La lucha contra el cambio climático empieza por respirar aire puro

Una vista apacible de Londres desde la ribera del Tamesis. Desde 2023, todos los distritos de la capital británica están bajo la Zona de Emisiones Ultrabajas, que penaliza a los vehículos contaminantes, dentro de una política que también incluye la electrificación del transporte público. Imagan: Katiana Murillo / IPS

LONDRES – Ella Adoo-Kissi-Debrah nació sana. Vivía en el sur de Londres, muy cerca de una de las carreteras con mayor tráfico de la ciudad. Antes de cumplir siete años desarrolló un asma severa que la llevó repetidas veces al hospital.

Su madre, Rosamund Adoo-Kissi-Debrah, empezó a notar algo inquietante: las crisis más graves coincidían con los momentos en que aumentaban los niveles de contaminación cerca de su casa. Ella sufrió varios colapsos pulmonares y finalmente murió el 15 de febrero de 2013, a los nueve años.

Rosamund inició entonces una batalla legal para demostrar que la contaminación del aire había contribuido de manera significativa a la muerte de su hija. Lo consiguió en 2020 y Ella se convirtió en la primera persona cuya muerte fue oficialmente atribuida a esta causa marcando el principio de un cambio drástico en las políticas.

El informe State of Global Air 2024, con base en datos del Global Burden of Disease 2021, señala que la contaminación del aire se asocia a 8,1 millones de fallecimientos en el mundo, convirtiéndose en el segundo factor de riesgo de muerte a escala global, por encima incluso del consumo de tabaco.

“Si se interviene primero donde viven niños menores de cinco años, mujeres embarazadas, adultos mayores y personas con problemas cardiovasculares o respiratorios, reducir la contaminación puede ayudar también a cerrar brechas sociales”: Cecilia Vaca Jones.

América Latina es reflejo de esa realidad. Más de 150 millones de personas viven en ciudades de la región donde la contaminación supera los niveles recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Pese a esto, el aire limpio no ocupa todavía un lugar preponderante en muchas agendas políticas, señala Cecilia Vaca Jones, directora ejecutiva de Breathe Cities, una iniciativa global que ayuda a ciudades a reducir la contaminación del aire, las emisiones de carbono y sus efectos sobre la salud pública. En Latinoamérica trabaja en Bogotá, Ciudad de México y Río de Janeiro.

“Cuando se conversa con autoridades o actores sociales de la región surge frecuentemente la misma pregunta: ¿cómo priorizar la contaminación del aire cuando todavía existen problemas de saneamiento, alcantarillado y otras necesidades básicas?Pero no se trata de escoger entre una prioridad y otra, debemos comprender que la calidad del aire es un tema relacionado con el cambio climático y también una cuestión de salud pública y de calidad de vida”, señala.

Desde antes de nacer

La contaminación del aire se asocia principalmente a enfermedades respiratorias como el asma, pero es causa también de accidentes cerebrovasculares, cáncer de pulmón e infecciones, y sus efectos pueden comenzar incluso antes de nacer.

Una investigación del King’s College London, publicada en abril de 2026, siguió a cerca de 500 niños nacidos en Londres entre 2015 y 2020 y analizó la exposición de sus madres a contaminantes atmosféricos durante el embarazo.

Los bebés sometidos a mayores niveles de contaminación durante la gestación obtuvieron peores resultados en pruebas de lenguaje y desarrollo motor a los 18 meses. El efecto fue particularmente evidente cuando la exposición ocurrió durante el primer trimestre y entre los bebés nacidos prematuramente.

El reto en las ciudades

Este desafío adquiere particular relevancia en zonas cada vez más urbanizadas como las de América Latina.

Para María Neira, exdirectora del Departamento de Medio Ambiente, Cambio Climático y Salud de la OMS, la región necesita comprender que contaminación atmosférica, cambio climático, planificación urbana y desarrollo económico forman parte de una misma agenda más allá de cualquier ideología porque es un tema de supervivencia.

Para la experta, acelerar la transición hacia las energías renovables y diseñar ciudades saludables produce beneficios simultáneos como reducción de la contaminación, mejoramiento de la salud pública, fortalecimiento de la economía y disminución de las desigualdades.

“Las ciudades deberán transportar, alimentar, dotar de energía y empleo a poblaciones cada vez mayores y en esta transformación, los alcaldes y gobiernos municipales tienen un papel decisivo”, afirma.

Uno de los 1500 autobuses eléctricos con que cuenta Bogotá, para aliviar las emisiones contaminantes en la capital colombiana, que dispone también de la mayor red de ciclovias de América Latina y de otras iniciativas para reducir la contaminación urbana. Imagen: Jonathan Ramos / IPS

De Londres a las urbes latinoamericanas

Algunas ciudades ya ofrecen pistas sobre cómo hacerlo. Londres puso en marcha en 2019 su Ultra Low Emission Zone (Ulez, Zona de Emisiones Ultrabajas), mediante la cual los vehículos más contaminantes deben pagar por circular si no cumplen determinados estándares de emisiones. La zona se amplió progresivamente hasta abarcar todos los distritos de Londres en 2023.

Pero esta política forma parte de una estrategia más amplia que incluye la electrificación del transporte público, la promoción de la bicicleta y los desplazamientos a pie, el monitoreo permanente de contaminantes y las llamadas School Streets, que restringen temporalmente el tráfico frente a las escuelas durante los horarios de entrada y salida.

Un estudio realizado en 35 de estas calles encontró reducciones de hasta un 23 % en las concentraciones de dióxido de nitrógeno (NO₂) durante los horarios de cierre.

Otra investigación del Imperial College London estimó que entre 2019 y 2024 las muertes atribuibles a la contaminación atmosférica en Londres disminuyeron aproximadamente 40 % y, según la Alcaldía de Londres, la calidad del aire ha mejorado en el 99 % de los sitios de monitoreo de la ciudad desde 2019.

En América Latina, Bogotá, por ejemplo, ha desarrollado las Zonas Urbanas por un Mejor Aire (Zuma), que priorizan sectores donde coinciden altos niveles de contaminación con vulnerabilidad social. En esas zonas se combinan intervenciones como desvíos del transporte de carga, arborización, ampliación de zonas verdes y mejoras de los espacios peatonales.

La ciudad también cuenta con más de 1500 autobuses eléctricos y una extensa red de ciclovías, la mayor de América Latina.

Ciudad de México es otro caso en la región, que enfrenta condiciones particulares por su enorme tamaño, altitud y ubicación en el Valle de México, donde determinadas condiciones meteorológicas pueden dificultar la dispersión de los contaminantes.

Entre sus respuestas figuran programas de reducción de emisiones, la modernización y electrificación progresiva del transporte público y la ampliación de la infraestructura ciclista. Asimismo, un sistema permanente de monitoreo de la calidad del aire permite informar a la población y activar alertas y contingencias ambientales.

Para Vaca Jones, estas iniciativas hacen algo más profundo que reducir emisiones: devuelven la ciudad a sus habitantes.

“Si se interviene primero donde viven niños menores de cinco años, mujeres embarazadas, adultos mayores y personas con problemas cardiovasculares o respiratorios, reducir la contaminación puede ayudar también a cerrar brechas sociales”, señala.

La contraparte ciudadana es importante también: caminar más, usar la bicicleta, recurrir al transporte público y cuestionar una cultura que todavía asocia el automóvil privado con éxito o símbolo de estatus.

Acción ciudadana

En 2015 durante la cumbre climática de París, la COP21, un grupo de padres y madres de distintos países se unieron para impulsar la acción climática en defensa de la salud y el futuro de la niñez, dando origen a Our Kids´Climate, una red internacional que moviliza a progenitores y cuidadores frente a la crisis climática y temas relacionados, como la contaminación del aire.

En 2021, cerca de 500 grupos de padres y madres de 44 países enviaron una carta a la presidencia de la COP26, celebrada en la ciudad escocesa de Glasgow, para advertir sobre el impacto de los combustibles fósiles en la salud y el futuro de la niñez.

Para Maya Mailer, codirectora de Our Kids’ Climate, “no solo los combustibles fósiles, sino también los incendios forestales y las olas de calor exacerban la contaminación del aire”. De ahí que desarrollar iniciativas y abogar ante los parlamentos y gobiernos por nuevas y mejores leyes y políticas, es vital.

Si nadie acepta beber un vaso de agua turbia por el evidente riesgo, esta red de familias aboga por lo mismo respecto de la contaminación del aire.

El caso de Ella logró romper esa invisibilidad en Londres. Su muerte contribuyó a transformar una estadística sanitaria en una historia capaz de cambiar la conversación pública y América Latina tiene actualmente esa misma tarea.

ED: EG

 

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