La mitad olvidada en la lucha contra el sida en África

Los hombres se manejan con dificultad frente a un concepto de la masculinidad que los lleva a ignorar sus propias necesidades sanitarias en relación con el VIH. Crédito: Mercedes Sayagués/IPS
Los hombres se manejan con dificultad frente a un concepto de la masculinidad que los lleva a ignorar sus propias necesidades sanitarias en relación con el VIH. Crédito: Mercedes Sayagués/IPS

Cuando se habla de desigualdad de género en el sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) lo primero que salta a la mente es que más mujeres que hombres que viven con el VIH.  Pero otra diferencia de género, pocas veces mencionada, resulta letal para los hombres seropositivos en África.

Las investigaciones revelan que, en toda África, los hombres tienen tasas más bajas que las mujeres de realización de la prueba del VIH (virus de inmunodeficiencia humana), inscripción y adhesión al tratamiento antirretroviral, supresión de la carga viral y supervivencia.[pullquote]1[/pullquote]

“Los hombres están quedando rezagados en el acceso a la atención y el tratamiento del VIH”, advirtió Safari Mbewe, director de la Red de Malawi de Personas que Viven con VIH y sida.

En diciembre de 2012, los hombres representaban solo 36 por ciento de la población que recibía tratamiento antirretroviral (TAR) en África, según el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (Onusida).

En Kenia, la última Encuesta de Indicadores del Sida muestra que ocho de cada 10 mujeres se realizaron la prueba del VIH, frente a seis de cada 10 hombres. Esta tendencia se repite en todo el continente.

En general, se hace más hincapié en los riesgos que padecen los hombres en torno al VIH, como numerosas parejas sexuales, sexo inseguro, abuso del alcohol y violencia, que hacen que las mujeres sean más vulnerables al virus, y menos en la propia vulnerabilidad de los hombres con respecto al pésimo cuidado de su salud.

Las diferencias de género afectan negativamente la conducta de los hombres con respecto a los TAR, dijo la investigadora Morna Cornell, de la sudafricana Universidad de Ciudad del Cabo.

De las personas con TAR, la mortalidad es 31 por ciento mayor en los hombres que las mujeres, indicó un estudio de Cornell. Su conclusión es que la mayoría de las políticas relativas al VIH/sida en África no toman en cuenta a los hombres y les falta “un compromiso verdadero con el acceso equitativo” al tratamiento.

El inspector de policía Ali Mlalanaro le está ganando la batalla al sida gracias a su transparencia. Crédito: Amunga Eshuchi
El inspector de policía Ali Mlalanaro le está ganando la batalla al sida gracias a su transparencia. Crédito: Amunga Eshuchi

¿Qué es ser un hombre?

En el núcleo de la disparidad yacen ideas socialmente construidas de la masculinidad, explica Pierre Brouard, director del Centro para el Estudio del Sida en la Universidad de Pretoria, en Sudáfrica.[pullquote]2[/pullquote]

“El género importa en la salud”, dijo a IPS. “La manera en los hombres se ven a sí mismos y se posicionan en relación con los servicios de salud afecta cómo encaran las pruebas y el tratamiento del VIH”, explicó.

Ser hombre significa ser fuerte, ignorar el dolor y los síntomas, aplazar sus propias necesidades sanitarias, añadió el experto.

Landry Tsague, especialista en VIH deUnicef en Lusaka, Zambia, coincide. “Para muchos hombres, los hospitales son solo para las mujeres y los niños”, destacó.

En consecuencia, los hombres toman la prueba del VIH y comienzan el TAR tarde, a veces demasiado para vencer al virus, agregó.

Brouard dice que los hombres sudafricanos son más reacios que las mujeres a realizarse la prueba del VIH y, por tanto, tienen menos probabilidades de iniciar el TAR.

En 2012, unos 651.000 hombres recibían TAR frente a 1,3 millones de mujeres, según una encuesta de 2012 realizada por el Consejo de Investigación de las Ciencias Humanas de Sudáfrica.

Los hombres y las clínicas

Dismas Nkunda, un miembro en Uganda de la Red de Defensa de la Salud Reproductiva para África, explica que las mujeres asisten al control prenatal, donde se les realizan la prueba del VIH, y son más propensas a acompañar a familiares al hospital.

“Los hombres interactúan menos con el sistema de salud”, señaló.

La negación también tiene que ver. “Los hombres pueden convencerse fácilmente de que no tienen el VIH hasta que la enfermedad avanzó hasta la última etapa”, observó Diana Mswafari, activista de Tanzania.

Un estudio que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos realizaron en Mozambique Swazilandia, Tanzania, Uganda y Zambia investigó a un grupo de personas durante cuatro años y medio de su TAR.

El estudio reveló que los hombres comienzan el TAR más tarde y más enfermos, y tienen más probabilidades de suspenderlo por más de 30 días y de dejar de atenderse.

“La adhesión y la retención de los hombres al tratamiento es mala en comparación con las mujeres, y eso está vinculado a las normas sociales”, aseguró Tsague.

Los hombres también son menos propensos a participar en grupos de apoyo que los ayudarían a mantenerse en el TAR, añadió.

La mitad olvidada

Cornell sostiene que el énfasis que ponen los servicios de salud pública africanos en la sanidad materna e infantil, junto con el éxito de las campañas sobre la vulnerabilidad de las mujeres en torno al VIH, soslayaron las necesidades de los hombres. Son “el 50 por ciento olvidado cuyas necesidades son siempre secundarias frente a las de las mujeres y los niños”, subrayó.

Los expertos recomiendan el establecimiento de clínicas que atiendan las necesidades de los hombres, con horarios y días adecuados para ellos en el empleo formal o informal.

“Los hombres se sienten fuera de lugar al hacer fila junto a las madres y los bebés que lloran. Necesitan su propio espacio”, según Msafari.

Para contrarrestar la estigmatización, que es muy alta en Malawi y en otras partes de África, Mbewe sugiere el reclutamiento de “algunos hombres que hablen abiertamente acerca de ser seropositivos y reciban tratamiento antirretroviral para formar grupos de pares”.

Editado por Mercedes Sayagués y Kitty Stapp / Traducido por Álvaro Queiruga

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