LA HABANA – “Yo me levanto ‘supertemprano’. A las cinco de la mañana. Como es lógico, siempre sin luz. Eso no varía en ningún momento”, dice a IPS Fernanda, de 51 años, una contadora que vive a medio kilómetro de la emblemática Plaza de la Revolución, en el municipio de Cerro, uno de los 15 de la capital de Cuba.
Con la ayuda de una lámpara recargable, Fernanda prepara su desayuno, alisa su ropa, se viste, sale a la calle y, todavía a oscuras, camina unas cuadras por su barrio hacia el lugar donde la recoge una amiga en su automóvil y le acerca sin ningún cobro a su centro laboral: un banco.
Empieza a trabajar en cuanto llega. O a las dos o tres horas, dependiendo de cuándo se restablezca la luz.
“Te puedes pasar toda la mañana perdiendo el tiempo, porque no se puede hacer nada sin electricidad. Hay que esperar a que digan (los jefes) que te puedes ir”, explica Fernanda, quien pidió no dar su apellido.
Últimamente, al mediodía suele salir; regresa a pie, si no hay triciclos eléctricos transitando, el medio de transporte con la mejor relación entre su precio (medio dólar el pasaje) y su frecuencia en pasar, desde que en febrero el bloqueo petrolero de Estados Unidos y las medidas de racionalización de la venta de combustible dejaron casi paralizados los buses y los autos clásicos de los años 50 que fungían de taxis colectivos.
Tras caminar unos seis kilómetros, llega a su hogar, aún sin luz, y en un momento tan azaroso como “la bolita” –la lotería clandestina que se juega en los barrios de La Habana–, llega la electricidad y empieza lo que Fernanda llama “el maratón”.
“Si es de día, corre para coger agua”, es lo primero que dijo hacer.
Enciende el motor para que bombee agua desde una cisterna subterránea hacia otra cisterna en el techo, para que luego descienda por gravedad y salga por los grifos de la casa, sin necesidad de electricidad.
“Cómo hay que gastar dinero en este país para arreglarlo… Esto se ha ido de las manos. Todo tiene que ser de cero. De cero. Empezar a levantar de cero todo. ¿Cuántos años nos vamos a meter en eso?: Tomás Leyva.
Pero no puede encender ese motor hasta que otras tres familias, que comparten la cisterna subterránea y no tienen otras en el techo –o techos de concreto para sostenerlas–, puedan llenar cubetas y recipientes.
De encenderlo antes, la presión que impulsa el agua al techo no dejaría que ese mismo líquido fluyera a sus casas.
Es mejor no entrar en conflictos con los vecinos, así que a Fernanda no le queda más remedio que llenar sus propias cubetas mientras tanto, por si acaso.
Pronto los vecinos dan dos toques en la ventana y esa es la señal de que ya puede encender el motor. Sin embargo, cuando intenta prenderlo, a menudo ya se fue la luz y Fernanda tiene que fregar y bañarse con jarros de agua.
Apenas ha transcurrido una hora. En otras ocasiones la electricidad dura dos horas y, contadas veces, cuatro. Después vuelve a irse durante ocho, 10 o quizás 12 horas, y retorna una o dos horas nuevamente, en un maratón tras otro.
Cada vez que llega la luz, no solo es necesario velar por el motor de agua, sino cocinar, conectar el refrigerador y cargar celulares, bombillos y ventiladores recargables. Su madre, una jubilada de 72 años que vive con ella, la ayuda en estas tareas.
“Cuando la ponen (la electricidad) por la madrugada, toca levantarse”, dice Fernanda, y explica que, siempre que se acuesta –temprano, por el aburrimiento–, deja la luz prendida, para despertarse si sucede vuelve.
“De todas formas, con el calor no se puede dormir… los mosquitos… la incomodidad que te va cayendo”, agrega.
En la sala de su casa, tiene un altar con piedras, vasos llenos de agua, crucifijos y otros elementos religiosos del sincretismo afrocubano, dedicados a sus santos yorubas. No es “fanática”, pero les prende velas y les pide cosas de vez en cuando; sobre todo, salud.
Extrañamente, nunca se le ha ocurrido pedirles luz, electricidad.
“Eso no lo arregla nadie”, explica sonriente y resignada.

No soy de las más afectadas
Cuando se va la electricidad en casa de Fernanda, también lo hace en casa de Marta, una habanera de 54 años que ha dedicado 30 años de su vida al sector de la educación. Ambas comparten el mismo circuito dentro de la red eléctrica nacional, y viven no lejos una de la otra.
Como Fernanda, Marta también se ocupa de su madre de 82 años –además de su suegra–, y su primera preocupación al despertarse es si hay luz o no.
“Si amanezco sin luz, amanezco sin agua”, dice Marta, que como la mayoría de los cubanos sobrevive entre cortes eléctricos programados, otros imprevistos y largos apagones nacionales totales, de los cuales se han producido siete en el último año y medio, dos de ellos en marzo.
Pero, a diferencia de Fernanda, tiene su cisterna subterránea en su garaje y solo la comparte con una vecina. Si hay luz, llena los depósitos del techo y, si no, carga cubetas directamente del subsuelo. El agua no falta nunca.
Si bien existen otros contrastes –una casa cinco veces más grande que la de Fernanda donde vive junto a cinco personas–, el mayor recae en el “ecoflow” que decora la sala de su casa, una batería portátil que se ha vuelto popular en Cuba por la crisis eléctrica, y se ha convertido en una aspiración en la vida de los cubanos.
El mercado cubano ha sido bombardeado por tantos de estos dispositivos con la marca EcoFlow –cuyos precios oscilan entre 600 y 3000 dólares, según su potencia y capacidad de energía–, que la gente llama así también a las baterías de otras marcas.
Pero su precio es prohibitivo para la mayoría de las familias cubanas, pues el salario medio mensual en esta nación insular caribeña, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (Onei), es de apenas 13 dólares.
A Fernanda tampoco le alcanza, aunque gana el equivalente a 77 dólares al mes, entre su salario estatal en el banco y un segundo empleo cerrando las cuentas de una cafetería privada dos días a la semana.
Marta gana menos que el salario medio con su trabajo en una biblioteca, y tampoco podría costeárselo ni sumando las pensiones de las dos ancianas que cuida y el salario de su marido, que ingresa más. Pero tiene varios parientes en el extranjero que le envían remesas y otras ayudas.
Así fue como el ecoflow terminó decorando la sala de su casa, junto a un manojo de extensiones y cables eléctrico que se desprenden y ramifican por los rodapiés y otros rincones de las paredes, desde el dispositivo hasta la nevera, cuatro televisores y algunas luces, desperdigados por toda la casa.
Aun con todo ese consumo, el ecoflow aguanta casi 17 horas y se carga en 50 minutos, lo suficiente para aguantar la única hora de luz que suele recibir ese circuito tras 10 o más horas de apagón.
“No me considero una de las (personas) más afectadas”, reconoce Marta, quien también pidió no mencionar su apellido.
Pero, en cualquier caso, solo cuando hay electricidad, Marta puede poner el motor agua, lavar, cocinar con ollas eléctricas, y otras faenas, así que incluso si la luz llega en la madrugada, ella se levanta de inmediato de la cama.
“Hoy no pude ir al trabajo porque no tenía luz ni agua y estoy a cargo de dos ancianas enfermas. Son mi prioridad. Ayer, en el trabajo, me llamó mi mamá porque pusieron la luz y vine corriendo del trabajo. Son seis minutos de distancia. Justo cuando llegué aquí, se fue la luz”, cuenta negando con la cabeza.
Marta tiene una flexibilidad en el trabajo, que le permite estar en casa buena parte de la semana, pero igualmente debe estar pendiente todo el tiempo, pese al ecoflow, de si hay o no electricidad en casa.
“Vives en constante estrés”, suspira.

Partir de cero
Cuando Marta y Fernanda se preparan para empezar su jornada, Tomás Leyva, de 62 años, está punto de terminar la suya.
Es agente de seguridad desde hace unos 30 años para la Agencia General de Seguridad y Protección, vinculada al Ministerio de Transporte (Mitrans). Desde hace una década custodia, durante el turno de la noche la entrada de un edificio multifamiliar también ubicado en el municipio de Cerro.
Tomás termina su jornada a las 6:00 de la mañana después de 12 horas de guardia, y se adentra en una rutina totalmente nueva, que apenas cambió hace menos de una semana, tras mudarse a La Habana.
Antes tomaba un ómnibus interprovincial en la salida de Nueva Paz, el pueblo donde vivía, a casi 80 kilómetros al sureste de la capital, en la provincia de Mayabeque.
Como su uniforme laboral lo delataba como un trabajador dentro de la esfera del Mitrans, siempre logra montar en el bus sin boleto, aunque sea de pie, lo cual no está permitido para el resto de los pasajeros.
“Yo salía a las tres de la tarde para la autopista, y a eso de las cuatro venía la guagua (el bus). Me daba pena, porque a veces había cantidad de gente ahí en la calle. Yo siempre me separaba un poquito del grupo, y cuando paraba la guagua frente a mí, yo entraba, la gente corría y justo antes de llegar, el chofer cerraba las puertas”, dice.
“Las personas protestaban, me daba pena, pero ¿qué voy a hacer yo?”, agrega.
Hace una semana, la rutina diaria de Tomás no tenía muchas variaciones: viajaba desde Nueva Paz a La Habana, y regresaba en la mañana desde la terminal de ómnibus, por la misma vía. Una hora cada viaje. Dos días de guardia, dos de descanso.
En Nueva Paz, los apagones eran tan sistemáticos como los de Marta y Fernanda: 12 horas de apagón seguidos de seis horas de luz, o 24 horas sin luz y, luego, tres de electricidad, de acuerdo a Tomás.
Si coincidía la llegada de la electricidad con la del agua al pueblo, Tomás usaba los grifos de su casa. Normalmente no ocurría, así que llenaba varios recipientes con el agua del pozo artesanal del vecino, que extraía con una bomba manual.
En Cuba, el agua suele suministrarse, según la localidad, desde una vez por día a una por semana o incluso más. También hay lugares donde no llegan las redes hidráulicas.
Para cocinar, Tomás usaba las hornilla de inducción si había electricidad, pero generalmente preparaba sus cenas con carbón.
Cuando la crisis energética arreció, por el bloqueo petrolero decretado por el presidente Donald Trump a fines de enero, el gobierno lanzó un paquete de medidas para paliar, mediante el ahorro, la escasez de combustible.
Como consecuencia, el tránsito de ómnibus interprovinciales se redujo tanto que Tomás decidió mudarse a casa de su hija en La Habana, quien reside en Estados Unidos y lo visita una o dos veces al año.
Sus condiciones de vida mejoraron bastante al mudarse a su nuevo barrio cerca de la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional José Martí, en las periferias de la capital.
La falta de electricidad ya no es grave, al ser este uno de los “circuitos protegidos” que no suelen someterse a la intensidad característica de los apagones en cualquier otro lugar.
Sin embargo, los trayectos al trabajo son ahora, paradójicamente, más tortuosos, pues si bien vive muchísimo más cerca, tarda más en llegar, sometido a la incertidumbre de un transporte público urbano que languidece por la crisis del combustible.
“Antes viajaba en aire acondicionado, pero el otro día por poco me desmayo, con la gente arriba de mí. El día que cogí el P-12 (la ruta de ómnibus que lo traslada al trabajo), ¡qué va! Aquello venía repleto”, recuerda.
Cuando Tomás ve en su trayecto las condiciones de los servicios e infraestructuras públicos, le preocupa el futuro del país.
“Cómo hay que gastar dinero en este país para arreglarlo… Esto se ha ido de las manos. Todo tiene que ser de cero. De cero. Empezar a levantar de cero todo. ¿Cuántos años nos vamos a meter en eso?”, medita.
ED: EG


