Ataviadas con las tradicionales mantas wayúu que las protegen del sol del desierto colombiano de La Guajira, madre e hija llegan al hospital municipal para cumplir una cita con ellas mismas: esterilizarse.
No queremos seguir pariendo, dicen Dolores, la madre, de 58 años y 12 hijos vivos, y Jesenia, la hija, que con 26 años ya tiene tres niños.
La septentrional península de La Guajira ocupa 21.000 kilómetros cuadrados en el departamento del mismo nombre. Allí la tercera parte de la población es de la etnia wayúu, de filiación matrilineal.
Apenas unos años atrás, a Dolores no se le hubiera ocurrido ir al hospital para un control ginecológico. Pero las cosas han cambiado: hoy hay muchos niños y poca plata, comenta mientras mira a su hija.
Aunque la mitad de sus hijos llevan una vida independiente y tienen su propia descendencia, Dolores siente que la carga doméstica la desborda.
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Por eso, cuando Jesenia le comentó sobre un programa municipal de planificación familiar, se pusieron de acuerdo y asistieron a las charlas en el hospital. Y entonces tomaron una decisión.
Jesenia asegura que con tres niños está bien y que tal vez otras de sus hermanas decidan esterilizarse.
Dolores hace su relato a IPS en wayunaiki, que una promotora de salud va traduciendo, pues aunque habla un poco de español, prefiere comunicarse en su lengua.
Por épocas planificó la cantidad de hijos que tendría con las tomas de jawape, pero aún así tuvo 15 partos, tres de ellos fallidos.
El jawape es un jarabe preparado de sumo de raíces de varias plantas que se combina con agua o algún licor y se toma, tres veces al día, durante el periodo de la menstruación, o después de dar a luz con fines anticonceptivos.
Según la médica Sandra Díaz, que atendió las consultas ginecológicas previas a la esterilización de Dolores y Jesenia, comentó a IPS que las wayúu no conocen mucho los métodos de anticoncepción no indígenas, y los de su cultura son muy poco confiables.
Las niñas wayúu aprenden el sistema de tomas en la llamada primera educación, que reciben una vez aparecida la primera menstruación, y para la cual son separadas de la comunidad y aisladas por un tiempo junto con abuelas, madres y tías.
Se trata de una etapa de preparación para su vida futura, durante la cual llevan una dieta exenta de grasas y carne y toman el llamado jawape blanco, para conservarse jóvenes.
También aprenden labores de tejido, en las que son muy hábiles y reconocidas, y la preparación de alimentos. Además se cortan el cabello como símbolo de purificación, según explicó a IPS Rosa Iguarán, delegada de la comunidad wayúu a la Organización Nacional Indígena (ONIC).
Una vez concluida esta etapa, la niña está lista para casarse. El contrato matrimonial implica el pago de una dote por parte del futuro esposo. La transacción se hace generalmente en chivos, y a veces se complementa con hamacas, collares y otras alhajas.
En otras épocas, la temporada de aislamiento duraba varios meses, pero este periodo se acorta cada vez más porque muchas niñas van a la escuela, señaló Iguarán, para quien no es cierto que los wayúu vendan a las niñas como aseveran los arijuna (o no wayúu en lengua wayunaiki).
La dote es una forma de sellar la unidad entre familias, de expresar agradecimiento por la formación y preparación que la niña ha recibido, precisó.
Según Iguarán, en su cultura no hay ninguna prevención hacia la planificación familiar y cada vez hay mayor sincretismo entre las costumbres ancestrales y las occidentales.
La vida reproductiva de las wayúu empieza a los 14 años, ocho menos que el promedio nacional, y tienen entre 8 y 9 hijos.
Por tratarse de una comunidad con particularidades culturales muy precisas, los perfiles de fecundidad difieren de los del resto del país. Sin embargo la esterilización como método de contracepción refleja una tendencia nacional.
En Colombia se registran 672 nacimientos por cada 1.000 mujeres indígenas en edad fértil, según el estudio Expedición Humana, realizado por la Universidad Javeriana de Bogotá entre 1992 y 1993 con 37 grupos étnicos.
En tanto, la media nacional es de 91 nacimientos por cada 1.000 mujeres, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Demografía y Salud correspondiente a 2000, realizada por la Asociación pro Bienestar de la familia Colombiana (Profamilia), bajo convenio con la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID, por sus siglas en inglés).
La base de la encuesta fueron 10.907 entrevistas a hogares y a 11.585 mujeres en edad fértil en las zonas rural y urbana de todo el país, excepto la Amazonia y la Orinoquia.
El estudio forma parte de la cuarta ronda del Programa Mundial de Encuestas de Demografía y Salud, en las cuales Colombia y Brasil encabezan la lista de países latinoamericanos en uso de métodos anticonceptivos.
Ochenta y cuatro por ciento de las colombianas que no están en pareja pero son sexualmente activas y 77 por ciento de las que están en pareja usan algún método anticonceptivo.
La esterilización es el más empleado (con 27 por ciento) seguida por el dispositivo intrauterino (DIU) y la píldora (con 12 por ciento cada uno).
El método quirúrgico, mediante ligadura de las trompas de Falopio, es también el preferido en Brasil, donde 40 por ciento de las mujeres en edad fértil fueron esterilizadas, mientras en países como Italia esa proporción baja a uno por ciento.
La opción de Dolores y Jesenia no es un caso aislado entre las mujeres indígenas, dijo a IPS el médico Luis Quintana, subdirector científico del hospital de Uribia.
Ese es el método preferido, pues es muy difícil que (las mujeres wayúu) se adapten a la disciplina que exigen las píldoras y frente al DIU hay rechazo, explicó.
Tenemos programas de educación sexual y salud reproductiva dirigidos a la comunidad indígena, que representa 90 por ciento de la población del municipio de Uribia en su casco urbano y rural, y 30 por ciento de los habitantes de La Guajira.
Esos programas incluyen formación de promotoras de salud, que van a las rancherías —grupos de entre cinco y diez viviendas dispersos por el desierto guajiro— a dictar charlas de educación sexual, explicó Quintana a IPS.
Esas propuestas son integrales e involucran un seguimiento a los miembros de la familia y atención de vacunación y nutrición a los niños.
En esos controles se observa, en forma preliminar, la aparición de malformaciones, probablemente por vínculos intrafamiliares, como una deformación cultural, dijo el médico.
Magalí Cabana, quien desde hace 15 años trabaja como promotora de Profamilia en la región, opina que las paisanas —como los arijuna llaman a las wayúu- cada vez se interesan más por la planificación.
Hace una década era difícil llegar a una ranchería a hablar de estos temas, pues ellas sentían pudor. Ahora, los programas de esterilización se promueven por radio y se habla del asunto sin ambages, dijo a IPS.
A juicio de Cabana, los cambios de actitud de las wayúu tienen mucha relación con la mala situación económica en las comunidades y el alto índice de desnutrición infantil, que en Colombia es de 43 por ciento.
A los efectos de la crisis colombiana, los wayúu, que transitan libremente a uno y otro lado de la frontera con Venezuela, suman las consecuencias de la situación de ese país vecino.
Según el Panorama Social de América Latina divulgado en agosto por la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), la pobreza podría aumentar significativamente en Venezuela este año.


