LÍBANO: Guerra civil en nuevos frentes

Una inquietante calma reina alrededor de las nuevas líneas trazadas para demarcar el territorio de diversas comunidades religiosas en la noroccidental ciudad de Trípoli, la segunda de Líbano.

La tensión persiste una semana después del violento combate entre la minoría alawita del área de Jabal Mohsen y la comunidad sunita de Bab el-Tebbaneh, separadas por la avenida Siria.

En la madrugada del domingo 22 de junio, los habitantes de ambas áreas se despertaron con el sonido entrecortado de disparos y estallidos de misiles. La lucha continuó de modo intermitente hasta las primeras horas del lunes 30, con un saldo de nueve muertos y más de 45 heridos.

El disenso entre alawitas y sunitas en Trípoli data de comienzos de los años 80.

Ambas comunidades solían convivir en paz en esta ciudad centenaria de descontrolado crecimiento, con casas de arenisca y frágiles arcadas, en elevadas y lujosas cuestas a lo largo de avenidas que conducen al viejo puerto, así como en las decadentes áreas de Bab el-Tebbaneh y Jabal Mohsen.
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La comunidad alawita, parte de la rama chiita del Islam y originaria de Siria, floreció en los años 80 bajo el patrocinio de Rifaat al-Assad, tío del presidente sirio Bashar el-Assad. Los chiitas, que gobiernan en Damasco, actualmente ocupan dos escaños en el parlamento de Líbano.

"El alineamiento de los sunitas de Trípoli en los años 80 con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasser Arafat dividió a las comunidades", relató Moustapaha Allouch, parlamentario del Movimiento Futuro, partido con mucho peso en la política local y parte de la coalición antisiria que gobierna el país.

"Los alawitas acudieron a su aliado natural, Siria. Esto condujo a las masacres de 1986: más de 300 sunitas de Trípoli fueron asesinados a manos de los sirios", explicó.

Desde ese momento, los sunitas abrigan sospechas y animosidad contra los alawitas.

Los viejos hábitos son difíciles de desarraigar. Casi 20 años después de la guerra civil de los 80, las comunidades mantienen su desconfianza recíproca. En semejante contexto, cualquier facción puede manipular fácilmente viejas ansiedades sectarias y antiguos feudos. Muchos temen nuevas masacres.

En los barrios más pobres, donde ambas comunidades han sido segregadas entre sí, las fricciones son más palpables.

La reciente guerra civil de una semana, iniciada el 7 de mayo por los partidos opositores Hezbolá y Amal, ambos chiitas, y el Partido Nacional Socialista Sirio alimentaron aún más las tensiones entre sunitas (pro-mayoría) y alawitas.

"La pequeña comunidad salafista (sector radical del Islam sunita que cree en una aplicación estricta del Corán) rechazó en los últimos tiempos el enfoque moderado adoptado por el Movimiento Futuro", dijo Allouch.

Rifaat Eid, hijo del ex parlamentario alawita Ali Eid, un miembro de la oposición prosiria, cree que la facción radical sunita se ha escabullido del control del Movimiento Futuro.

"Esto se advierte recientes discursos de figuras sunitas, como el predicador salafista Dai el-Islam", dijo Eid. El Islam dijo que los sunitas tienen derecho a usar la "legítima defensa" para protegerse de potenciales ataques.

Alrededor de tugurios cercanos a la calle Siria, edificios en ruinas, con paredes llenas de marcas de balas, son testimonio de guerras pasadas y de conflictos más recientes. A unos pocos metros de distancia, las paredes carbonizadas de otra estructura muestran la intensidad de los últimos ataques.

"Me avergüenza lo que ha ocurrido en mi pueblo natal. No reconozco a mis vecinos a mis amigos. Actúan cada vez más por sentimientos sectarios. Han incendiado hogares de alawitas", dijo un habitante sunita del área.

Al otro lado del linde, una explosión sacudió el sábado el área de Bab el-Tebbaneh, matando a Mohammad Allouch e hiriendo a otras 20 personas. El muftí (máximo clérigo) de Trípoli, jeque Malek Chaar, acusó a "elementos extranjeros" de causar problemas en la ciudad.

El general Ashraf Riffi, director de las fuerzas de seguridad internas, visitó la ciudad la semana pasada y declaró: "No toleraremos ninguna brecha de seguridad y castigaremos severamente a cualquier individuo armado."

Pero agregó que el desarme de ambas facciones sólo podrá lograrse mediante un acuerdo político, y hasta que se alcance uno las fuerzas de seguridad no intentarán confiscar arsenales pertenecientes a cualquiera de los dos grupos.

El feroz combate de semanas anteriores demostró la vulnerabilidad de Trípoli ante las crecientes amenazas a la seguridad que están plagando el país.

Trípoli está muy lejos de hacer honor al antiguo origen griego de su nombre, que recuerda "tres ciudades" en coexistencia pacífica.

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