Biocombustibles, pasado y futuro energético del mundo

Minicentral eléctrica a Biogás de la alcaldía de Entre Rios do Oeste, en el sureño estado brasileño de Paraná. El biocombustible es suministrado por porcicultores del municipio que obtienen un ingreso adicional, mientras la alcaldía ahorra el gasto de energía en sus instalaciones y la iluminación pública. Foto: Mario Osava / IPS

RÍO DE JANEIRO –  Aumentaron las víctimas de quemaduras graves en Brasil, algunas fatales. Sin dinero para comprar el gas de cocina, cuyo precio subió 30 por ciento este año, muchas familias pobres recurren al etanol y se lastiman en accidentes domésticos.

Un grupo más numeroso de empobrecidos brasileños retrocedió a la leña, menos explosiva pero también fuente de siniestros y de una contaminación hogareña que daña la salud. Es más barato en el campo y en la ciudad se quema maderas y muebles descartables, no siempre tan disponibles como lo es el alcohol o etanol en cualquier gasolinera.

De hecho, los combustibles biológicos, como la leña, el etanol, el biodiesel y el biogás, disputan consumidores con los fósiles desde que empezó el uso industrial del carbón mineral, en el siglo XVIII en Inglaterra. Factores económicos y ambientales se alternan en las decisiones privadas y públicas respecto a su producción y uso.

Ahora puede darle un nuevo empuje a los biocombustibles el compromiso ya asumido por 103 países en la 26 Conferencia de las Partes (COP26) sobre el Cambio Climático, que se desarrolla en la ciudad escocesa de Glasgow los 12 primeros días de noviembre, de reducir hasta 2030 un 30 por ciento las emisiones de metano registradas en 2020.

Sustituir petróleo, gas y carbón mineral será una buena contribución a esa meta.

“En Brasil la demanda por etanol se impuso por razones económicas: los elevados precios del petróleo, y energéticas: el riesgo de desabastecimiento”, ejemplificó Regis Leal, ingeniero aeronáutico y especialista en Desarrollo Tecnológico del estatal Laboratorio Nacional de Biorrenovables.

Etanol setentero

El etanol es un combustible producido a partir de la caña, el maíz o cualquier vegetal con mucha sacarosa, y cuyo uso se concentra en vehículos automotores y del que Brasil es el su segundo productor mundial tras Estados Unidos.

El Programa Nacional de Alcohol (Proalcohol) se creó en  Brasil en 1975, dos años después del primer gran shock petrolero que más que triplicó el precio del barril. Brasil, que en la época importaba más de 80 % del crudo que consumía, perdió el ímpetu de una economía que había crecido más de 10 % por ciento al año entre 1968 y 1973.

Con el alcohol o etanol sustituyendo la gasolina o mezclado a ella se buscó reducir esa dependencia del petróleo importado, mientras se intensificaba la búsqueda de yacimientos de hidrocarburos para una autosuficiencia que Brasil solo logró tres décadas después.

Una central azucarera y destilería de etanol en el sureño estado brasileño de São Paulo, cuyo territorio en gran parte se convirtió en un gran cañaveral. Foto: Mario Osava / IPS

En Estados Unidos, el estímulo al uso del etanol empezó en los años 80 por razones ambientales, contrastó Leal, en entrevista a IPS por teléfono desde Campinas, ciudad del interior del estado de São Paulo, cercana al área de mayor producción nacional de azúcar y etanol.

En ciudades emplazadas en lugares altos, como la estadounidense Denver, capital del estado de Colorado, a 1600 metros de altitud, la menor oxigenación genera una combustión incompleta de los derivados de petróleo y, en consecuencia, una mayor contaminación por monóxido de carbono y daños sanitarios, explicó.

La mezcla de MTBE (éter metil terbutílico), un combinado de sustancias químicas, agregaba oxígeno, pero por tratarse de un producto muy tóxico fue pronto sustituido por el etanol, hecho de maíz en el caso estadounidense.

Tanto en Brasil como en Estados Unidos, la producción del biocombustible sirvió adicionalmente para recuperar o estabilizar el precio del azúcar y del maíz, al absorber los excedentes de esos productos agrícolas.

Ese es un aspecto incomprendido por los que condenan la producción de biocombustibles como una sustracción de alimentos. Es un falso dilema, “cada caso es un caso”, señaló Suani Coelho, coordinadora del Grupo de Investigación en Bioenergía (GBio) del Instituto de Energía y Ambiente de la Universidad de São Paulo.

“En Tanzania un estudio de la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) evaluó la producción de etanol de mandioca (yuca). La hipótesis parecía dudosa, incluso porque el balance energético de la mandioca no es tan bueno. Pero en Tanzania hay exceso del cultivo que no se puede exportar. Así que vale  aprovecharlo para hacer etanol”, ejemplificó la ingeniera química con doctorado en energía.

En Brasil, donde el etanol se hace casi exclusivamente de la caña de azúcar, más productiva localmente, el maíz se incorporó a esa industria en 2017, con una destilería en Lucas do Rio Verde, en el  estado de Mato Grosso, el mayor productor nacional de soja, maíz y algodón.

Lucas do Rio Verde, en el estado de Mato Grosso, la región de Brasil que tiene la mayor producción de soja y maíz y que concentra almacenes y agroindustria de esos rubros. Allí se instaló la primera destilería de etanol de maíz, para aprovechar el excedente de producción del grano. Foto: Mario Osava / IPS

“Allí se produce maíz como segundo cultivo, después de la soja, en la misma área, en un volumen que no es viable exportar. También vale la pena destinarlo a etanol”, explicó a IPS, por teléfono desde São Paulo.

El etanol propició una gran mejora en el ambiente urbano.

En Brasil ya sustituye 46 por ciento de la gasolina, según la Unión de la Industria de la Caña de Azúcar (Unica), con una producción anual de 35 000 millones de litros. Se usa como combustible solo en los vehículos automotores o como una mezcla de 27 % en la gasolina.

Estados Unidos produce de 50 a 70 % más que Brasil, en la comparación de distintos años. Responden, juntos, por cerca de 84 % de la producción mundial, una concentración que dificulta el libre comercio internacional del etanol.

Biocombustibles o electrificación

La electrificación de los transportes tiende a trabar la expansión de los biocombustibles a otros países y en los grandes productores. Pero no piensan así Coelho y Leal.

Los países del Sur en desarrollo no tienen capacidad de hacer grandes inversiones para construir un nueva infraestructura, como puntos de recarga eléctrica para los vehículos de ese tipo de motores. Además “Brasil vive una crisis, está aumentando la generación por termoeléctricas a combustibles fósiles, ensuciando la matriz energética, y no tiene como aumentar la oferta de electricidad de otra forma”, arguyó Coelho.

Para Leal, la demanda por etanol puede crecer mucho. “Cualquier aumento de su mezcla en Estados Unidos, que responde por la mitad del consumo de gasolina en el mundo, tendrá un impacto enorme”, razonó.

Además el especialista en etanol pone en duda las ventajas ambientales y climáticas del vehículo eléctrico, si se considera todo el ciclo de producción, transporte, baterías, empleos y otros componentes de cada alternativa.

Una extensa plantación de palma en Tailandia, un municipio del estado de Pará, en el este de la Amazonia de Brasil. La intención de transformar el aceite de palma en biodiesel no resultó, porque el aceite atiende un mercado más atractivo de la industria alimentaria y química. Foto: Mario Osava / IPS

El biodiesel no tuvo el éxito del etanol, pero también mejoró el ambiente urbano y tiene un futuro, con algún esfuerzo adicional.

Este producto se genera de aceites vegetales o animales, incluso usados, y otros materiales grasosos. El aceite calentado y agitado con la adición de sosa cáustica o hidroxido de sodio, y metanol, un derivado del petróleo, que puede ser sustituido por etanol, y se hace la conversión, también llamada de transesterificación.

Su problema central es que cuesta más caro y por eso no logra competir con el diésel mineral, para sustituirlo, señaló Leal. Actualmente su mezcla al diésel bajó de 12 a 10 %, para no encarecer más aún el derivado de petróleo, cuyos precios están en alza mundial.

Otro biocombustible, viejo conocido pero que ahora se hace más relevante, es el biogás.

Más que limpia es una fuente energética limpiadora, ya que se trata del gas generado en la basura, agua servida, residuos agrícolas y excrementos animales, y que deja de ser echado al aire, evitando gases del efecto invernadero que recalientan el planeta.

Su aprovechamiento es incipiente en Brasil, pero tiene potencial para sustituir 70 por ciento del diésel petrolero consumido en el país, a costos más bajos, según la Asociación Brasileña de Biogás. Las grandes ciudades y la gigantesca agricultura ofrecen materias primas de sobra.

Con un refino sencillo el biogás se convierte en biometano, equivalente al gas natural y, por lo tanto, un combustible incluso para impulsar vehículos pesados. Si usado para generación eléctrica, podría atender 36 por ciento de la demanda nacional, estima la asociación de empresas del sector.

Pequeños biodigestores producen el biogás que podría evitar el uso de leña y el alcohol,  sus accidentes y contaminación, en las familias pobres, especialmente en el campo, observó Coelho.

“Políticas públicas adecuadas y crédito a bajos intereses para inversiones” podrían impulsar el biogás y sus beneficios ambientales, en un momento que las instituciones financieras internacionales dejan de financiar centrales termoeléctricas a carbón y otros combustibles fósiles, apuntó Leal.

Los dos especialistas realzaron que todos esos biocombustibles cumplen un importante papel en hacer viable el hidrógeno verde, producido con fuentes energéticas renovables y que se reconoce como central en el futuro energético del mundo.

Los biocombustibles sirven a la humanidad desde su pasado más remoto, no siempre de forma sostenible. El primero fue la leña, de que aún dependen 2800 millones de personas en el mundo, según un informe del Banco Mundial de octubre de 2020. Pero no es ambientalmente sano, deforesta y contamina los hogares.

También los aceites y resinas que iluminaron ciudades y hogares en siglos pasados, antes de surgir la electricidad, eran destructivos. Los aceites extraídos de la grasa de ballenas y de los huevos de las tortugas amazónicas son ejemplos, casi llevaron a la extinción esos animales.

ED: EG

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