NACIONES UNIDAS – El mundo ha entrado en una era de “quiebra hídrica global”, un punto de no retorno para sistemas en los que la demanda humana de agua ha agotado, irreversiblemente, los ahorros acuíferos, y secado los pozos del futuro, advirtió un estudio de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU).
“Muchas regiones han vivido muy por encima de sus posibilidades hidrológicas. Es como tener una cuenta bancaria a la que se le extrae dinero cada día sin que entre un solo depósito. El saldo ya es negativo”, explicó Kaveh Madani, autor principal del informe.
El resultado es que hoy pagamos una factura hídrica que no podemos saldar, asienta Madani.
La humanidad no solo ha gastado el ingreso anual de agua de ríos y lluvias, sino que ha vaciado los ahorros milenarios guardados en glaciares, humedales y acuíferos. El resultado son sistemas acuáticos quebrados –acuíferos compactados, lagos fantasmas, deltas que se hunden– sin capacidad de recuperarse.
El estudio, “Bancarrota hídrica mundial: vivir más allá de nuestros recursos hidrológicos en la era posterior a la crisis”, afirma que “un progreso insostenible nos ha llevado a bebernos el agua con la cual calmar nuestra insaciable sed de consumo”.
Ese derroche se refleja en la agricultura intensiva, el crecimiento urbano e industrial, la contaminación, y en unas emisiones de gases de efecto invernadero que han provocado un cambio climático.
Todo ello impone unos devastadores intereses a nuestras reservas de agua: sequías más largas, evaporación acelerada y lluvias imprescindibles.
Términos ya familiares, como “estrés hídrico” y “crisis del agua”, no reflejan la realidad actual en muchos lugares: pérdidas irreversibles de capital hídrico natural y una incapacidad para recuperar los niveles históricos, indica el informe de la UNU.
La auditoría que hace el estudio expone que 75 % de la población mundial vive en países donde el agua escasea o es insegura, y 2000 millones de personas habitan sobre terrenos que se hunden por la sobreexplotación de aguas subterráneas.
Hay 4000 millones de personas (la mitad de la humanidad) que enfrentan una grave escasez de agua al menos un mes al año; 3000 millones viven en áreas donde el almacenamiento total de agua está disminuyendo o es inestable, y 1800 millones de personas vivían en condiciones de sequía en 2022-2023.
Más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando. En 50 años, se han perdido humedales equivalentes a toda la superficie de la Unión Europea.
Siguiendo el símil con los términos financieros, el informe dice que muchas sociedades no sólo han gastado en exceso sus “ingresos” anuales de agua renovable proveniente de ríos, suelos y capas de nieve, sino que también agotado los “ahorros a largo plazo” en acuíferos, glaciares, humedales y otros reservorios naturales.
La agricultura, que consume 70 % del agua dulce, es epicentro del colapso. Cuando los cultivos se secan en una región, la escasez viaja a través de los precios de los alimentos, golpeando la seguridad alimentaria global y desestabilizando economías.
“Millones de agricultores intentan cultivar más alimentos a partir de fuentes de agua cada vez más escasas, contaminadas o en vías de desaparición. Sin una transición rápida hacia una agricultura inteligente en el uso del agua, la bancarrota hídrica se extenderá rápidamente”, advierte Madani.
Subraya que la crisis no reconoce fronteras, pues “el agua que falta aquí, se nota en la comida de allá. Esta quiebra no es un problema local, es un riesgo sistémico que fluye por las venas del comercio mundial”.
Sin embargo, frente a un escenario aparentemente seco de esperanzas, el informe hace un llamado urgente a la acción: gestionar la quiebra, no la crisis.
Eso implica renegociar el contrato con la naturaleza, transformar la agricultura, repartir justamente un recurso menguante y blindar los ecosistemas que aún producen agua.
La Conferencia del Agua de la ONU 2026, prevista para diciembre en Abu Dabi y centrada en la financiación, la innovación y la solidaridad para abordar los desafíos del agua, se presenta como la oportunidad crítica para este “rescate hídrico”.
La UNU aboga por acuerdos para prevenir más daños irreversibles, como la pérdida de humedales, el agotamiento destructivo de las aguas subterráneas y la contaminación incontrolada.
Pide apoyar transiciones justas para las comunidades cuyos medios de vida deben cambiar, y transformar los sectores que hacen un uso intensivo del agua, incluida la agricultura y la industria, mediante cambios en los cultivos, reformas del riego y sistemas urbanos más eficientes.
“Declararse en bancarrota no significa rendirse, sino empezar de cero. Al reconocer la realidad de la bancarrota hídrica, finalmente podemos tomar las decisiones difíciles que protegerán a las personas, las economías y los ecosistemas. Cuanto más nos demoremos, más se agravará el déficit”, concluye Madani.
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