshumanizado a los detenidos.

”Es una tortura, parece que quieren provocar tumultos, dejándonos sin información”, dijo a IPS una madre que prefirió no dar su nombre, por temor a represalias contra su hijo detenido. ”Lo he visto en la cárcel desde lejos el lunes. Estaba vivo, pero no sé que pasó después”.

Otro grupo más numeroso de personas se agita en los alrededores de la Casa de Custodia desde el inicio de la rebelión, con el mismo objetivo: conocer la situación de sus familiares presos. En ese intento invadieron varias veces una escuela vecina, protegida por policías.

Inaugurada hace poco más de un mes para recibir detenidos irregularmente recluidos en comisarías hacinadas, la cárcel de Benfica concentra a más de 800 presos.

El sábado en la mañana, 14 de ellos se fugaron, ayudados por un grupo que atacó a los carceleros desde afuera de la prisión, abriendo con explosivos un agujero en la puerta principal.

Enseguida estalló una rebelión que duró 62 horas, hasta el lunes por la noche. El domingo, uno de los guardias tomados como rehenes fue muerto a tiros, supuestamente cuando intentaba escapar.

Al final de la rebelión el lunes de noche, cuando los amotinados entregaron las ocho armas de fuego que habían extraído a los guardias, se supo que 30 presos estaban muertos, dos degollados y otros cruelmente mutilados. Pero los muertos podrían ser más.

La versión difundida por las autoridades y confirmada por los familiares, señala que el Comando Rojo, un grupo del crimen organizado de Río de Janeiro que controla a dos tercios de los detenidos en Benfica, aprovechó el motín para asesinar a miembros de bandas rivales.

”Fue premeditado, la culpable es la gobernadora Rosinha (Rosangela Matheus, más conocida por su apodo) que sabía del riesgo de una masacre”, y dejó convivir a reclusos pertenecientes a grupos enemigos, acusó Julia Maria de Jesus. ”Es una forma de matar presos sin usar a la policía”, afirmó.

Junto a ella, Analua Carvalho Franco, se preocupa por la suerte de su hermano de 22 años, detenido hace solo dos meses por transportar a un ”ex bandido” en su ”moto-taxi”, una motocicleta convertida en taxi para un solo pasajero, que se ha hecho común en varias ciudades brasileñas.

”Lo acusaron de cinco delitos”, como porte de armas, tráfico y robo, pero ”él es un trabajador” y el amigo que transportaba fue preso pero ya cumplió su pena, argumentó la joven.

El mismo temor por la vida de su hijo de 19 años sufre Edson Genuino, presente en la manifestación junto con su esposa. El joven fue condenado a 32 meses de prisión por asalto.

Masacres como la de Benfica engrosan el movimiento de familiares de presos que en algunas ciudades, como Río de Janeiro, ya se organizó en asociaciones.

La matanza más conocida ocurrió en 1992, en la Casa de Detención de Carandirú, en el centro de la meridional ciudad de Sao Paulo, donde se amontonaban más de 7.000 detenidos, de los cuales 111 fueron muertos por la policía.

La tragedia se convirtió en un filme que atrajo más de cuatro millones de espectadores a las salas de cine el año pasado.

En Brasil, con 178 millones de habitantes, la población carcelaria crece aceleradamente. Se duplicó en menos de una década y supera ahora las 300.000 personas.

A esos reclusos se vinculan millones de familiares y amigos, cuya angustia crece con cada motín y rebelión, pan de todos los días en el país, a veces con desenlaces trágicos como los de Carandirú y Benfica.

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