GARISSA, Kenia – A las 9:00 de la mañana de un miércoles, la keniana Hawa Hussein Farah ya está viendo cómo sube la temperatura. Despierta desde las 6:00, ha preparado a sus tres hijos para ir al colegio antes de acompañarlos a clase y dirigirse a Suuq Mugdi, un mercado al aire libre en la ciudad de Garissa, para comprar la fruta que venderá.
Cuando se instala en su modesto puesto, elaborado con postes de madera y cubierto con tela drapeada, el calor ya se está intensificando bajo el toldo.
Sobre una mesa de madera, las bananas amarillas descansan en racimos ordenados junto a sandías con rayas verdes. Los mangos, algunos rojizos y otros dorados, están apilados en pequeñas pirámides. La sombra protege las frutas de la luz solar directa, pero el aire que hay debajo permanece cálido y seco.
«Cuando hace tanto calor, los clientes desaparecen», dice Farah, levantando una botella de agua. «Tenemos que cerrar y volver a casa a descansar hasta que refresque».
Situada en el árido noreste de Kenia, Garissa se encuentra en su estación más calurosa. Entre enero y marzo, las temperaturas máximas diurnas suelen rondar los 36 °C.
A principios de febrero, las temperaturas alcanzaron los 38 °C, con una sensación térmica superior a los 41 °C, según Samuel Odhiambo, director del servicio meteorológico del condado, equivalente a una provincia en el país.
Aunque en años anteriores se han registrado picos similares, Odhiambo afirma que los datos recientes muestran que las condiciones de calor duran más tiempo, con más días consecutivos por encima de las medias estacionales.
La agencia meteorológica ha emitido un aviso biometeorológico en el que advierte a los residentes de que la exposición prolongada aumenta el riesgo de estrés térmico, deshidratación y daños en la piel.
«Si la tendencia actual continúa, las temperaturas podrían superar los 40 °C en marzo», pronostica.
Para Farah, estos grados se traducen en una jornada laboral más corta. Al mediodía, el agotamiento se apodera de ella.
«Mi cuerpo se siente débil y sudo mucho. Bebo dos o tres litros de agua por la mañana. Ni siquiera sé si me ayuda», explica.
Ahora cierra su puesto aproximadamente cuatro horas antes que en los meses más frescos, lo que reduce considerablemente sus ya escasos márgenes de ganancia.
En los días más frescos, obtiene unos ingresos semanales equivalentes a 54 dólares. Cuando el calor se prolonga, esa cifra se reduce a unos 31 dólares, casi la mitad.
La fruta que no se vende se ablanda rápidamente, y al cabo de dos días baja los precios o la vende a quioscos cercanos para que la utilicen en zumos y así evitar pérdidas mayores.
Sin un salario fijo ni protecciones, cada hora perdida se traduce directamente en una pérdida de ingresos.
Como el mayor centro comercial del noreste de Kenia, la economía de Garissa se basa en sus mercados ganaderos.
Los datos del Instituto Internacional de Investigación Ganadera (Ilri) indican que esta dependencia económica hace que la región sea especialmente vulnerable: cuando el calor extremo degrada la salud del ganado y aleja a los compradores, el contagio financiero resultante reduce directamente el flujo de clientes para los pequeños vendedores como Farah.

Emily Ndung’e, conductora de una mototaxi, afirma que se enfrenta a pérdidas similares.
Ndung’e dice que sus ingresos diarios han caído en picado, pasando de 11,50 dólares a 3,80 dólares durante la ola de calor.
El equipo de protección que lleva para conducir retiene el calor contra su piel, y a menudo espera durante horas entre un viaje y otro bajo un sol implacable.
«El calor me produce erupciones cutáneas y sudo mucho», dice Ndung’e. «Pero tengo que estar aquí fuera. Este es el trabajo del que dependo para alimentar a mis hijos, se lamenta.
Describe el calor como devastador tanto para sus ingresos como para su salud. Con pocas zonas de sombra a lo largo de la carretera, se desplaza entre las copas de los árboles dispersos, esperando al siguiente cliente.
Incluso después de la puesta de sol, el calor permanece en las casas de hormigón y los techos ondulados de Garissa, lo que ofrece poco alivio a quienes han pasado el día trabajando al aire libre.
Patricia Nying’uro, científica climática del Departamento Meteorológico de Kenia y coordinadora nacional del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas, afirma que las noches más calurosas merman la capacidad del cuerpo para recuperarse entre los días calurosos.
«Cuando las temperaturas se acercan a los 39 °C, o incluso menos en condiciones de humedad, el riesgo para los trabajadores al aire libre aumenta considerablemente, sobre todo si la exposición es prolongada», asegura.
La preocupación por el aumento de las temperaturas en Garissa ya ha llegado al parlamento keniano.
En 2022, Aden Duale, entonces legislador de la ciudad de Garissa, presentó una petición formal al Ministerio de Medio Ambiente en relación con la «preocupación pública» por el aumento de las temperaturas. El ministerio reconoció las temperaturas superiores a la media relacionadas con el cambio climático. En los mercados de Garissa, esos cambios se traducen ahora en episodios de calor extremo que perturban la supervivencia diaria.
Duale ocupa actualmente el cargo de secretario del Gabinete de Salud y, en octubre de 2025, presidió la puesta en marcha de la Estrategia de Kenia sobre el Cambio Climático y la Salud (2024-2029), lo que supone la primera vez que se realiza un seguimiento oficial a nivel nacional de la mortalidad relacionada con el calor.
Sin embargo, la responsabilidad de abordar los efectos del calor extremo sigue siendo limitada.
Garissa cuenta con un Plan de Acción contra el Cambio Climático del Condado (2023-2028), pero se centra principalmente en las sequías, las inundaciones y las enfermedades del ganado. No hay disposiciones específicas para el calor extremo, como el ajuste de los horarios de trabajo, los espacios públicos de refrigeración o los puntos de hidratación.
La Autoridad Nacional de Gestión de la Sequía afirmó que su mandato se centra en los riesgos relacionados con la sequía, y añadió que el calor extremo por sí solo no entra dentro de sus marcos de respuesta. Los funcionarios remitieron las consultas relacionadas con el calor al Departamento Meteorológico de Kenia.
Para Farah, esa brecha es tangible.
«No recibimos ninguna ayuda del Gobierno. Necesitamos sombra porque sufrimos con el calor», afirmó. «Sigo pagando impuestos al condado, pero la pérdida la soporto yo», se queja.
En toda Kenia, los trabajadores informales como Farah representan aproximadamente 80 % de la población activa. Según un informe de julio de 2024 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), África se enfrenta actualmente a la mayor exposición al calor del mundo, lo que afecta a 92,9 % de sus trabajadores.
La agencia advierte de que la capacidad laboral puede reducirse hasta 50 % en condiciones de calor extremo, lo que supone una pérdida de productividad que contribuirá a unas pérdidas globales previstas de 2,4 billones (millones de millones) de dólares estadounidenses para 2030.
El calor extremo supone un desafío directo para el 8 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que exige entornos de trabajo seguros para todos.
Sin medidas de protección contra el calor extremo, esta promesa sigue sin cumplirse, lo que pone de manifiesto una laguna crítica en la estrategia climática de Kenia y socava el llamamiento del ODS 13 a la resiliencia nacional.
El actual Plan de Acción Nacional sobre el Cambio Climático deKenia da prioridad a la agricultura a gran escala y a las infraestructuras energéticas. Ofrece pocas protecciones explícitas para los trabajadores del mercado informal.
Aunque el calor es universal, sus efectos son diferentes según el género.
Los investigadores afirman que las mujeres de Garissa se enfrentan a una «doble exposición», ya que deben soportar temperaturas extremas en los puestos y luego ocuparse del cuidado no remunerado de los niños y las personas mayores en hogares sobrecalentados y sin ventilación, lo que les supone un ciclo de estrés de casi 24 horas.
Un estudio del Centro de Resiliencia Climática del Atlantic Council reveló que el calor aumenta la carga de trabajo total de las mujeres en 260 % cuando se incluye el trabajo doméstico.
«Es un impuesto regresivo», afirma Kathy Baughman McLeod, directora ejecutiva de Climate Resilience for All, citando investigaciones realizadas en ciudades como Freetown, Sierra Leona, donde las mujeres que trabajan en mercados informales pueden perder hasta el 60 % de sus ingresos durante las interrupciones provocadas por el calor.
Y añade: «El cuerpo cree perpetuamente que está siendo atacado», añade McLeod, «sin herramientas como el «seguro contra el calor», que actualmente se está probando en la India pero que no existe en Kenia, la crisis erosiona tanto los ingresos como la recuperación física».
Sierra Leona fue el primer país de África en adoptar un Plan de Acción contra el Calor nacional, un marco político integral diseñado para prepararse, responder y mitigar los efectos sanitarios y económicos del calor extremo.
Según Joyce Kimutai, coautora junto con Nying’uro del informe sobre el Estado del Clima en Kenia de 2024, establecer planes de acción contra el calor localizados es ahora la «tarea más urgente» para la adaptación nacional.
«El calor sigue siendo un asesino silencioso», remaró Kimutai, añadiendo que, dado que los efectos económicos siguen sin cuantificarse adecuadamente, las respuestas políticas siguen estando por detrás del aumento de las temperaturas.
El condado de Nairobi, donde se ubica la capital de este país de África orienta, está poniendo a prueba un borrador de marco de respuesta al calor que permitiría a las autoridades ajustar los horarios de trabajo y abrir espacios públicos de refrigeración durante condiciones extremas.
La propuesta aún no se ha adoptado formalmente, pero Kimutai afirma que espera que pueda servir de modelo para otros condados.
A medida que las temperaturas en Garissa se acercan a los 40 °C, la estrategia de adaptación de Farah sigue siendo solitaria. Empaqueta la fruta que no ha vendido y que se está ablandando, cierra su puesto cuatro horas antes y asume el golpe económico.
Por ahora, no existe ninguna política que proteja su medio de vida, tampoco el calor.
T: MF / ED: EG


