"Aquí ganamos o nos sacan muertos", gritó Obdulio Varela a sus compañeros, sin largar la pelota que acababa de sacar de su arco y mientras 200.000 brasileños festejaban el gol de Friaca. Sólo 42 minutos después la hazaña uruguaya pasaría a la historia del fútbol como "el maracanzo".
El campeonato mundial de FIFA ganado por Uruguay el 16 de julio de 1950, en dramática final en la que venció a Brasil por dos goles contra uno, fue la mayor gesta futbolística mundial y sus consecuencias se trasladaron con efecto diverso a las sociedades de ambos países.
La marca imborrable que dejó ese partido del estadio Maracaná de Río de Janeiro se refleja en estos días en los espacios dados por la prensa de varios países, que recuerdan "el coraje de los 11 celestes (por el color tradicional de la camiseta uruguaya) para echar por tierra todos los pronósticos en contrario".
A pesar de que ha pasado medio siglo desde aquel torneo, el primero tras 12 años de interrupción a causa de la segunda guerra mundial, los especialistas aún no logran explicar cómo Uruguay pudo superar a un equipo casi sin puntos débiles, como era aquel brasileño del "juego bonito".
Brasil llegó al último partido necesitando sólo una empate para ser campeón (se disputaba por suma de puntos y no por eliminación como ahora), tras golear a México (4 a 0), a Yugoslavia (2 a 0), a Suecia (7 a 1) y a España (6 a 1).
En cambio, los uruguayos habían empatado con España (2 a 2) y le habían ganado a Suecia por tres goles contra dos, accediendo por diferencia de goles a la final de un campeonato hecho a la medida de Brasil y que se jugaba en un estadio colmado por 200.000 aficionados convencidos de la victoria.
Sin embargo, los protagonistas no opinaban lo mismo, como no han dejado de contarlo desde entonces.
Los dueños de casa en el Maracaná recién inaugurado y que debieron cargar con la pesada carga de aquella derrota fueron Barbosa, Augusto, Juvenal, Bauer, Danilo, Bigode, Friaca, Zizinho, Ademir, Jair, y Chico.
Los visitantes formaron con Roque Máspoli, Matías González, Eusebio Tejera, Schubert Gambetta, Obdulio Varela (el capitán), Víctor Rodríguez Andrade, Alcides Edgardo Ghiggia, Julio Pérez, Oscar Míguez, Juan Alberto Schiaffino y Héctor Morán.
Estos dos equipos se conocían muy bien y se respetaban, ya que Uruguay le había ganado a Brasil (4 a 3) en abril de ese año en un partido jugado en Sao Paulo por la copa Río Branco, mientras los brasileños triunfaron en los dos siguientes, comentó a IPS uno de los "héroes" de aquella jornada, el arquero Máspoli.
"Teníamos la seguridad de que no nos iban a llevar por delante", precisó Máspoli, el único integrante de aquel equipo que aún se mantiene ligado al fútbol como entrenador, pese a sus 82 años.
Lo mismo señaló el autor del primer gol uruguayo, Juan Schiaffino, quien recordó que el equipo tenía jugadores de mucha experiencia en la defensa y el medio campo, acompañado de una avanzada habilidosa.
Esta selección estaba conformada por la base del plantel de Peñarol, campeón invicto en los torneos locales de 1949, indicó Schiaffino.
"Sabíamos que era un partido muy difícil, pero nunca nos sentimos vencidos de antemano, como dijeron algunos dirigentes", agregó.
Uruguay era por ese entonces uno de los países más destacados en este deporte en el mundo. Hasta 1954, cuando fue derrotado por Hungría en las semifinales del mundial de ese año en Suiza, las selecciones nacionales no habían perdido ningún partido en torneos intercontinentales.
Además, había ganado dos campeonatos olímpicos, París en 1924 y Amsterdam en 1928, el primer mundial de FIFA jugado en Montevideo en 1930 y ostentaba la mayor cantidad de copas América, el torneo más antiguo del mundo. Hoy acumula 14 al igual que Argentina.
Todos esos lauros, sin embargo, no eran suficiente para levantar la deteriorada autoestima de los aficionados uruguayos, quizás afectada por el alto rendimiento de los jugadores brasileños y por el triunfalismo de sus seguidores.
Schiaffino, uno de los pocos de ese equipo uruguayo que triunfó en el exterior, jugando en Italia varios años, repasó para IPS la jugada que permitió empatar el partido, anticipio de la "tragedia" brasileña.
"Cuando vi que Ghiggia corría por el lateral derecho, luego de recibir la pelota de Obdulio, enfilé en diagonal hasta llegar al borde izquierdo del área chica para recibir el pase", narró.
"Tuve suerte, porque le pegué mal y la pelota fue para el lado donde estaba Barbosa, que igual no la alcanzó y entró por arriba de su cabeza en el ángulo superior izquierdo", concluyó Schiaffino, casi como disculpándose por el error.
Faltaba poco más de 20 minutos para terminar el partido y el estadio Maracaná pasó de la euforia a la sorpresa, que en el minuto 34 de ese segundo tiempo se transformaría en estupor ante el gol de Ghiggia.
Esa anotación de Ghiggia dio inicio a la leyenda, incrementada por haberle dado la gloria a un equipo que salió de Montevideo en medio de una gran desorganización institucional, situación que se habría de repetir casi hasta el presente.
La dirigencia del fútbol uruguayo vivía por entonces en continuo debate político y arrastraba la crisis del año anterior, cuando debió enfrentar la primera y más importante huelga de jugadores, liderada por el capitán de la selección, Obdulio Varela, concido popularmente como "El Negro Jefe".
Varela también fue uno de los que inició una inusual amistad con los vencidos de Maracaná. La reunión de camaradería que los jugadores uruguayos hicieron costumbre cada 16 de julio era acompañada por alguno de los brasileños hasta hace sólo cinco años, contó Máspoli.
La muerte del Negro Jefe interrumpió el intercambio de visitas, aunque todavía en forma esporádica se cruzan en algún restaurante de Brasil o Montevideo, como ocurrió este es mes en Río de Janeiro con el propio Máspoli, Ghiggia, Friaca y Zizinho.
Cuando este domingo se recuerde el 50 aniversario de esta hazaña deportiva se repetirán los análisis sobre su incidencia en el desarrollo político y social de Uruguay, a la par de las celebraciones deportivas.
Las opiniones de los expertos aparecen divididas en esa materia.
Unos sostienen que haber alcanzado un logro internacional de esa envergadura paralizó las ansias de superación de las generaciones posteriores, mientras otros afirman que los celestes de Maracaná reflejaban la fuerza de carácter de un pueblo que supo forjar una sociedad más próspera e igualitaria que la actual.
El tesón del equipo uruguayo y, en especial, la fuerte personalidad de Varela, es el reflejo de una sociedad que ha debido vencer las adversidades que afronta un país pequeño ubicado en medio de dos grandes naciones, Argentina y Brasil, según el periodista Franklin Morales.
Por su parte, los brasileños aún no logran exorcizar, al parecer, los fantasmas del maracanazo, transmitido a través del tiempo casi como una afrenta nacional perpetrada por el diminuto país vecino.
Así lo reflejaron las consultas periodísticas hechas en ocasión del último partido entre las dos selecciones, jugado en el mismo escenario este mes en el marco de las eliminatorias para la copa mundial de 2002.
Sin embargo, partiendo de la premisa contraria a la sustentada por los uruguayos de que "ese tiempo pasado fue mejor", Brasil se propuso, y lo consiguió con creces, transformarse en la mayor potencia futbolística del mundo.
Pero, como señala Máspoli, la evolución profesional del fútbol en los últimos 50 años marca las diferencias sustanciales a la hora de determinar la incidencia de aquel triunfo uruguayo.
Máspoli explicó que el nivel empresarial alcanzado por la actividad ha dejado en una gran desventaja competitiva a Uruguay, con apenas 3,3 millones de habitantes.
El dinero que se mueve en este deporte, una de las actividades económicas más importantes del mundo a través de las competencias organizadas por la FIFA, las transmisiones de televisión y los clubes-empresa, han dejado al fútbol de este país en una situación marginal, explicó. (FIN/IPS/dm/mj/cr/00


