IRAQ: La industria, otra gran baja

«Iraq adoptó las reglas para la inversión extranjera buscadas desde siempre por las corporaciones estadounidenses», dijo a IPS la analista Antonia Juhasz, del Instituto para Estudios Políticos de Washington.

La experta es autora del libro "The Bush Agenda: Invading the World, One Economy at a Time" ("La agenda de Bush: Invadiendo el mundo, una economía por vez").

Juhasz indicó que esas nuevas leyes, que fueron parte de las denominadas "100 órdenes Bremer", establecidas por el ex jefe de la Autoridad de la Coalición Provisional Paul Bremer durante el primer año de ocupación, aseguraron una gran cantidad de beneficios a las empresas de Estados Unidos.

Estas establecían "la repatriación de 100 por ciento de las ganancias obtenidas en Iraq por parte de las compañías extranjeras, la propiedad extranjera de 100 por ciento de los negocios en Iraq, incluyendo bancos, la privatización de las empresas estatales iraquíes, y 100 por ciento de inmunidad para contratistas y soldados estadounidenses ante las leyes iraquíes".

Lo que siguió fue "una invasión corporativa estadounidense de Iraq. Muchas compañías pusieron la mira en la privatización, también hecha posible gracias a Bremer, lo que ayuda a comprender su interés en 'grandes reparaciones' más que organizar sistemas y hacerlos funcionar", dijo Juhasz.
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En contraste, bajo el régimen de Saddam Hussein (1979-2003) hubo un gran apoyo estatal a los negocios particulares, que facilitaba a los iraquíes abrir sus propias fábricas y talleres.

A los empresarios se les concedían créditos con bajos intereses y permisos para transferir divisas. También podían recibir tierras de propiedad estatal para construir en ellas. Las leyes administrativas facilitaban los emprendimientos, y gracias a ello la pequeña industria tuvo un auge en los años 70 y 80.

Las grandes industrias iraquíes de productos petroleros, fosfato y cemento, así como la industria militar, eran en su mayoría administradas por el Estado. A las compañías extranjeras también se les permitía instalar fábricas, pero bajo la supervisión del gobierno.

Este crecimiento industrial se revirtió en los años 90, bajo las sanciones económicas internacionales avaladas por la Organización de las Naciones Unidas. Las sanciones paralizaron al dinar iraquí y disminuyeron la capacidad de la población para adquirir bienes y servicios.

La situación de los negocios empeoró aun más después de la invasión estadounidense en 2003, cuando la mayoría de las fábricas dejaron de funcionar. Muchas fueron bombardeadas durante los ataques, y otras se quedaron sin empleados.

Varias fábricas también fueron saqueadas y nunca pudieron volver a funcionar.

Algunos negocios privados permanecieron, pero los problemas de seguridad, la carencia de electricidad y de combustible, una inflación de 70 por ciento y la falta de transporte seguro llevaron a muchos a la ruina. El desempleo ahora afecta a más de 50 por ciento de la población económicamente activa.

Miles de propietarios de negocios y fábricas vendieron lo que pudieron y huyeron a países vecinos. Los que no lo hicieron ahora se lamentan.

"Solía tener a más de 30 empleados en mi fábrica de productos plásticos, ya que los negocios eran buenos antes de la ocupación", dijo a IPS Abbas Alí, de Bagdad.

"Es imposible trabajar ahora, y tuve que volver a mi viejo empleo como maestro de escuela. Me llegaron a ofrecer 200.000 dólares por el negocio, pero ahora no vale nada. Me culpo a mí mismo de no haberlo vendido para huir, como hicieron muchos de mis colegas que ahora viven en Siria con seguridad", añadió.

Y sin embargo, todavía hay fábricas de acero y textiles que producen lo que pueden.

El empresario Kais al-Nazzal construyó una serie de fábricas de acero unos 60 kilómetros al oeste de Bagdad, cerca de la central ciudad de Faluya, y lucha para mantenerlas funcionando. "Importamos los equipos para la producción de acero de mejor calidad, y gastamos millones de dólares en modernos edificios para alcanzar los estándares internacionales", dijo a IPS.

"Hemos sido capaces de trabajar en el período de la ocupación, pero debemos admitir que las dificultades internas nos causan considerables pérdidas", agregó.

Estudios internos calcularon un nivel de desempleo de 85 por ciento en el sector industrial. Muchos de los que trabajan lo hacen en pocas fábricas del Estado que pueden pagarle a sus empleados aun cuando no producen nada.

"Tratamos de trabajar, pero la situación general no estimula. Parece que deberemos esperar hasta que ocurra un milagro", dijo a IPS el gerente de una fábrica estatal de cemento ubicada a las afueras de Bagdad.

El estancamiento económico en que se encuentra Iraq es evidente en los mercados capitalinos.

Alrededor de 80 por ciento de los bienes manufacturados en Iraq eran distribuidos antes de la ocupación en el mercado de Shorja, en el centro de Bagdad.

"Ahora ya no hay marcas iraquíes", dijo a IPS el distribuidor de productos plásticos Johar Aziz. "Los productos iraquíes florecieron antes de la ocupación, pero ahora sólo se venden importados de más baja calidad, y las personas tienen que comprarlos porque no hay alternativa", señaló.

Los principales centros de compras como las calles Saadoon y Rasheed, así como la exclusiva zona comercial de Mansour y el distrito de Karrada son fantasmas de lo que eran antes.

"Solíamos abrir nuestros negocios al menos 16 horas diarias, pero ahora abrimos unas pocas horas por amenazas de seguridad", dijo a IPS Duraid Abdullah, dueño de un comercio de electrodomésticos en Karrada.

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