El presidente estadounidense George W. Bush ha mencionado tres razones para un ataque contra Iraq, y ninguna de ellas parece convincente.
La primera es eliminar las presuntas armas de destrucción masiva en poder del presidente iraquí Saddam Hussein. La segunda, reducir el peligro del terrorismo internacional. La tercera, promover la democracia y el respeto de los derechos humanos, en Iraq y otros países de Medio Oriente.
El académico estadounidense Michael Klare, del Colegio Hampshire, sostuvo que ninguno de los tres argumentos es consistente.
Otros países de Asia poseen armas de destrucción masiva, entre ellos Israel, Pakistán, Irán y por supuesto Corea del Norte, cuyo arsenal es más potente y de mayor alcance que el iraquí, sostuvo.
Washington ha insistido durante años en que Irán es mucho más activo que Iraq en el apoyo al terrorismo, y extraordinarios esfuerzos de Washington no han logrado hallar vínculos entre Saddam Hussein con grupos terroristas, alegó Klare.
Además, la propia Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos ha considerado muy improbable que Bagdad emplee armas de destrucción masiva contra Estados Unidos, y mucho menos que las facilite a terroristas, salvo que afronte grave riesgo de ser eliminado, justamente el tipo de situación que planea Washington.
La promoción de la democracia es invocada por políticos que antes defendieron a regímenes autoritarios como el del shah Reza Pahlevi en Irán o el de Anastasio Somoza en Nicaragua, apuntó Klare.
Hay algo hipócrita en quienes hablan de democratización tras insistir hace pocos meses en que hay regiones del mundo, en especial las islámicas, en las cuales la cultura hace imposible la libertad, sostuvo en otoño (boreal) la revista estadounidense The New Republic.
Además Bush no vaciló en aliarse con algunas de las peores dictaduras asiáticas, entre ellas la de Uzbekistán y Turkmenistán, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington.
Esto se parece mucho a una guerra en busca de justificación, escribió en agosto el columnista E.J. Dionne, del diario The Washington Post.
¿Cuáles son las verdaderas razones de la guerra?
Los expertos no se ponen de acuerdo sobre eso, pero la mayoría de ellos piensan que hay tres posibles motivos principales: el petróleo, la intimidación e Israel.
La mayoría de los izquierdistas se afilia a la explicación relacionada con el petróleo, en especial porque, como ha señalado el escritor británico Robert Fisk, Estados Unidos agota con rapidez sus reservas petroleras, e Iraq posee las segundas en importancia del mundo.
Si a eso se suman las conexiones con la industria petrolera de muchos altos funcionarios de Washington, entre ellos el propio presidente, la hipótesis luce muy convincente.
Klare prefiere esa hipótesis, y señaló que Washington ha considerado al Golfo un interés vital desde la Segunda Guerra Mundial, debido a sus reservas petroleras.
Pero ese enfoque de la cuestión tiene también puntos débiles. En primer lugar, no hay evidencia de las grandes firmas petroleras estadounidenses estén a favor de una aventura militar en Iraq.
Por el contrario, algunos altos ejecutivos de esas compañías han expresado su temor de que una guerra desestabilice a otros grandes productores de la región, y en especial a Arabia Saudita.
Además, si esa teoría fuera correcta, la guerra debería ser apoyada con entusiasmo por George Bush padre, presidente de 1989 a 1993, y por su ex colaboradores, que tienen grandes vínculos con la industria petrolera, pero ha sucedido todo lo contrario.
James Baker, secretario de Estado (ministro de Relaciones Exteriores) durante el gobierno de Bush padre, tiene innumerables lazos con las transnacionales del petróleo, y escribió un informe que desaconseja en forma expresa cualquier acción militar contra Iraq que pueda ser atribuida a razones imperialistas, en especial relacionadas con el petróleo.
Por otra parte, algunos expertos destacan que Saddam Hussein no es en absoluto un obstáculo para que Estados Unidos acceda al petróleo de su país, ya que lo vende a compañías estadounidenses en el marco del programa Petróleo por Alimentos de la Organización de las Naciones Unidas.
Y también es cierto que invadir Iraq podría conducir a sabotaje o desestabilización de los pozos petroleros de ese país y de la región.
Si la cuestión es el petróleo, Iraq no es la respuesta, aseveró el historiador de la industria petrolera internacional Daniel Yergin.
Quedan las hipótesis de la intimidación y de Israel, muy relacionadas según algunos analistas.
La voluntad de intimidar está en el fondo de la retórica de los altos funcionarios más belicistas, y se percibe con claridad en el informe de la Casa Blanca sobre Estrategia de Seguridad Nacional publicado en septiembre.
En ese documento quedó claro que Washington desea un mundo unipolar, en el cual su poder militar no tenga rival. En ese sentido, invadir Iraq sería ante todo una demostración de fuerza y una advertencia a cualquier país que desafíe la supremacía estadounidense.
Klare relacionó esa hipótesis con la petrolera, al recordar que el actual vicepresidente Dick Cheney, muy relacionado con la industria del petróleo, dijo en 1990 que quien controle el Golfo puede estrangular la economía de Estados Unidos y de la mayoría de las demás naciones.
Dominar Iraq sería un potente mensaje de Washington a potenciales rivales por la hegemonía mundial como China, cada vez más dependiente del petróleo de4 esa región, alegó Klare.
También es significativo que la actual doctrina imperial de Washington, base de la lógica de la intimidación, hayo sido elaborada en primera instancia por integrantes de la fracción neoconservadora del gobernante Partido Republicano, muy vinculada con el gobernante y derechista Partido Likud israelí.
Algunos expertos alegan que la política iraquí de Washington es impulsada ante todo por los neocnservadores, quienes piensan, igual que los dirigentes del Likud, que la obsesión de Saddam Hussein con la obtención de armas de destrucción masiva es la principal amenaza contra la hegemonía militar de Israel en Medio Oriente.
El peso de los neoconservadores en el gobierno es la única explicación de que Estados Unidos haya abandonado su estrategia de contención de Iraq, ejecutada con éxito desde la Guerra del Golfo de 1991, y trate ahora de derrocar a Saddam Hussein, afirmó el especialista Stephen Walt, de la escuela Kennedy de gobierno de la Universidad de Harvard.
El destino de Estados Unidos y el de Israel son una sola cosa, aseguró el año pasado el neocnservador William Bennet, ex secretario (ministro) de Educación. (


