La cineasta Laleh Khadivi intenta en su documental "900 mujeres" explicar por qué en Estados Unidos el porcentaje de reincidencias en la población carcelaria femenina duplica al de los reclusos varones.
Estrenada en el 11 Festival de Cine de Human Rights Watch en Nueva York, este filme de Khadivi, su debut como directora, retrata a reclusas y ex reclusas del Instituto Correccional para Mujeres de Luisiana (LCIW), situado en San Gabriel, al norte de Nueva Orleans.
Así, traza un paisaje de la creciente e invisible población carcelaria femenina estadounidense.
Los terrenos del LCIW se ven inmaculados. La limpieza en el interior de la prisión parece impecable. Las reclusas juegan voleibol en el patio y sin presencia de guardias varones, lo cual elimina la dinámica de dominio que impera en muchas prisiones femeninas del país.
El filme de Khadivi aclara que esa cárcel es un lugar seguro para las reclusas, pero también revela el fracaso del sistema penitenciario en su intento de preparar a esas mujeres para la vida extramuros.
Las estadísticas indican que entre 35 y 45 por ciento de las mujeres convictas vuelven a ser arrestadas tras su liberación, tasa que duplica la de los hombres. Este fenómeno crece debido a las limitaciones de los programas de rehabilitación en prisiones como LCIW.
Khadivi pergeñó el proyecto después de trabajar en el documental "La Granja", de Jonathon Stack, referido a una prisión masculina.
La cineasta sintió que la atención de los medios se centraba a menudo en los reclusos varones. Supo que las mujeres constituyen la población carcelaria de aumento más acelerado y decidió que era hora de contar su historia.
El documental, que no contiene revelaciones sensacionalistas, retrata a seis reclusas, dejando que sus historias muestren la complejidad del problema.
Una de la seis mujeres mostradas por Khadivi es Keanna Hebret, joven madre de tres niños arrestada por posesión y distribución de heroína. Mientras cumplió su sentencia de dos años, Hebret no recibió ningún tipo de rehabilitación para su adicción.
En LCIW, solo las presas que no estén recluidas en el pabellón de máxima seguridad pueden optar por un programa de rehabilitación para adictos.
Una residente en áreas de seguridad mínima o media puede ser transferida a la de máxima por conductas tan simples como abrazar a otra reclusa o estrechar su mano, violatorias de las normas de LCIW sobre "contacto íntimo".
Hebret se mantuvo libre de la droga durante su prisión. Antes, su adicción la había llevado a saltar una cerca de alambre de púas estando embarazada de cuatro meses para escapar de un programa de rehabilitación.
Tras quedar en libertad, mostró firme determinación de mantenerse "limpia", con la esperanza de recobrar la custodia de sus hijos. Todos ellos nacieron con dependencia a la heroína y la cocaína.
Mary Riley, condenada por homicidio, tiene 68 años y cumple una pena de 23 años en LCIW. Quiere pasar el resto de su vida en la cárcel. En su introversión, parece buscar sentido a los hechos que determinaron su destino.
Riley describe en la película las relaciones abusivas que signaron toda su vida. Ese cuadro culminó con una paliza: su marido le apretó la cabeza con la puerta de un refrigerador. Tres recobrar el sentido, él le ordenó que limpiara todo y preparara la comida. De lo contrario, la golpearía de nuevo.
Ella recogió un revólver que guardaba en su habitación. Lo empuñó frente a su marido y le dijo que no admitiría otra golpiza. Entonces, lo mató a balazos.
Riley estima que entre 75 y 85 por ciento de las mujeres presas en LCIW fueron víctimas de abuso físico y psicológico durante la mayor parte de sus vidas. Ahora, propone cambios a la cárcel, a la que acepta como el único hogar que tendrá por el resto de su vida.
Ella convenció al director de la prisión, el único hombre mostrado en el documental, de que permitiera visitas a las mujeres encarceladas en Navidad. Para muchas reclusas, ése es el único día del año en que pueden ver a sus hijos.
Mary Riley comprende la importancia de la conexión entre madres e hijos, necesaria para romper el ciclo de abuso que llevó a tantas mujeres a la cárcel. Los niños cuyos padres estuvieron encarcelados son ocho veces más proclives a terminar también ellos en la cárcel.
Las historias de Hebret y Riley son un paradójico contraste. Riley, que parece rehabilitada y ayuda a otras, no tuvo posibilidad alguna de lograr la libertad condicional.
Por su parte, Hebret cumplió su condena de dos años e inició una vez libre un programa intensivo de 10 meses contra la adicción. Dos semanas después, volvió a ser arrestada por posesión de heroína.
La película termina con la noticia de su nueva detención.
Khadivi describe esa prisión, así como la mayoría de las estadounidenses en el país, como "ni punitiva ni rehabilitante". Hoy, la cineasta recolecta fondos para regresar a Luisiana y mostrar "900 Mujeres" a las presas de LCIW, a fin de incorporar el filme a un programa de preexcarcelación.
"Quizás si ven las historias de esas mujeres y comprenden cuán fácil es volver aquí, es más probable que traten de mantenerse fuera de la prisión", dijo Khadivi. (FIN/IPS/tra- eng/ew/da/ego/mj/cr hd/00


