El secretario (ministro) de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, ha conquistado un inusitado control sobre la política internacional, militar y de seguridad interna del país más poderoso del mundo.
¿Quién murió y dejó a Donald Rumsfeld como secretario de Estado (canciller)?, se preguntó el periodista David Corn, en su columna para el semanario izquierdista Tha Nation.
El periodista se refería a declaraciones públicas de Rumsfeld según las cuales los inspectores de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) serían incapaces de detectar las supuestas armas de destrucción masiva en poder del presidente de Iraq, Saddam Hussein.
Corn podría haberse preguntado también si el secretario de Defensa se ha convertido en director central de Inteligencia o en consejero de Seguridad Nacional.
De todos los pesos pesados del gabinete del presidente George W. Bush, Rumsfeld es, por lejos, el más enérgico. Desde el inicio del actual periodo de gobierno, el 20 de enero de 2001, el Pentágono (Departamento de Defensa) ha invadido sistemáticamente las funciones de otros organismos.
En cierto sentido, el poder de Rumsfeld no es sorprendente. El presupuesto del Pentágono, de 400.000 millones de dólares anuales, es 20 veces superior al del Departamento de Estado (cancillería).
Los organismos de inteligencia del Departamento de Defensa —la Agencia de Seguridad Nacional, la Oficina Nacional de Reconocimiento y la Agencia Nacional de Imágenes y Mapas— absorben 80 por ciento del presupuesto total en la materia, que incluye al de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).
Por otra parte, Rumsfeld cuenta con el apoyo incondicional de Dick Cheney, considerado el vicepresidente más poderoso de la historia estadounidense. La admiración mutua entre ambos se remonta a cuatro decenios atrás, cuando trabajaron para los presidentes Richard Nixon (1969-1964) y Gerald Ford (1974-1977).
El ex secretario de Estado de los gobiernos de Nixon y Ford Henry Kissinger consideró a Rumsfeld la más despiadada de las personas con las que alguna vez debió lidiar.
Las posiciones de Rumsfeld y de Cheney sobre seguridad nacional y política internacional parecen combinarse a la perfección, y se resumen en la consigna Paz mediante la fortaleza.
Los dos apoyaron, en su momento, la doctrina Reagan (por Ronald Reagan, presidente entre 1981 y 1989) de apelar a fuerzas irregulares no estadounidenses, como la contra (contrarevolucionarios antisandinistas) en Nicaragua y los mujahidines (combatientes islámicos) de Afganistán, para reducir la influencia de la hoy disuelta Unión Soviética.
Pero existen diferencias de carácter entre Cheney, quien prefiere operar detrás del telón, y Rumsfeld, quien se ha caracterizado por su audacia tanto en sus declaraciones públicas como en su magistral manejo como operador burocrático.
El secretario de Defensa socavó en reiteradas ocasiones la autoridad del secretario de Estado Colin Powell, en especial sobre Medio Oriente.
En diciembre pasado, apenas cuatro meses después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington, Rumsfeld acusó de terrorista al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yasser Arafat, y defendió los ataques militares de Israel contra Cisjordania y Gaza.
Mientras el secretario de Defensa realizaba esas declaraciones por televisión, el secretario de Estado negociaba con Arafat y con el primer ministro israelí Ariel Sharon el cese de las hostilidades. Siete meses después, Bush adoptó la posición de Rumsfeld.
En el punto culminante de la violencia entre israelíes y palestinos, en abril, Rumsfeld volvió a contradecir a Powell al descartar el envío de una fuerza militar estadounidense para controlar el cumplimiento de un eventual cese del fuego.
Además, el jefe del Pentágono acusó a Irán, Iraq y Siria de inspirar y financiar una cultura del asesinato político y de los atentados suicida en Israel, mientras el secretario de Estado trataba de dialogar con Damasco.
Por otra parte, durante una visita del vicepresidente chino Hu Jintao a Washington, Rumsfeld dejó de lado al intérprete enviado por el Departamento de Estado y apeló al suyo, un detalle muy inusual que dejó en evidencia la brecha que lo separa de Powell.
El secretario de Estado trataba entonces de normalizar los vínculos entre Washington y Beijing, deteriorados luego de un incidente en espacio aéreo chino entre un avión espía estadounidense y un avión de combate chino.
El Pentágono, incluso, se negó a intercambiar directamente con las autoridades chinas información sobre la red islámica Al Qaeda, a la que Washington atribuye los atentados de septiembre de 2001.
El Departamento de Defensa también se enfrentó durante meses con el Departamento de Estado y la CIA, al respaldar al Congreso Nacional Iraquí (CNI), opositor al régimen de Saddam Hussein.
A pesar de que el Departamento de Estado y la CIA, que apoyan a otras organizaciones opositoras, califican al CNI de corrupto, incoherente y de escasa confiabilidad, Rumsfeld presionó a Powell para que le entregaran millones de dólares en asistencia.
En las últimas semanas, Rumsfeld insistió en que Washington posee evidencia a prueba de balas de la presencia en Iraq de integrantes de Al Qaeda y testimonios de que el régimen de Saddam Hussein dio entrenamiento para el uso de agentes químicos y biológicos a miembros de la red islámica.
La afirmación originó roces entre el Pentágono y la CIA, que ya están enfrentadas por disputas sobre qué organismo debería controlar la inteligencia estadounidense.
Observadores advierten que si las agencias de inteligencia estadounidenses hubieran actuado con mayor coordinación y prestado más atención a Al Qaeda que a militares extranjeros, los ataques de septiembre de 2001 podrían haberse evitado.
Pero Rumsfeld rechaza esas propuestas y se ha comprometido a combatirlas con uñas y dientes. En ese sentido, propuso la creación de un nuevo cargo en el Pentágono para coordinar el trabajo de sus tres agencias de inteligencia, una medida que, según los expertos, fortalecería su poder.
Rumsfeld también fortaleció la autonomía de las Fuerzas Especiales de Operaciones en misiones encubiertas, antes realizadas bajo la autoridad de la CIA.
Nacido en la nororiental ciudad de Chicago hace 70 años, Rumsfeld alternó su actividad política y de gobierno con importantes cargos en el sector privado.
El hoy secretario de Defensa asistió a la Universidad de Princeton y prestó servicios en la Armada entre 1954 y 1957, pero no participó en ningún combate. Al concluir su carrera militar, trabajó en el Congreso como asistente de un legislador.
Luego, trabajó para un banco de inversiones hasta que fue elegido diputado en 1964, 1966 y 1968. Abandonó el Congreso en 1969 para integrarse al gabinete de Nixon. En 1973, fue designado representante de Estados Unidos ante la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), con sede en Bruselas.
Rumsfeld encabezó en 1974 la transición del gobierno del renunciante Nixon al de Ford, y dirigió el Estado Mayor de la Casa Blanca hasta 1975, cuando se convirtió en el secretario de Defensa más joven en la historia estadounidense. Permaneció en el cargo hasta 1977.
Presidió luego las empresas farmacéuticas G.D Searle & Co y Gilead Sciences, así como la compañía de telecomunicaciones General Instrument Corporation. Mientras, integró diversas comisiones y misiones internacionales encomendadas por Reagan. (FIN/IPS/tra-eng/jl/ml/mj/ip/02


