La Amazonia olvidada se hace visible en España

La Amazonia olvidada, ese inmenso territorio de América del Sur, está presente en España esta semana, con la presentación del libro «Calle Amazonas, de Manãos a Belém, por el Brasil olvidado», del periodista y fotógrafo Bernardo Gutiérrez.

En la obra muestra, por ejemplo, las rotundas contradicciones entre lo afirmado en el siglo pasado por el inglés William Henry Giles Kinsgton (1814-1880) y lo realizado en esa región por el obispo católico Pere Casaldáliga, creador y directivo de la Comisión Pastoral da Terra y del Consejo Indigenista Misionero.

El inglés, residente largos años en Portugal y famoso por sus relatos juveniles, escribió: "Espero que la historia de mis aventuras anime a los misioneros a emprender el viaje por el Amazonas y sus riberas, con objeto de difundir la verdadera fe entre sus salvajes moradores".

Gutiérrez relata su encuentro con Casaldáliga, el llamado "cura rojo" de origen español y misionero en Brasil desde 1968, y como conoció por otros que "seguir al pie la palabra del Evangelio le había hecho pagar un precio muy alto" al obispo de 82 años.

Casaldáliga sufrió "decenas de amenazas de muerte", cinco procesos para ser deportado y ocho malarias, además de los ataques de la jerarquía católica.
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Gutiérrez, que ha trabajado para medios de España, Francia, México, Italia y Portugal, entre otros, residió en Brasil desde enero de 2004 hasta fines del 2008, cuando recorrió de punta a punta la Amazonia, una tierra que define como "de doble filo" y "al mismo tiempo cielo y verde infierno".

El autor, de 35 años, explicó a IPS que decidió escribir un libro más sobre una región que cuenta con abundante bibliografía porque a medida que se adentraba por ella se encontraba con nuevos hechos, contradicciones desconocidas y en especial un choque brutal entre el pasado ancestral de la selva y su presente.

Por eso, añadió, sin dejar de lado la lectura de artículos y libros sobre la Amazonia, que comenzó en su adolescencia, viajo largamente por la región y recogió testimonios directos, en especial de los pueblos indígenas y de los descendientes de los esclavos negros.

En el libro hay un dejarse llevar por personas y vivencias, como un antiguo residente en la sureña megalópolis de São Paulo que encontró a orillas de un lago, en el noroccidental estado de Amazonas, que harto de la deshumanización capitalista se fue a vivir a la región.

Él le presentó en la cercana Villa Samaúma a dos hombres que esperaban a un grupo de estadounidenses, "su única fuente de ingresos". Éstos le relataron que el grupo que esperaban venía a pescar especies en peligro de extinción pagando por ello "una cantidad descomunal a las autoridades ambientales del Estado para poder hacerlo legalmente", tras lo cual "pasaban días navegando, pescando y succionando ingentes cantidades de cerveza".

De sus lecturas recuerda como una que lo marcó especialmente a un reportaje publicado en 1969 en el Sunday Times, ilustrada con la foto de un niño pobre que tenía como leyenda una frase contundente: "Con el fuego, la espada, el arsénico y las balas, la civilización ha empujado a seis millones de indígenas a la extinción".

En la actualidad, puntualiza el autor, hay muchos ejemplos de la explotación, como la producción de guaraná, una planta de usos ancestrales cuyo extracto empresas estadounidenses convierten en bebida estimulante y que incluso ya exportan a Europa, como la marca AntáRctica, producida con ayuda de Pepsi-Cola.

Allí también se encontró con Pedro Patacho, "un tristón indígena de 66 años", que produce 500 kilos anuales de guaraná y se niega recibir semillas clonadas porque "son más baratas pero te hacen depender de pesticidas que tienes que comprar".

En esa selva, dice Gutiérrez, a partir del siglo XVI se constituyeron los quilombos, unos refugios de esclavos liberados o fugados, de los que persisten oficialmente unos 1.400 reconocidos por el Estado como comunidades autogestionarias. El autor visitó a los que están organizados en la Asociación de Quilombos del Municipio Oriximiná.

En esa localidad occidental del norcentral estado de Pará, un residente, Francisco Hugo de Souza, le cuenta que la primera titulación de tierra de un quilombo se logró en en 1994. Nilda, la mujer de Souza de la que no cita su apellido, le recitó unos versos anónimos "simples pero de una fuerza brutal".

"Estamos llegando del fondo de la tierra/ estamos llegando del vientre de la noche/ del azote/ venimos a recordar/ estamos llegando de la muerte de los mares/ estamos llegando de los turbios sótanos/ herederos de la bendición somos/ vinimos para llorar", dicen.

Son frases, comenta Gutiérrez, para entender siglos de pesadillas. "Los propios habitantes desconocen su origen. Los recuerdos son confusos, retardados, oscurecidos. Imágenes que el tiempo se encargó de guardar como si estuviesen en una película en blanco y negro", narra.

Se trata, amplía, de "recuerdos turbios, dolores latentes. Miedo endémico al blanco, al disparo certero, al secuestro". Nilda le contó que en su juventud cuando alguien veía llegar una lancha o veía hombres blancos "salía corriendo a avisar a la comunidad".

Los habitantes de la mayoría de los quilombos en Pará acabaron expulsados tras la declaración de la Reserva Biológica del río Trombetas, en 1979, y la institución del Parque Nacional de Saracá Taquera, 10 años después, cuando se prohibió en esas áreas protegidas toda actividad humana.

En su subsuelo reposa una de las mayores reservas de bauxita del mundo, lo que incrementa la presión de las empresas transnacionales sobre ella.

En otra parte, por una carretera paralela a la Transamazónica, Gutiérrez llegó al sur de Pará. La vía es conocida como el Expreso de la Esclavitud, porque por ella llegan a esa parte selvática trabajadores de todo el país.

Señala que "dormitan en lonas, en barracas de paja, envueltos en mosquitos. En fincas aisladas, en medio de la jungla. Sin retretes, sin agua potable. Casi sin posibilidad de fuga, a merced de la desnutrición y la malaria".

Pero también se está produciendo una fuerte urbanización, que produjo al menos 95.355 kilómetros de carreteras no oficiales, diez veces más que las oficiales. Por eso y por sus relatos personales, dijo el autor a IPS, su libro "es un viaje por la Amazonia urbana, contemporánea, donde hay redes sociales, fábricas, chips, además de indígenas".

En suma, la vida a través de los más de 6.000 kilómetros de longitud que tiene el Amazonas y de los demás afluentes o paralelos que lo rodean y en más de una ocasión lo abastecen, en esa mítica cuenca que, ayer como hoy, preserva alplaneta

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