AMBIENTE-MOZAMBIQUE: Fatalidad cíclica de las inundaciones

Las inundaciones del río Zambeze han destruido los hogares de unas 70.000 personas de áreas rurales del norte y centro de Mozambique, que, impotentes ante la furia del caudal que todo destruye a su paso, han visto hundirse bajos las aguas toda la producción agrícola de la estación.

Las autoridades temen también la contaminación de las aguas cuando las aguas vuelvan a su cauce y aparezcan las inevitables epidemias que cíclicamente flagelan esta "terra da boa gente" (tierra de la gente buena), como describió a Mozambique en su diario el almirante portugués Vasco da Gama, cuando allí atracó en escala de su viaje a India hace cinco siglos.

A lo largo de sus 1.708 kilómetros, el río Zambeze atraviesa también Botswana, Namibia, Malawi, Tanzania, Zambia, Zimbabwe y Angola, pero es en Mozambique donde causa las mayores destrucciones cuando rebalsa sus límites.

A medida que las aguas suben, se multiplican los impactos para las poblaciones de la zona, que ven sus vidas normales interrumpidas, con sus casas inundadas, escuelas cerradas y campos anegados, indican informaciones divulgadas este lunes en Lisboa, antigua metrópoli colonial de ese país del África austral de 800.000 kilómetros cuadrados y 22 millones de habitantes, independiente desde 1975. Los últimos datos disponibles indican que las inundaciones causaron ocho víctimas mortales, tres de ellas atacadas por cocodrilos en el río Púnguè, un afluente del Zambeze en la provincia central de Sofala. En 2000, el peor año del rebalse del río, cálculos aproximados indican que perdieron la vida 700 personas de la zona.

El gobierno de Mozambique abrió 37 centros para damnificados, desplazados de las cuatro zonas hidrográficas más afectadas, ubicadas en los ríos Zambeze, Save, Buze y Púnguè.

Un comunicado divulgado este lunes por Claire Fallender, coordinadora en Mozambique de Oikos, la organización no gubernamental portuguesa presente en ese país desde 1991, estima que unas 6.500 familias del valle del Zambese "ya han perdido 31.000 hectáreas de cosechas y alimentos almacenados para su sustento y, si los niveles de las aguas continúan subiendo, unas 285.000 personas podrán ser afectadas".

Fallender dirige en la zona un equipo de 17 técnicos de Oikos, que han logrado coordinar la evacuación de cerca de 35.000 personas para centros de reubicación, los cual, sin embargo, están desprovistos de alimentación y agua potable, lo que les convierte en vulnerables a epidemias por la contaminación de los pozos y fuentes de agua.

En tanto en Lisboa, el director ejecutivo de Oikos, João José Fernandes, dijo en entrevista a la agencia de noticias portuguesa Lusa que las inundaciones hacen vaticinar serias consecuencias sociales, ambiéntales, económicas y de salud a medio y largo plazo. Con las inundaciones, surgen aguas contaminadas que provocan epidemias tales como brotes de cólera y paludismo, a lo que se unen las crecidas pérdidas económicas derivadas de la destrucción de habitaciones, producción agrícola, alimentos y semillas almacenadas y posterior erosión de los suelos.

"Como las inundaciones son cíclicas y ocurren prácticamente todos los años, el desgaste de los suelos es mayor y ante el más mínimo aumento de nivel, las aguas circulan con mayor rapidez y violencia" y de esta forma, "todo el ecosistema es afectado" apuntó Fernandes.

Por su parte, el antropólogo Beça Ribeiro, catedrático de la septentrional Universidad de Trás-os-Montes y Alto Douro, recordó que después de la destrucción causada por las aguas, las poblaciones regresan a sus "machambas", pequeñas propiedades agrícolas tradicionales. Los campesinos de esa zona de Mozambique "no tienen grandes alternativas si no regresan al lugar donde siempre vivieron", pegadas a los ríos, donde las tierras son más fértiles, apuntó el docente universitario.

Con la construcción de la represa hidroeléctrica de Cahora Bassa, inaugurada en 1974, durante la administración colonial portuguesa, el sistema de vida de las poblaciones cambio de manera significativa, recuerda el biólogo Carlos Bento citado por Lusa.

Anteriormente, la agricultura se sincronizaba con las inundaciones, "en época de sequías, las poblaciones vivían en campamentos temporarios y realizaban su agricultura en zonas bajas, ricas en nutrientes traídos por las inundaciones de la época anterior y simultáneamente, pescaban y secaban el pescado, que era su principal fuente de proteínas", subraya Bento.

"Al finalizar la cosecha, los habitantes recogían su bienes, llevándolos para zonas altas, donde se precavían de las inundaciones", añade el biólogo.

Este ciclo, que ocurría todos los años, se interrumpió cuando las poblaciones rurales semi-nómadas establecieron residencias permanentes al borde del río, en lugares de previsible inundación cuando la represa Cahora Bassa libera grandes cantidades de agua, calculadas en 5.500 metros cúbicos por segundo

Esta situación produce "daños humanos y materiales abultados", recuerda Bento al apuntar que "el hábito de lidiar con las inundaciones se fue perdiendo a lo largo del tiempo por las generaciones posteriores a la conclusión de la represa de Cahora Bassa".

Paulo Zucula, director del Instituto Nacional de Gestión de Calamidades (INGC) de Mozambique, considera que por ahora no es necesario recurrir a la ayuda internacional, pese a que el nivel de las aguas continua en ascenso y por ahora, ha aceptado la ayuda de las organizaciones no gubernamentales "que tienen un espacio" para actuar en el proceso.

Sin embargo, subrayó que su país no se opone a la idea de pedir apoyo internacional, "pero sólo recurriremos a esa posibilidad si agotamos nuestra capacidad actual y todavía es muy temprano para concluir eso", dijo a periodistas lusos destacados en la zona.

"Nuestra apuesta es la prevención y hemos movilizado todos los medios humanos, materiales y financieros para responder a la emergencia", aseveró Zucula.

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