Desde hace un año y medio, la artista plástica brasileña Zuleica Medeiros produce papeles finos a partir de materiales de desecho, empleando a presos como mano de obra.
La producción de la empresa Terra es hoy disputada por los consumidores más exigentes y por las grandes corporaciones.
Sus artículos ganaron incluso un premio a la calidad y la preocupación ambiental, pero la empresaria lamenta que muy pocos de sus clientes valoran el trabajo con reclusos en una cárcel masculina en la capital del estado de Santa Catarina, en el sur de Brasil.
En un pequeño espacio de 30 metros cuadrados, cedido por la dirección del penal, los detenidos participan en una experiencia en la que no son sólo mano de obra.
"Mi gran preocupación no es enseñarles un oficio sino darles la oportunidad de desarrollar la capacidad de transformarse en empresarios", señaló la artista, que también tuvo que aprender a dirigir un negocio.
El principal problema enfrentado por los presos es que no encuentran trabajo al abandonar la cárcel. Entre 80 y 90 por ciento de ellos reinciden en la delincuencia para poder sobrevivir y retornan a prisión.
"Fuera del trabajo autónomo e independiente no tienen otra alternativa", sostuvo la ex profesora de Bellas Artes de la Universidad de Brasilia.
"La misión más importante de Terra no es sólo la recuperación de la milenaria tradición de los papeles hechos a mano sino la recuperación de seres humanos que la sociedad intenta olvidar al encerrarlos en un cementerio de vivos", agregó.
A partir de un convenio firmado en 1996 entre Terra y la dirección de un penal en el que están encarceladas 280 personas, cerca de 80 reclusos ya fueron seleccionados por las autoridades para participar en el proyecto.
Su designación se realiza en base a criterios como buen comportamiento y la situación económica de sus familias.
La unidad básica de produción es un grupo de 11 personas que se encarga de la elaboración de un promedio de 500 hojas por día, a partir de papeles viejos que son transformados manualmente en una pasta a la cual son adicionadas hojas vegetales y flores, para crear un efecto ornamental y artístico.
Cada detenido percibe un ingreso mensual fijado por ley correspondiente a dos tercios del sueldo mínino oficial, que es de 130 reales (108 dólares antes de la devaluación del día 13, 76 dólares actualmente).
Ese sueldo es pagado por Terra a la dirección del penal, que lo transfiere a las familias de los detenidos.
La empresa retribuye también a los reclusos en alimentos y material de higiene personal.
Globalmente cada recluso trabajador recibe un ingreso compuesto equivalente a un salario mínimo.
El pago no es el único atractivo para los detenidos. El Código Penal brasileño establece que cada tres días trabajados en una actividad autorizada, al recluso se le reduce un día de pena.
"Es poco en términos financieros y también poco para asegurar una vida mínimamente digna a la familia de un detenido, pero no pude pagar más hasta ahora por la irregularidad en el suministro de materia prima y por la ausencia de una demanda estable", explicó Zuleica Medeiros.
"Ahora algunos clientes han mostrado interés en hacer compras regulares, lo que me permitirá ampliar las instalaciones y aumentar la producción", añadió.
Medeiros dice que está interesada en formar emprendedores, porque ello provoca un cambio cualitativo en las actitudes del trabajador detenido.
"Al reciclar la basura, el preso asume también que está reciclando su vida. Al darse cuenta de que está aprendiendo a montar su propio negocio pasa a interesarse por temas como la calidad de producción, lo cual lo lleva a una nueva actitud cultural. Descubre la belleza de lo que hace", señaló.
La empresaria está concluyendo la instalación de una imprenta en el penal para que los presos, además de hacer el papel, elaboren productos finales impresos, como sobres, tarjetas, calendarios, diplomas y folletos publicitarios encomendados por empresas.
"Hago esto para demostrar a otros empresarios la necesidad de no ver el detenido como mera mano de obra. No basta dejar la materia prima en la puerta de la celda y después recoger el producto ensamblado", dijo.
De todos los detenidos que pasaron por Terra y fueron liberados, sólo uno retornó a la cárcel y en razón de un error judicial. Fue confundido con otra persona.
"Ellos mismos reconocen la enorme dificultad de sobrevivir económicamente en una sociedad que no confía en ex detenidos y que sin darse cuenta los condena por segunda vez, al negarles las condiciones para obtener un nuevo empleo", dice la dueña de Terra.
"Los empresarios y la sociedad deben tomar conciencia de que la reinserción del condenado en la actividad productiva, incluso cuando está detenido, es una forma de bajar los costos del sistema carcelario y judicial y de la ampliación del aparato policial, sin hablar de las pérdidas humanas y materiales provocadas por la delincuencia", indicó.
"Gastamos millones de dólares en seguridad que podrían ser ahorrados con inversiones mínimas en capacitación empresarial de la basura social echada en los cementerios de vivos", argumentó.
Pero la labor de Medeiros no es unánimemente aprobada.
El Movimiento Nacional de Derechos Humanos (MNDH) encara con preocupación el hecho que muchas empresas se aprovechan de presos cuya falta de alternativas puede estimular la explotación y el incumplimiento de derechos laborales.
"Pese a las buenas intenciones y los resultados positivos", ese empleo de mano de obra cautiva apunta a la privatización de funciones del sistema penitenciario, como la resocialización de los detenidos, dijo Tarciso Dal-Maso, consultor jurídico del MNDH, integrado por 300 organizaciones no gubernamentales.
Al preso se le deben asegurar los mismos derechos que al trabajador libre, incluso el de la capacitación, ya que la condena le quita sólo la "libertad de ir y venir", estimó.
El problema es que el sistema penal brasileño "contradice cualquier principio legal y priva a los detenidos de todo", concluyó Dal-Maso. (FIN/IPS/cc/dg/cr-hd/99


