AMBIENTE-EGIPTO: Esperanzas y espejismos en el desierto

«Aquí se puede cultivar cualquier cosa. Pero cuando yo llegué no había nada más que arena», dice el egipcio Mohamed Ahmed, de 76 años, extendiendo sus brazos para señalar las buganvillas que caen en cascada y un huerto con árboles de mango cargados de frutos.

La creciente urbanización en el valle del Nilo. Crédito: Leslie-Ann Boctor
La creciente urbanización en el valle del Nilo. Crédito: Leslie-Ann Boctor
El exuberante paisaje que lo rodea está situado sobre la carretera que conecta El Cairo con la septentrional ciudad costera de Alejandría.

Ahmed se desprendió de sus raíces beduinas en la península del Sinaí para llegar a esta zona con la promesa de trabajo y alentado por el anuncio del entonces presidente Anwar el Sadat (1970-1981) de que Egipto conquistaría el desierto. Encontró empleo en el Centro para el Desarrollo del Desierto, organismo de investigaciones administrado por la American University en El Cairo.

Treinta años después, Egipto todavía intenta recuperar el desierto con fines agrícolas, para brindar trabajo y espacio a su creciente población. Sin embargo, economistas y ambientalistas dudan de la efectividad de estos esfuerzos.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), alrededor de 96 por ciento de Egipto está cubierto por el desierto del Sahara, mientras la tierra más fértil se concentra a lo largo del río Nilo, que serpentea a través de la mitad oriental del país.

Aunque el valle del Nilo representa apenas cuatro por ciento de la superficie egipcia, alberga a prácticamente todos los 79 millones de habitantes de esta nación africana. Se prevé incluso que aumente la densidad demográfica del valle, ya que la población se duplicará para 2050.

Esto llevó a las autoridades a desarrollar planes de reasentamientos a gran escala, bajo los auspicios del proyecto Toshka. La esperanza es que, durante la próxima década, unos seis millones de egipcios se muden del valle del Nilo a tierras en el sudoeste, donde producirían trigo y algodón y se ocuparían en industrias livianas.

Los cálculos oficiales sitúan el desempleo en 9,3 por ciento de la población económicamente activa.

La tierra será irrigada con agua bombeada desde el Nilo a unos 300 kilómetros de distancia y desde fuentes subterráneas. Bajo el ambicioso programa de 70.000 millones de dólares, los funcionarios planean recuperar 1,4 millones de hectáreas de las aproximadamente 95,5 millones de desierto en los próximos 10 años.

Como parte del proyecto Toshka, ya se construyó la mayor estación de bombeo de agua en el Desierto Occidental, parte del Sahara, instalación inaugurada el año pasado por el presidente Hosni Mubarak.

Situada unos 1.300 kilómetros al sudoeste de El Cairo, la estación bombea 14,5 millones de metros cúbicos diarios de agua desde el lago Nasser, ubicado río arriba de la represa Aswan, cerca de la frontera con Egipto.

"Egipto necesita usar el desierto para atender el gran aumento de su población. También tenemos que usarlo para producir alimentos que ahora importamos", dijo Adly Bishai, fundador del Centro para el Desarrollo del Desierto.

Sin embargo, críticos señalan que el objetivo de 1,4 millones de hectáreas recuperadas no es realista, y sostienen que sólo podría reclamarse la mitad de esa tierra si los niveles del Nilo permanecen constantes.

Pero también hay un signo de interrogación sobre la sostenibilidad a largo plazo de este uso del desierto.

Se prevé que el proyecto Toskha requerirá por año entre 5.000 millones y 9.000 millones de metros cúbicos de agua adicionales. Funcionarios aseguran que el creciente uso del Nilo podrá ser compensado por 1.000 millones de metros cúbicos de precipitaciones, 7.500 millones de metros cúbicos de agua subterránea y 5.000 millones de metros cúbicos de agua reciclada en el agro.

Pero si fracasa alguna de estas fuentes alternativas, el proyecto podría quedar sin recursos hídricos, dado que Egipto está usando toda su cuota anual de agua del Niño, conforme a un tratado internacional de 1959.

Dado que Etiopía y Sudán han expresado su deseo de explotar una mayor parte del río, incluso el uso por parte de Egipto de esta cuota podría limitarse en cierto punto. La distribución de las aguas del delta es un tema controvertido en la región.

Por otra parte, se han levantado presentado dudas sobre la calidad de la tierra desértica recuperada para uso agrícola.

Décadas de investigaciones en el Centro para el Desarrollo del Desierto han producido prácticas sostenibles para convertir suelo desértico en maravillosos campos de cultivo, como el huerto que Ahmed muestra orgulloso a los visitantes.

Según cálculos independientes, se necesitaría recuperar 100 hectáreas de tierra desértica para igualar la producción de una hectárea cercana al Nilo. Es paradójico, entonces, que gran parte de las tierras sobre el río hayan sido ocupadas por la industria y la urbanización.

También existen dudas sobre la lógica económica de recuperar el desierto, considerando que el sector agrícola contribuye con menos de 25 por ciento de los ingresos nacionales y absorbe 88 por ciento del consumo de agua.

Otros sostienen que no habría necesidad de ningún proyecto Toskha si Egipto tuviera un uso adecuado del agua en la agricultura.

Los sistemas de riego se usan en más de 70 por ciento de la tierra cultivada de Egipto, en un proceso ineficiente, pues se malgasta 80 por ciento del agua utilizada, lo que resulta "totalmente equivocado", según Bishai.

Esta situación se ve estimulada porque el gobierno no requiere a los ciudadanos que paguen el costo del agua. A los granjeros no se les cobra el riego ni el uso del líquido, y no existen medidores de consumo en las viviendas de El Cairo, sino que se debe pagar un precio único por cada habitación de la casa.

Los campos de golf y los lujosos céspedes en condominios exclusivos son claros ejemplos de cuestionables usos del agua en este país desértico.

El ambientalista Mostafa Saleh cree que las autoridades deberían concentrarse más en iniciativas de ecoturismo para asegurarle empleo a la población.

"El valor de un oasis como una atracción puede traer más dinero que 4.000 acres de campos de arroz, y por cierto es más sostenible", sostuvo.

"Más que producir algo que puedes obtener por una centésima parte del costo en cualquier otro lado, deberíamos usar esta agua, un recurso muy valioso, para maximizar los ingresos para el pueblo de Egipto", añadió Saleh, quien realizó estudios para la Autoridad de Turismo de Egipto sobre el valor de la recuperación agrícola del desierto comparado con el de los proyectos de ecoturismo.

Uno de los pocos hospedajes ecológicos egipcios, Adrere Amellal ("Montaña blanca", en beréber), en el occidental oasis de Siwa, obtuvo un reconocimiento internacional por sus prácticas sostenibles.

Este complejo ecológico es una creación de Mounir Neamatalla, presidente de la firma consultora egipcia Environmental Quality International, para quien los esfuerzos para hacer verde el desierto son una "flagrante transgresión" en la administración de los recursos.

"Nosotros vemos al desierto como un enemigo que de alguna manera tenemos que combatir. Pero, en lugar de conquistarlo, deberíamos preguntarnos cómo podemos vivir en armonía con él. El desierto sin agua tiene mucho valor", sostuvo.

Sin embargo, por el momento Toshka parece ser un proyecto inamovible, más allá de las preocupaciones económicas y ambientales.

Cuando Mubarak aprobó el proyecto hace una década, se paró en la ribera del lago Nasser y sostuvo que llevaría al país a "una era en que finalmente salga de los confines del valle del Nilo".

Pero esos confines parecen más difíciles de superar de lo que se pensó en un principio.

* Este artículo es parte de una serie sobre desarrollo sustentable producida en conjunto por IPS (Inter Press Service) e IFEJ (siglas en inglés de Federación Internacional de Periodistas Ambientales).

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