CHARIKAR, Afganistán – Las mujeres afganas han recurrido a las protestas en línea como único recurso disponible para expresar su descontento con el régimen talibán, a pesar de que los riesgos de ser descubiertas son elevados y acarrean consecuencias enormes.
El amanecer aún no ha irrumpido por completo en las tranquilas calles de Charikar, la capital de la provincia de Parwan, en el noreste de Afganistán. El aire matutino trae consigo la quietud de las primeras horas del día, y los pasos de unos pocos transeúntes son los únicos sonidos que rompen el silencio.
En una de las casas más modestas de los suburbios de la localidad vive Gulsuum (nombre ficticio), de 28 años, quien, en la práctica, lleva una doble vida.
Para sus vecinos, es una joven tranquila que sale a comprar comida, vive con su familia e intenta llevar una vida normal. Sin embargo, detrás de esta fachada se esconde una persona que lucha, bajo un seudónimo, por la educación, la libertad y la dignidad humana de las mujeres afganas.
«A veces me pregunto si alguna vez veremos los resultados de nuestros esfuerzos, si este camino merece la pena a pesar de todo el miedo y la incertidumbre. Pero cada vez que pienso en las niñas a las que se les ha negado el derecho a ir al colegio de educación media, sé que debo seguir adelante», asegura.
Y añade: «Si hoy nos quedamos calladas, la próxima generación podría perder incluso la esperanza de protestar».
Utiliza el nombre de Gulsuum para proteger su identidad. Sin embargo, sus miedos, sus esperanzas y la historia de su vida son totalmente reales.
Gulsuum vive con su padre, su madre, su tía y sus dos hermanos en una zona residencial a las afueras de la capital de Parwan. Su tía, que no está casada, forma parte de la familia desde hace mucho tiempo.
Solo su tía conoce el secreto de Gulsuum
Su tía no solo ha guardado el secreto de Gulsuum, sino que también la ha apoyado en sus momentos más difíciles. Le deja usar su teléfono móvil cuando lo necesita, está atenta a la situación y la avisa de inmediato si intuye algún peligro.
La mayor preocupación de Gulsuum es su hermano mayor. El motivo radica en sus ideas tradicionales: él considera que las protestas de las mujeres son peligrosas.
Gulsuum está convencida de que, si su hermano se enterara de sus actividades, le quitaría el teléfono, restringiría sus movimientos o la enviaría a vivir con familiares a otra provincia.
Antes de que los talibanes volvieran al poder, en agosto de 2021, Gulsuum estudiaba Derecho e impartía clases en un colegio privado. Por aquel entonces, su vida giraba en torno a los libros, los bolígrafos y las voces de sus alumnas.
«Toda mi vida estaba ligada a los libros, a la escritura y al aula. Creía que el futuro de Afganistán lo construirían las chicas, capaces de transformar la sociedad a través del conocimiento y la educación, no de las armas», detalla con remembranza.
Tras el regreso al poder de los talibanes, las universidades y los colegios femeninos de secundaria fueron cerrando paso a paso en Afganistán. El colegio privado en el que Gulsuum daba clase dejó de funcionar, y sus propios estudios también llegaron a su fin, cuando los talibanes restringieron la educación de las niñas a solo la primaria.
La mirada de Gulsuum se desvía hacia un rincón de la habitación, donde sus libros de la universidad siguen en la estantería.
«Mis libros siguen ahí, pero ya no hay aula, ni alumnas, ni ningún sueño que pueda perseguir como solía hacerlo», dice com pesadumbre.
Gulsuum cuenta que permaneció en silencio durante los primeros meses, por miedo a que la detuvieran y a que su familia corriera peligro.
«Pero cada vez que oía hablar de detenciones de manifestantes o de niñas a las que se les negaba la educación, me preguntaba: ¿Es el silencio también una forma de rendirse?», explica.
Esa pregunta cambió el rumbo de su vida.
«Hace dos años, una amiga de la universidad me habló del Movimiento de Pensamiento Crítico de Kabul. Al principio, solo seguía las declaraciones y los escritos del movimiento. Poco a poco, empecé a participar en sus reuniones en línea bajo un seudónimo y, más tarde, me convertí en una de sus integrantes activas», detalla.
La mayoría de las actividades del movimiento tienen lugar en su página oficial de Facebook, donde se publican comunicados, campañas y mensajes públicos.
Incluso un pequeño error podría ponerlo todo en peligro
Para proteger su identidad, los miembros nunca comparten material en sus propias cuentas de redes sociales. En su lugar, graban imágenes y vídeos por su cuenta y los envían para su publicación a través de la página oficial del movimiento. Se utilizan seudónimos para proteger la identidad de los participantes.
Muchas imágenes y vídeos se graban en interiores o en lugares donde hay pocas personas o ninguna. Los miembros llevan mascarillas, gafas de sol y túnicas chadari negras para minimizar el riesgo de ser identificados.
Gulsuum explica que cada acción requiere una planificación cuidadosa y una evaluación de los riesgos potenciales, ya que incluso una sola protesta podría acarrear consecuencias tanto para ella como para su familia.
«Cada decisión que tomo, cada llamada telefónica y cada mensaje que envío podrían tener graves consecuencias. Mi teléfono está protegido por varias contraseñas. Gestiono con cuidado los mensajes, las fotos y cualquier otra cosa que pudiera ponerme en peligro», desgrana la joven.
Y agrega que «nunca revelo a nadie la identidad de otros miembros ni dónde nos reunimos. Incluso un pequeño error podría poner en peligro mi vida y la de los miembros de mi familia».
Gulsuum cuenta que a veces se pregunta si sus hermanos, que revisan su teléfono, se habrán enterado de sus actividades.
«Un momento después, me doy cuenta de que no ha pasado nada. Solo estaban echando un vistazo a las redes sociales. Pero esos pocos minutos me parecen horas. El miedo se ha convertido en parte de mi vida cotidiana», reconoce.
Una vez, mientras caminaba por la ciudad, se fijó en una camioneta de los talibanes a unas cuantas manzanas detrás de ella. Le dijo a una mujer que pasaba por allí que tenía sed y esta la invitó a su casa a tomar un té.
El vehículo seguía cerca cuando se marchó, pero se sintió aliviada al saber que unos miembros de los talibanes habían alquilado una casa en el barrio unos días antes. La camioneta no tenía nada que ver con ella.
Recuerda que «pude volver a respirar y me di cuenta de que, a veces, el miedo nos paraliza mucho antes de que el peligro esté siquiera a la vista».
«Cada llamada desconocida, cada mirada sospechosa y cada pregunta inesperada traen consigo una nueva oleada de miedo», afirma, «pero no creo que el miedo deba definir las vidas de las mujeres afganas».
A pesar del miedo, el activismo continúa
A pesar de sus miedos, Gulsuum no ha renunciado a su activismo.
«A veces me pregunto si alguna vez veremos los resultados de nuestros esfuerzos, si este camino merece todo el miedo y la incertidumbre. Pero cada vez que pienso en las niñas a las que se les ha negado el derecho a ir al colegio, sé que debo seguir adelante», insiste.
Y asegura convencida: «Si hoy nos quedamos calladas, la próxima generación podría perder incluso la esperanza de protestar».
La túnica chadari que lleva en las manifestaciones es más que una simple prenda.
«Cada noche, la guardo en un rincón de mi habitación. Cada vez que la escondo, siento como si estuviera ocultando una parte de mi identidad, mis sueños y mi verdadera vida a los ojos de los demás», lamenta.
La voz de Gulsuum es tranquila, sin vacilaciones.
«Creo que ninguna voz que se alce en nombre de la justicia se desperdicia. Puede que el cambio no se produzca hoy. Pero si nadie habla, no hay esperanza para el mañana», dice.
«Lo que más me importa es que el mundo sepa que las mujeres afganas, incluso bajo la presión más intensa, siguen defendiendo la libertad, la justicia y la dignidad humana. Nuestra voz puede ser débil, pero nunca será silenciada», agrega.
La historia de Gulsuum no es solo la de una mujer. Refleja las vidas de miles de mujeres y niñas afganas, atrapadas entre el miedo y la esperanza, que continúan la lucha por la educación, la libertad de elección y la dignidad humana.
Bajo el chadar negro que lleva por seguridad, su voz sigue resonando. Es suave, pero inquebrantable. A pesar de todo, esa voz no ha sido silenciada.
T: MF / ED: EG


