MUJERES-NAMIBIA: «La huerta me evita pedir limosna»

A veces ni siquiera hay agua en el río que da su nombre a Omaruru, una localidad semidesértica de Namibia donde existir entraña una lucha cotidiana contra la pobreza. Pero un proyecto hortícola ejecutado por mujeres intenta cambiar esta situación.

El río Omaruru fluye apenas tres meses al año desde sus nacientes en las alturas del monte Etjo, en el centro de Namibia. Pero si la temporada de lluvias fue pobre, puede estar seco todo el año.

Su lecho, incluso seco, marca una categórica división entre los habitantes pudientes del pueblo, en la ribera septentrional, y los desposeídos de Hakahana, un tugurio ubicado al sur del río.

En otros tiempos, Omaruru fue una colonia de misioneros. Hoy, con 6.500 habitantes, funciona principalmente como centro de las haciendas rurales turísticas de los alrededores y como popular escala para los visitantes.

En cambio, Hakahana es la reserva de mano de obra barata del área.
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En una parte del tugurio donde las viviendas tienen un solo ambiente, un grupo de mujeres y hombres asisten bajo un árbol a una reunión de la Organización Popular del África Sudoccidental (Swapo).

La música de una radio invisible guía el canto de los asistentes sobre el ex presidente Sam Nujoma (1990-2005) y la guerra, salpicada por gritos intermitentes: "¡La lucha continúa!".

A juzgar por la cantidad de botellas vacías que hay sobre la mesa en esta tarde de agosto, esa lucha ha continuado bastante más allá del final del programa radial.

Para el coordinador de distrito de la Swapo, Philip Nghipandulwa, es un bienvenido recreo de su trabajo como director de un programa para crear huertas en las riberas del escaso río.

El proyecto Netumbo Nandi-Ndaitwah comenzó con 20 mujeres. Su nombre es el de una dirigente de la Swapo que fue ministra de Asuntos Femeninos y Bienestar Infantil cuando creó esta iniciativa, en 2001.

"Ahora quedan 16. En este mundo las enfermedades se llevan a nuestra gente", dijo Nghipandulwa, dirigiéndose a la huerta.

Elina Elago es secretaria del comité de seis integrantes que funciona como la voz de las mujeres en el proyecto.

"El comité se reúne regularmente con la gerencia, y discutimos el camino a seguir. Por ejemplo, qué queremos plantar esa temporada, o cómo hacer frente a los problemas hídricos", explicó.

El agua es una preocupación constante. En esta época del año, el suelo está seco. En medio de una zona cultivada se encuentra la huerta comunitaria que genera ingresos para el proyecto: alrededor de media hectárea verde en la que zanahorias, boniatos, ajos, cebollas y otros vegetales libran una dudosa batalla contra conejos, pájaros y sequías.

En los predios aledaños, las huertas propias de las mujeres se ven yermas y arenosas.

"Perdimos muchos cultivos y nuevos almácigos por la helada de este año", dijo Elago.

Ella estima que en los mejores meses, justo después de la cosecha, ella gana unos 25 dólares por mes gracias al proyecto.

"Coloco las verduras sobre una mesa y los vecinos vienen y las compran", relató.

Pero eso no le alcanza para mantener a sus cinco hijos, que van de 10 a tres años, de edad, incluyendo a dos mellizos de seis.

"Ganamos dinero cuando podemos. Cuando la huerta está quieta, vendemos madera", dijo otra integrante del comité, Claudia Mumbwangela, madre de cuatro hijos de entre 16 y 23 años.

"O recogemos las semillas de este árbol y las vendemos como alimento para el ganado", agregó.

En la temporada lluviosa, Mumbwangela pasa hasta la mitad del día trabajando en el huerto, mientras ahora una o dos horas de trabajo bastan.

Ambas mujeres participan en el proyecto desde sus inicios.

"Me gusta. El huerto no sólo pone alimentos sobre la mesa, sino que me da independencia. Y me evita pedir limosna", dijo Elago.

En e su tiempo libre enseña a leer y escribir a otras mujeres. "Muchas son analfabetas. Yo fui a la escuela hasta décimo grado, y me habría encantado terminarla, pero mi madre y mi padre estaban sin trabajo, así que no pude ir más", relató.

Según Rachel Coomer, de la oficina dedicada a las investigaciones sobre género en el Centro de Asistencia Legal de Windhoek, su caso no es raro.

"La deserción de las niñas namibias, en comparación con la de los varones, aumenta de modo significativo luego del séptimo grado", dijo.

La educación es uno de los muchos factores que contribuyen con la desigualdad de género en Namibia, igual que en la mayoría de los países de la región, donde las sociedades son profundamente patriarcales.

"Se supone que tenemos que liderar. Aunque las mujeres están motivadas, necesitan un hombre allí como fuerza motora", dijo Nghipandulwa.

"Para cambiar esas visiones tan arraigadas es importante exhibir modelos femeninos con nuevos roles", enfatizó Coomer.

"En este país hay algunas mujeres políticas grandiosas. Ponerle al proyecto el nombre de una de ellas fue algo bueno", sostuvo.

Por un lado, esto dio a las mujeres una exposición necesaria. Como parte de un proyecto hídrico regional de la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC), el programa recibió una bomba para extraer agua que funciona con energía solar y un tanque con capacidad para almacenar hasta 2.000 litros.

"Pero cuando está seco, está seco", lamentó Nghipandulwa, mirando el río.

"Cada vez que bombeamos agua tenemos que esperar un rato antes de que se restablezca el nivel de la napa subterránea. Lo que realmente necesitamos es una represa, para poder irrigar todo el año", agregó El costo de un solo pozo ronda los 6.200 dólares, una suma inalcanzable para el proyecto.

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