REPÚBLICA CENTROAFRICANA: La infancia perdida en un Kalashnikov

Mulume (izquierda), un ex niño soldado de la República Democrática del Congo, siente incertidumbre sobre futuro. Crédito: Einberger/argum/EED/IPS
Mulume (al frente a la izquierda), un ex niño soldado de la República Democrática del Congo, siente incertidumbre sobre su futuro. Crédito: Einberger/argum/EED/IPS

Youssouf, de 13 años, encarna todos los males que han plagado a la República Centroafricana en los últimos años. El 24 de marzo participó en la toma de esta capital como combatiente de la coalición rebelde Séléka.

«Apenas ayer fui suficientemente mayor para luchar y matar. Pero hoy tengo que esperar hasta cumplir 18 años para enrolarme en el ejército», dice.

Bajo la sombra de un árbol de mango en la base militar de Bangui, donde lo mantienen en secreto junto con otros tres niños soldados, Youssouf resopla. Se siente traicionado por los rebeldes de la Séléka que marcharon sobre la capital para instaurar en el poder a su líder, Michel Yotodia.

Ahora la Séléka («unión», en lengua sango) necesita ganar credibilidad internacional, pero sus líderes saben que la presencia de niños soldado en sus filas perjudica su imagen.

Este asunto saltó al primer plano después de que efectivos sudafricanos que defendían el palacio presidencial y a su ocupante, el derrocado presidente François Bozizé, informaron el trauma que les causó enterarse de que los rebeldes a los que habían combatido y matado eran mayoritariamente «niños».
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Para mantenerlos fuera de la vista pública, la Séléka ubicó a muchos niños soldado con familias del norte de la República Centroafricana, de donde proceden la mayoría de los rebeldes, como Youssouf.

Pero él permaneció en el campamento. El propio Yotodia lo dejó allí el día después de la captura de Bangui, cuando encontró al adolescente haciendo guardia en un puesto de control de Séléka.

«Quiero ser soldado, luchar es lo único que sé hacer», dice. La boina del ejército que lleva pegada a su cabeza es casi tan roja como sus ojos. «Eso es por el tabaco blanco», confiesa. Esa es su droga, una mezcla de marihuana india y harina de mandioca.

«Con esto uno nunca tiene miedo», asegura.

Secuestrado por el LRA

La vida de Youssouf es una convergencia de los males que durante varios años han consumido a la República Centroafricana.

Su existencia se vio sacudida por primera vez en abril de 2011. «Durante varios días, la milicia ugandesa del Ejército de Resistencia del Señor (LRA) estuvo saqueando y secuestrando personas en la zona de Birao (en la República Centroafricana), donde yo vivía», rememora.

«Aunque era peligroso, fui con mi madre a los campos. Pero los hombres del LRA nos encontraron. Violaron a mi madre frente a mí y luego le dispararon», relata.

El grupo armado obligó al niño a cargar sus municiones. Luego lo convirtió en una máquina de matar. «Me enseñaron a usar armas como Kalashnikov (AK), granadas impulsadas a cohetes, lanzadores.… Me volví un hombre como ellos», dice.

Poco después, Youssouf y otros niños soldado, que constituyen 90 por ciento de las fuerzas del LRA, conocieron a Joseph Kony, el líder de la milicia, que está requerido por la Corte Penal Internacional.

«La primera vez fue en agosto de 2011, cerca de Zémio (en el sudeste de la República Centroafricana, en la frontera con la República Democrática del Congo). Es muy alto, con barba y siempre usa un sombrero», relata Youssouf.

«Nos habló muy bruscamente. Lo volví a ver poco después de eso, durante el ataque contra Djéma, un pueblo cercano. Kony alineó a siete aldeanos y nos ordenó a los niños que los matáramos. Yo grité: ‘¡Sí, señor!’, y maté a dos. Fue así como pude permanecer con vida», señaló.

El delgado cuerpo de Youssouf se estremece con los sollozos.

«El LRA mata a niños que están enfermos o son demasiado lentos. Una noche, escapé», recuerda.

Luego de caminar durante tres días, fue rescatado cerca de Rafaï, una localidad del sur que limita con la República Democrática del Congo, por soldados estadounidenses desplegados en una nueva caza de Kony, en 2012.

A Youssouf lo pusieron bajo el cuidado de la Cruz Roja Internacional, que lo llevó a su casa en Birao como parte de un programa para reunir a niños soldado con sus familias. Pero a él no le quedaba ningún pariente en el pueblo.

«La guerra es la guerra»

Youssouf se empleó para llevar recados de aliados de Yotodia, el exdiplomático que había vuelto del exilio en Benín para liderar la Unión de Fuerzas Democráticas por la Unidad, uno de los principales grupos rebeldes en la coalición Séléka que se formó después.

«Yo quería alistarme con ellos. Pero Yotodia dijo que no quería niños soldado. Ofreció dejarme que los siguiera para ayudar con la cocina y la limpieza», relata.

Pero, empezando por el ataque contra la norteña localidad de Ndéle a principios de diciembre de 2012, las buenas intenciones del líder se desvanecieron en el aire.

«Apenas el coronel me dijo que subiera al vehículo número seis, supe que estaba yendo a combatir. Los vehículos del uno al 10 eran de ataque, los que les seguían eran para logística. El sargento me dio un arma y me dijo: ‘Sé un hombre’», recuerda.

«Continué el viaje hasta Bangui en aquel automóvil, usando mi (rifle) AK, pueblo tras pueblo. ¿A cuántas personas maté? No lo sé. La guerra es la guerra, eso es todo. En cuanto a mí, dejé de ser un niño hace mucho tiempo. Ahora, mi única esperanza es ser entrenado como un soldado real», dice.

Con aportes de Sandra Titi-Fontaine, de InfoSud Ginebra. Publicado mediante un acuerdo con InfoSud.

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