EEUU: Corea del Norte e Iraq, doble discurso para doble crisis

El presidente de Corea del Norte, Kim Jong Il, no sólo eclipsó a su par iraquí Saddam Hussein en la prensa de Estados Unidos, sino que desafía a diario a la superpotencia y sale impune, al menos por ahora.

Saddam Hussein debe estar verde de envidia. Aunque decenas de inspectores de la ONU registran sin ser molestados todo Iraq en busca de armas químicas, biológicas y nucleares -que hasta ahora no encontraron – – , el presidente estadounidense George W. Bush anuncia cada día la inminencia de la guerra contra Bagdad.

Pero la actitud de Washington es radicalmente distinta en el caso de Corea del Norte, aunque la acusa de poseer armas químicas y biológicas y hasta dos bombas nucleares y los misiles capaces de transportarlas hasta Japón y aun Hawai.

Kim expulsó a los dos inspectores de la ONU que quedaban en su país, puso a funcionar a todo vapor la central nuclear de Yongbyon – – con suficiente plutonio para producir media docena de armas atómicas en dos meses – – y anunció su retiro del Tratado de No Proliferación Nuclear.

Sin embargo, Bush respondió que Pyongyang no debe temer una acción militar de Estados Unidos.

Además, Bush enfrenta la creciente presión de sus más estrechos aliados asiáticos para negociar con Corea del Norte, como pretende ese gobierno, hasta que desmantele todos sus programas nucleares, y existen señales de que Washington podría concebir foros para ese diálogo.

Pero con respecto a Iraq, Bush rechazó pedidos similares de sus aliados árabes para que tenga paciencia y voluntad de diálogo, y en cambio se muestra decidido -si no obsesionado- por la opción militar, en forma unilateral si es necesario.

De hecho, los aliados asiáticos de Washington, en particular Corea del Sur, donde ha tenido miles de soldados estacionados por medio siglo, desafían a Estados Unidos en forma directa.

Los presidentes surcoreanos saliente y entrante lo hicieron esta semana al denunciar públicamente los esfuerzos de Washington por aislar a Pyongyang.

En contraste, Arabia Saudita, Turquía, Jordania y otros estados musulmanes cercanos a Iraq se quejan en público sobre la dirección en que Washington está guiando a la región, pero en privado aseguran a Bush que, cuando llegue el momento, cooperarán con sus planes bélicos.

Y aunque Bush ha hecho todo lo posible, sin éxito, por vincular a Saddam Hussein con la red terrorista Al Qaeda – – y así sustentar su afirmación de que cualquier arma de destrucción masiva en manos de Iraq podría ser transferida a terroristas para usarlas contra objetivos estadounidenses – – , el mandatario no menciona la posibilidad mucho mayor de que Corea del Norte pueda transferir armas de destruccion masiva a Al Qaeda.

Después de todo, Corea del Norte, cuya posesión de armas de destrucción masiva y uso de métodos terroristas en el pasado son indiscutibles, tiene una larga historia de cooperación con las Fuerzas Armadas de Pakistán, que supuestamente le entregó secretos nucleares a cambio de misiles.

Además, se sabe que algunos científicos y patrocinadores militares del programa nuclear de Pakistán respaldaron al grupo extremista islámico Talibán en Afganistán (derrocado por Estados Unidos a fines de 2001) y son afines a Al-Qaeda, la organización del saudí Osama bin Laden.

Nada parece explicar, entonces, por qué Saddam Hussein es el único sospechoso de vínculos terroristas para Estados Unidos.

Pero así como Saddam Hussein debe estar verde de envidia hacia Kim Jong Il, el propio Bush debe estar rojo de furia, al igual que los halcones del Pentágono (Departamento de Defensa) y de la oficina del vicepresidente Dick Cheney.

En primer lugar, porque el desafío de Kim demuestra las limitaciones de la fuerza militar estadounidense precisamente cuando Washington se propone en forma explícita alcanzar la hegemonía militar mundial.

Aunque el secretario de Defensa Donald Rumsfeld intentó asegurar a comienzos de esta semana que Washington es capaz de atacar a Corea del Norte aunque tenga sus fuerzas concentradas alrededor de Iraq, esa idea fue rechazada aun por los halcones más acérrimos.

Otros señalaron que, con miles de misiles norcoreanos desplegados a lo largo de la zona desmilitarizada y a 40 kilómetros de Seúl, una acción militar es simplemente impensable, en especial sin el apoyo de Corea del Sur.

Más preocupantes para Bush son las críticas a su administración desde la izquierda, la derecha y el centro, a causa de la crisis norcoreana.

”¿Dónde está el garrote?”, tituló el diario The Washington Post, en referencia a la recomendación del presidente Theodore Roosevelt (1901-1909), de ”hablar suave y esgrimir un garrote” en materia de política exterior.

El gobierno no sólo recibe acusaciones de doble rasero en cuanto a Iraq y Corea del Norte, sino también advertencias sobre las implicaciones estratégicas de una carrera nuclear en el noreste de Asia, que podría incluir a Japón.

A esto se suma la acusación de debilidad en el manejo de la crisis de Corea del Norte en comparación con las acciones que adoptó el gobierno de Bill Clinton (1993-2001) durante la última crisis nuclear en la península de Corea, hace ocho años, y que incluyeron el despliegue de tropas en la región.

Ex funcionarios de la administración Clinton, que habían recomendado al equipo de Bush continuar la política de acercamiento a Pyongyang iniciada por ellos, señalan ahora que la crisis actual es resultado de la hostilidad aparentemente gratuita de Bush hacia Corea del Norte.

Esa hostilidad se expresó en marzo de 2001 durante una visita del presidente surcoreano Kim Dae Jung a Washington y en la inclusión de Corea del Norte en el ”eje del mal” junto a Iraq e Irán por parte de Bush.

”La lección política de este episodio es que las palabras duras pueden ser peligrosas”, concluyó Leon Fuerth, ex asesor de seguridad nacional del ex vicepresidente Al Gore.

”Cuando un líder usa sus palabras como armas, debe estar preparado para sustentarlas con la fuerza”, agregó.

Pero más peligrosa resulta la lección que de las dos crisis pueden extraer algunos países hostiles a Washington: si adquieren fuerza militar, preferentemente nuclear, como Kim Jong Il, estarán seguros, pero si son militarmente débiles como Saddam Hussein, estarán en problemas.

O, como comentó el viernes el columnista Paul Krugman en el diario The New York Times, ”la mejor estrategia de autopreservación para Kim consiste en ser peligroso”. (

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