NACIONES UNIDAS / SRINAGAR, India – El mundo entró en lo que investigadores de las Naciones Unidas describen como una era de bancarrota hídrica global, una situación en la que la humanidad ha sobreexplotado irreversiblemente los recursos hídricos del planeta, impidiendo que los ecosistemas, las economías y las comunidades recuperen sus niveles anteriores.
El nuevo informe, publicado por el Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU) y titulado «Bancarrota hídrica global: Vivir por encima de nuestras posibilidades hidrológicas en la era poscrisis», sostiene que décadas de sobreexplotación, contaminación, degradación del suelo y estrés climático han sumido a gran parte del sistema hídrico mundial en un estado de colapso permanente.
«El mundo ha entrado en la era de la bancarrota hídrica global», señala el informe, y añade que «en muchas regiones, los sistemas hídricos humanos ya se encuentran en un estado de colapso poscrisis».
Según el documento, publicado el 21 de enero, el término «crisis hídrica» ya no basta para explicar lo que está sucediendo. Una crisis implica una conmoción seguida de una recuperación. La bancarrota hídrica, en cambio, describe una situación en la que la recuperación ya no es realista porque el capital hídrico natural ha sufrido daños permanentes.
En una entrevista exclusiva con IPS, Kaveh Madani, director del Instituto para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud de la UNU y autor principal del informe, afirmó que declarar que el planeta ha entrado en la era de la bancarrota hídrica no debe interpretarse como una bancarrota hídrica universal, ya que no todas las cuencas, acuíferos y sistemas están en esa situación.

Sin embargo, adujo, «ahora tenemos suficientes cuencas y acuíferos críticos en declive crónico y con claros signos de irreversibilidad, por lo que el panorama global de riesgos ya se está reconfigurando».
«Científicamente, sabemos que la recuperación ya no es realista en muchos sistemas cuando observamos un sobrecargo persistente (utilizando más del suministro renovable) combinado con claros indicadores de irreversibilidad», añadió quien antes fue director adjunto del Departamento de Medio Ambiente de Irán.
Citó, por ejemplo, «la compactación de los acuíferos y el hundimiento del terreno, que reducen permanentemente el almacenamiento; la pérdida de humedales y lagos; la salinización y la contaminación, que reducen el agua utilizable; y el retroceso de los glaciares, que elimina una reserva estacional a largo plazo».
A juicio de Madani, cuando estas señales persisten en el tiempo, la antigua suposición de «recuperación» deja de ser creíble.
Según el informe, durante décadas, las sociedades han agotado el caudal renovable de los ríos y las precipitaciones, además de las reservas a largo plazo almacenadas en acuíferos, glaciares, humedales y suelos. Al mismo tiempo, la contaminación y la salinización han reducido la proporción de agua segura o económicamente utilizable.
“Durante décadas, las sociedades han extraído más agua de la que el clima y la hidrología pueden proporcionar de forma fiable, agotando no solo los ingresos anuales de los flujos renovables, sino también los ahorros almacenados en acuíferos, glaciares, suelos, humedales y ecosistemas fluviales”, señala el informe.
La magnitud del problema, según el informe, es global. Casi tres cuartas partes de la población mundial vive actualmente en países clasificados como con inseguridad hídrica o con inseguridad hídrica crítica.
Alrededor de 2200 millones de personas aún carecen de agua potable gestionada de forma segura, mientras que 3500 millones carecen de saneamiento gestionado de forma segura. Según las conclusiones del informe, alrededor de 4000 millones de personas sufren una grave escasez de agua durante al menos un mes al año.
Madani afirmó, añadiendo que la escasez de agua se evalúa mejor cuenca por cuenca y acuífero por acuífero, no por país.
“Tenga en cuenta que, según la definición de seguridad hídrica utilizada por el sistema de las Naciones Unidas, la inseguridad hídrica y la bancarrota hídrica no son equivalentes», explicó.
Y abundó: «La bancarrota hídrica puede generar inseguridad hídrica, pero también puede deberse a una capacidad financiera e institucional limitada para construir y operar infraestructura para el suministro de agua potable y el saneamiento, incluso donde hay agua disponible”.
Madani añadió que las regiones que se encuentran más cerca de un declive irreversible se agrupan en Medio Oriente y el Norte de África, Asia Central y Meridional, partes del norte de China, el Mediterráneo y el sur de Europa, el suroeste de Estados Unidos y el norte de México (incluido el sistema del río Colorado), partes del sur de África y partes de Australia.

Sistemas de aguas superficiales se están reduciendo rápidamente
El informe muestra cómo más de la mitad de los grandes lagos del mundo han perdido agua desde principios de la década de 1990, lo que afecta a casi una cuarta parte de la población mundial que depende directamente de ellos.
Muchos ríos importantes no llegan al mar durante parte del año o su caudal es inferior al requerido por la normativa ambiental.
Se han producido pérdidas masivas en los humedales, que sirven como barreras naturales contra inundaciones y sequías. En las últimas cinco décadas, el informe afirma que el mundo ha perdido aproximadamente 410 millones de hectáreas de humedales naturales, casi el tamaño de la Unión Europea.
El valor económico de la pérdida de servicios ecosistémicos de estos humedales supera los 5,1 billones (millones de millones) de dólares.
El agotamiento de las aguas subterráneas es una de las señales más claras de la escasez de agua. Según el informe, las aguas subterráneas abastecen actualmente alrededor de 50 % del consumo doméstico mundial y más de 40 % del agua de riego. Sin embargo, alrededor de 70 % de los principales acuíferos del mundo muestran tendencias decrecientes a largo plazo.
«La extracción excesiva de aguas subterráneas ya ha contribuido a un hundimiento significativo del terreno en más de seis millones de kilómetros cuadrados», señala el informe, advirtiendo que en algunos lugares el terreno se hunde hasta 25 centímetros al año, lo que reduce permanentemente la capacidad de almacenamiento y aumenta el riesgo de inundaciones.
En las zonas costeras, el bombeo excesivo ha permitido que el agua de mar se infiltre en los acuíferos, inutilizando las aguas subterráneas durante generaciones. En las regiones agrícolas del interior, el descenso del nivel freático ha provocado sumideros, colapso del suelo y la pérdida de tierras fértiles.

La criosfera, los glaciares y los mantos de nieve, que actúan como sistemas naturales de almacenamiento de agua, también se están liquidando rápidamente. El mundo ya ha perdido más de 30 % de su masa glaciar desde 1970. Varias cordilleras de latitudes bajas y medias podrían perder glaciares funcionales en las próximas décadas.
«La liquidación de esta cuenta de ahorros congelada interactúa con el agotamiento de las aguas subterráneas y la sobreasignación de aguas superficiales, lo que lleva a muchas cuencas a un estado de déficit hídrico que empeora permanentemente», afirma el informe de la UNU.
Esta pérdida, según el informe, amenaza la seguridad hídrica a largo plazo de cientos de millones de personas que dependen de los ríos alimentados por glaciares y el deshielo para obtener agua potable, riego y energía hidroeléctrica, especialmente en Asia y la cordillera de los Andes.
Madani afirmó que el mayor fracaso fue tratar las aguas subterráneas como una red de seguridad ilimitada en lugar de como una reserva estratégica.
Afirma que, cuando el agua superficial se redujo, muchos sistemas optaron por perforar a mayor profundidad sin límites exigibles.
“Las autoridades suelen reconocer las consecuencias cuando ya es tarde, y las medidas significativas se enfrentan entonces a importantes obstáculos políticos», dijo.
Por ejemplo, añadió, «reducir el uso de aguas subterráneas en la agricultura puede provocar desempleo, inseguridad alimentaria e incluso inestabilidad, a menos que los agricultores reciban apoyo mediante una compensación a corto plazo y una transición a largo plazo hacia medios de vida alternativos”.
Según Madani, ese tipo de transición no se puede implementar de la noche a la mañana.
«Así que, la situación continúa como siempre. El resultado es predecible: las aguas subterráneas se ‘liquidan’ para posponer decisiones difíciles, y para cuando el daño es evidente, la recuperación ya no es realista», dijo destacó a IPS.
La agricultura, en el corazón de la crisis
Según el informe, la agricultura representa aproximadamente 70 % de la extracción mundial de agua dulce. Cerca de 3000 millones de personas y más de la mitad de la producción mundial de alimentos se ubican en regiones donde el almacenamiento total de agua ya está disminuyendo o es inestable.
El informe señala que más de 170 millones de hectáreas de tierras de cultivo de regadío sufren un estrés hídrico alto o muy alto.
La degradación de la tierra y el suelo agrava la situación al reducir la capacidad de los suelos para retener la humedad. La degradación de más de la mitad de las tierras agrícolas mundiales es ahora moderada o grave.
La sequía, antes considerada un peligro natural, se ve cada vez más impulsada por la actividad humana. La sobreasignación, el agotamiento de las aguas subterráneas, la deforestación, la degradación de las tierras y el cambio climático han convertido la sequía en una condición crónica en muchas regiones.
“Los daños relacionados con la sequía, intensificados por la degradación de las tierras, el agotamiento de las aguas subterráneas y el cambio climático, más que por el déficit de precipitaciones únicamente, ya ascienden a unos 307 000 millones de dólares estadounidenses al año en todo el mundo”, afirma el informe.
La degradación de la calidad del agua reduce aún más la base utilizable de recursos. La contaminación procedente de aguas residuales sin tratar, la escorrentía agrícola, los efluentes industriales y la salinización implican que, incluso donde los volúmenes de agua parecen estables, gran parte de esa agua no es potable o su tratamiento es demasiado costoso.
El informe añade que ya se ha traspasado el límite planetario del agua dulce. Tanto el agua azul (superficial y subterránea) como el agua verde (humedad del suelo) han sido empujados más allá de su espacio operativo seguro.
Los autores argumentan que los sistemas de gobernanza actuales no se adaptan a esta realidad. Muchos derechos legales sobre el agua y promesas de desarrollo superan con creces la capacidad hidrológica degradada. Las agendas globales existentes, centradas principalmente en el acceso al agua potable, el saneamiento y el aumento gradual de la eficiencia, son inadecuadas para gestionar la pérdida irreversible.
“La bancarrota hídrica debe reconocerse como un estado poscrisis específico, donde el daño acumulado y el exceso de recursos han socavado la capacidad de recuperación del sistema”, sostiene el informe.

Advierte que las consecuencias de la escasez de agua son graves.
La Secretaria General Adjunta de la ONU, Tshilidzi Marwala, rectora de la UNU, explicó: “La escasez de agua se está convirtiendo en un factor de fragilidad, desplazamiento y conflicto».
«Gestionarla de forma justa —garantizar la protección de las comunidades vulnerables y que las pérdidas inevitables se compartan equitativamente— es ahora fundamental para mantener la paz, la estabilidad y la cohesión social”, añadió.
Implicaciones en las políticas
En lugar de una gestión de crisis orientada a restaurar el pasado, el informe aboga por la gestión de la bancarrota. Esto implica reconocer la insolvencia, aceptar la irreversibilidad y reestructurar el uso, los derechos y las instituciones del agua para evitar daños mayores.
Los autores enfatizan que la bancarrota hídrica también es un problema de justicia y seguridad. Los costos de la sobreexplotación recaen desproporcionadamente sobre los pequeños agricultores, las comunidades rurales, las mujeres, los pueblos indígenas y los usuarios aguas abajo, mientras que los beneficios a menudo han recaído en actores más poderosos.
“La forma en que las sociedades gestionen la bancarrota hídrica determinará la cohesión social, la estabilidad política y la paz”, advierte el informe.
Además, insta a los gobiernos e instituciones internacionales a aprovechar las próximas Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Agua de 2026 y 2028 como hitos para replantear la agenda mundial del agua, exigiendo que el agua se considere un sector upstream fundamental para la acción climática, la protección de la biodiversidad, la seguridad alimentaria y la paz.
«Se trata de una crisis que podría llegar en el futuro. El mundo ya vive por encima de sus recursos hídricos», afirma el informe.
Al preguntársele por qué el informe enmarca la bancarrota hídrica como un problema de justicia y seguridad y cómo los gobiernos pueden implementar reducciones drásticas de la demanda sin desencadenar disturbios sociales ni conflictos, Madani afirmó que la reducción de la demanda se vuelve peligrosa cuando se trata como un ejercicio técnico en lugar de una reforma de economía política.
En muchas regiones con bancarrota hídrica, destacó, el agua es, en efecto, una política de empleo: mantiene a flote la agricultura de baja productividad y las economías locales.
Si se corta el agua sin una transición económica, se genera desempleo, inseguridad alimentaria y malestar social. Por lo tanto, la solución práctica es desvincular los medios de vida y el crecimiento del consumo de agua.
En muchas economías, el agua y otros recursos naturales se utilizan para mantener sistemas de baja eficiencia. En la mayoría de los lugares, es posible producir alimentos más estratégicos con menos agua y menos tierra, y con menos agricultores, siempre que se apoye a los agricultores durante la transición y se les ofrezcan medios de vida alternativos.
Según Madani, los gobiernos deberían proteger las necesidades básicas, pero centrarse en las grandes reducciones donde se utiliza más agua, especialmente en la agricultura, y además, combinar los límites con un paquete de transición justa para los agricultores: compensación, seguros, reducción o cancelación de los derechos de agua cuando corresponda, y alternativas de ingresos reales.
Sugiere además que los gobiernos deberían invertir en la diversificación, incluyendo servicios, industria, procesamiento agrícola de valor añadido y empleos urbanos, para que las comunidades puedan ganarse la vida sin aumentar la extracción de agua.
«En resumen, se evitan conflictos al integrar la reducción de la demanda en una transición económica más amplia, no en una política hídrica aislada», concluyó.
T: MLM / ED: EG


