AMBIENTE-URUGUAY: Inundados aferrados a la costa

«¿Otra vez?», pregunta Matías. «Sí, otra vez», le confirma, resignado, su padre al menor de los Souza, una de las tantas familias evacuadas nuevamente en esta ciudad del centro de Uruguay tras el rápido desborde del río Yí, su emblema, fuente de recursos varios y muchas veces su victimario.

El Yí, río quieto que en lengua indígena guaraní, se salió de madre este atípico verano austral y ha trepado hacia Durazno, la capital del departamento de igual nombre con más de 35.000 habitantes que en 2007 vivió el peor momento de su historia de inundaciones periódicas desde su fundación. Hoy repite cifras de desalojos y drama social similar.

Mientras las aguas vuelven lentamente a su cauce, queda en evidencia un problema que afecta no sólo a esta ciudad sino a muchas otras erigidas a la vera de cursos caudalosos en un territorio uruguayo caracterizado por ser en su mayoría una penillanura. Es el hecho de que muchos de sus pobladores se resisten a abandonar las zonas bajas para no alejarse del río, tanto fuente de males como de recursos y hasta de supervivencia.

En el caso específico de San Pedro del Durazno, fun¬da¬da el 12 de oc¬tu¬bre de 1821 por el héroe de la independencia Fructuoso Rivera, la mala planificación puso al entonces caserío en el bajo y no hacia la margen alta del Yí. Y la historia pasó factura de nuevo en febrero de 2010.

Además como esta vez ocurrió en la época veraniega de festivales multitudinarios de música las consecuencias llegaron hasta muchos visitantes. Es que también el parque de entretenimiento, sede de descanso y de festivales multitudinario de música folclórica, tangos y rock en distintas épocas del año, está ubicado en zona inundable. Algo más de 12 metros de agua sobre el nivel normal del río a mediados de este mes provocó que más de 5.000 personas fueran evacuadas, algunas de la mano del Comité Departamental de Emergencias y otras que escaparon por sus propios medios.

"Fue tan rápido todo que no nos dio tiempo de darnos cuenta, cuando quisimos acordar estaban los encargados diciéndonos que levantáramos las carpas (tiendas de campaña)", contó Cristian Gómez a IPS, visitante del campamento "33 Orientales", uno de los tantos uruguayos que habían llegado atraídos por el 37 Festival Internacional de Folclore, declarado de interés turístico nacional.

Gómez y unas 500 personas fueron evacuadas hacia el cercano Parque de la Hispanidad, en las primeras horas de lluvia, y sirvieron de preámbulo para lo peor que estaba por venir. A la mitad del verano austral de tradicional baja intensidad de precipitaciones en Uruguay, se ha registrado en un solo día la caída de 130 milímetros de agua, más de la media histórica para todo febrero.

En los últimos 13 años se han intensificado las lluvias en este país de 3,3 millones de habitantes, al punto de que suman casi 100.000 evacuados en el periodo, muchos miles más afectados y daños materiales millonarios, según estudios de la estatal Universidad de la República. Las inundaciones más devastadoras fueron las de 1959, cuando casi ninguna ciudad costera resultó indemne, seguidas de las de 2007.

SIN SOLUCIÓN A LA VISTA

El problema es el río, el gran río. El Yí está estrechamente vinculado a la ciudad de Durazno, a su economía y a su población tanto económicamente como a sus disfrutes del ocio. Y el problema arranca antes, mucho antes, de los últimos gobiernos que tuvieron que remar contra la corriente.

La ciudad fue pensada mal y creció sin planificación, antes de ser ciudad y antes de ser siquiera un caserío. En lugar de crecer hacia arriba, se pensó hacia abajo. El río crece hacia Durazno, nunca remonta las barrancas de Santa Bernardina, el barrio más alto de la región. Jamás.

Pero "ahora es tiempo de pensar hacia adelante, por eso debemos ver cómo evitar males mayores", dijo a IPS el profesor Carmelo Vidalín, el dirigente del derechista Partido Nacional que gobernó el departamento por dos periodos consecutivos de 2000 a 2009.

Para ello promovió durante su mandato la reinstalación en terrenos altos de decenas de residentes de las zonas que se conocen como "de cota de inundación", que fueron declaradas terreno no apto para habitar, y sus viviendas precarias fueron destruidas por maquinarias del Estado.

Pero los intentos chocaron, en muchos casos, contra una idiosincrasia local que no se permite existir distante del río. "Algunas familias no accedieron a la posibilidad de tener su propia vivienda en una zona no inundable, dijeron que no querían alejarse del lugar donde estaban", precisó Vidalín.

Testimonios recogidos por el diario local El Acontecer señalaban a familias que no querían irse de su terruño, más allá de la precariedad en que vivían, hacinados, hombres, mujeres, niños y niñas.

Las administraciones que han querido intentar algo han sucumbido ante una cultura local que quiere a su río, aunque les haga mal.

Ni hablar de encauzarlo, ni pensar en dragar. El río Yí, que es fuente de ingresos fundamental de pobres dedicados a la pesca, a la extracción de arena o los servicios de turismo, debe correr libre como nació, dicen los vecinos. Y contra eso no hay proyectos que valgan. Ni votos que lo resistan.

El último que pensó en soluciones fue precisamente Vidalín, quien diseñó un proyecto que nació de la creatividad de técnicos uruguayos radicados en Brasil, amparados en experiencias internacionales, pero que aún está en "veremos", y nada se ha visto.

El duraznense Agustín Leiva, un antiguo sobreviviente del río, comentó, luego de tanta creciente en 2007 y tanta bajante en 2008. "El problema es la memoria, todos nos olvidamos al poco tiempo de lo que el río lleva o trae".

Entonces es así, el problema es la memoria. Y contra los areneros, los que pescan y los que nadan y los que buscan la sombra de los árboles costeros, nada se puede hacer.

Nadie piensa, ni siquiera en sueños, un río encajonado. Nadie lo ve entre hormigón. Ni siquiera los evacuados que lo sufren, cada vez que el cielo manda agua de más. La palabra "dragar" es mal escuchada, y jamás pronunciada.

EL ETERNO RETORNO

Así los rostros se repiten en los camiones municipales que rescatan muebles y gente cuando el agua se desborda, en los noticieros de televisión que entrevistan a las mismas madres y los mismos padres cada inundación reclamando que cese el agua, y pidiendo un poco menos de mala suerte.

Son los mismos que luego de semanas de exilio hogareño, retornan a sus viviendas con la esperanza de que el río respete sus propiedades en la próxima crecida. Aunque las lluvias cada vez más intensas y frecuentes del Uruguay de hoy dificultan la posibilidad.

Otra vez, como en 2007. Algunas casas aún no han sido repintadas desde esa inundación, la más terrible de todas y cuando la ayuda internacional se percató de miles y miles de evacuados, y las marcas de la creciente son testigo en las paredes.

"Se aconseja a todas aquellas personas o familias que se vean amenazadas por la creciente a que no dejen hasta último momento y que se comuniquen con los rescatistas para ser evacuadas. Se solicita a quienes cuenten con galpones o casas para alojar a personas que debieron dejar su hogar, por favor comunicarse con la Oficina del Comité". Así pide el Comité de Emergencias a la sociedad, así le habla a la solidaridad.

Pero el vecino de los barrios bajos espera hasta último momento. Olga Martínez vive en el barrio La Amarilla y narra a IPS sus peripecias de varias inundaciones atrás. "Antes no era tan seguido"… "Ahora nos saca el río año por medio"… "El tiempo está loco, loco", insiste.

Martínez tiene más de 80 años y en los últimos cinco ha debido abandonar su hogar en tres oportunidades. "No se qué pasa", se pregunta.

La lluvia fue mucha, y promete ser más, y las aguas bajan bravas desde Sarandí del Yí, ciudad río arriba. Entonces vuelve el tiempo de las tiendas de campaña a las canchas de fútbol y a los gimnasios. Tierra de nadie es tierra de todos.

Del cambio climático hablan los meteorólogos y los gobiernos. Les hablan a los pobladores, que no encuentran otra solución que vivir donde viven, que soportar lo que soportan. Cada evacuación implica irse, volver, higienizar, comprar muebles, pintar, recibir ayuda.

Entretanto nadie se olvida del año 59 ni de 2007, y la humedad se respira en todos lados. Los niños, felizmente alejados de la tragedia, juegan al costado del campamento, y los adultos, alertas, piensan que la ciudad aún no ha resuelto la situación de los evacuados de hace dos años y aún muchos siguen alojados en un viejo hotel céntrico inactivo.

Ahora se suman los evacuados de 2010.

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