El restablecimiento de la supuesta conexión entre Bagdad y la red terrorista islámica Al Qaeda fue la más intrigante de todas las afirmaciones realizadas esta semana por el presidente estadounidense George W. Bush en lo que parecer ser su ofensiva final contra Iraq.
El mandatario se disponía a iniciar consultas este jueves con aliados internacionales con miras a fijar un plazo al presidente iraquí Saddam Hussein para que se desarme, cuando faltan seis días para una una ronda crucial de conversaciones en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Bush confirmó el miércoles en el estado de Michigan que su gobierno lanzará la acción militar contra Iraq encuentren o no los inspectores de armas de la ONU pruebas de armas de destrucción masiva en ese país.
En un esfuerzo por convencer a los indecisos, el presidente insistió en su discurso sobre El Estado de la Unión ante el Congreso, en la noche del martes, en que Saddam Hussein protege a terroristas, incluso a miembros de Al Qaeda, aunque esa acusación había sido abandonada largo tiempo atrás por falta absoluta de pruebas.
En forma secreta, sin dejar huellas, (el mandatario iraquí) podría suministrar a terroristas alguna de sus armas ocultas o ayudarles a desarrollarlas ellos mismos, especuló Bush.
El presunto vínculo entre Bagdad y Al Qaeda fue el tema preferido de los halcones de la administración Bush y varios grupos de expertos de Washington en los primeros seis meses de la guerra contra el terrorismo, lanzada luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington.
Para noviembre, los halcones y sus partidarios ya ofrecían numerosos relatos de un supuesto encuentro en Praga, en abril de 2001, entre un alto funcionario de inteligencia iraquí y Mohammed Atta, el líder de los secuestradores de los aviones que perpetraron los atentados.
Asimismo, presentaron en público a un disidente iraquí que habló sobre un campo de entrenamiento en el que árabes no iraquíes simulaban el secuestro de un avión comercial.
El Congreso Nacional Iraquí, un grupo opositor respaldado por el Pentágono (Departamento de Defensa estadounidense), persuadió la pasada primavera boreal al canal de televisión ABC News de que entrevistara a una mujer que dijo ser una antigua amante del presidente iraquí Saddam Hussein.
Ante cámaras, y citando a Uday Hussein (hijo del presidente) como fuente, afirmó que Saddam Hussein y el saudí Osama bin Laden, líder de Al Qaeda y principal sospechoso de los atentados del 11 de septiembre, se reunieron varias veces a mediados de los años 90.
Cuando la propia Agencia Central de Inteligencia (CIA) rechazó la historia, el presidente de la Junta de Política de Defensa, Richard Perle, consideró que eso era el último ejemplo de la incapacidad de la CIA para detectar datos de inteligencia cuando los tienen ante los ojos.
Otros radicales del Pentágono se entusiasmaron tanto con el relato de la mujer que convencieron a su jefe, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, de que creara su propia agencia de inteligencia para llenar las brechas de las investigaciones de la CIA.
Mientras, el periódico The Wall Street Journal publicó innumerables editoriales en que se burlaba de los escépticos y sugería que los atentados con ántrax de octubre de 2001 llevaban la marca de un complot iraquí.
El diario también otorgó generosos espacios a informes sobre la supuesta vinculación de Saddam Hussein con el ataque de 1993 al World Trade Center de Nueva York e incluso con el atentado de 1995 contra un edificio federal de Oklahoma, que dejó 168 muertos.
Al igual que las historias sobre Atta, el avión de simulación (que habría sido fácilmente detectado por fotografías satelitales), y la amante de Hussein, el resto de las acusaciones desaparecieron de los discursos oficiales el pasado verano boreal.
El súbito abandono de las acusaciones sugirió a muchos analistas que todas esas historias promovidas por Perle, The Wall Street Journal y otros no eran más que malinterpretaciones o inventos, o un poco de ambas cosas.
De hecho, la comunidad de inteligencia coincidió en que no existían pruebas que vincularan a Bagdad con los ataques del 11 de septiembre o cualquier otro atentado contra objetivos occidentales desde el supuesto complot para asesinar en 1993 al entonces presidente George Bush (padre), en Kuwait.
Sin embargo, las prematuras acusaciones produjeron el efecto deseado. Según una encuesta de opinión publicada en octubre de 2001, dos tercios de la población creía que Saddam Hussein ayudó a los terroristas en los atentados del 11 de septiembre, pese a la falta de pruebas.
Debido a la dificultad para sustentar esas afirmaciones en el tiempo, el gobierno decidió concentrarse en la acusación de que Bagdad estaba acumulando armas de destrucción masiva que podría usar contra Estados Unidos y sus aliados e incluso transferir a Al Qaeda u otros grupos terroristas.
Esta última hipótesis fue la que Bush decidió retomar en la noche del martes.
Fuentes de inteligencia, comunicaciones secretas y declaraciones de detenidos revelaron que Saddam Hussein ayuda y protege a terroristas, incluso a miembros de Al Qaeda, afirmó Bush, sin ofrecer detalles.
Antes del 11 de septiembre, muchos creían que se podía contener a Saddam Hussein, pero los agentes químicos, los virus letales y las redes terroristas no pueden contenerse fácilmente, dijo el mandatario.
Imaginen a esos 19 secuestradores de aviones con otras armas y otros planes, esta vez armados por Saddam Hussein. Un solo frasco, un solo contenedor, un solo cajón introducido en este país podría provocar un día de horror como jamás nadie imaginó, agregó.
Paradójicamente, como señaló The New York Times el miércoles, esa situación ya había sido considerada y desechada por la CIA el pasado octubre, con una observación: si Saddam Hussein cree que Washington está decidido a derrocarlo, entonces sí podría inclinarse a emplear métodos terroristas.
En todo caso, ahora que Bush restableció la supuesta conexión entre Iraq y Al Qaeda, el secretario de Estado (canciller) Colin Powell deberá explicarla cuando intente persuadir al Consejo de Seguridad de la ONU de que Iraq oculta armas de destrucción masiva a los inspectores.
¿Qué dirá entonces Powell, después de que tantas historias sensacionalistas sobre Iraq han sido desacreditadas?
El argumento de los halcones, ampliamente publicitado por medios de prensa y comentaristas afines, se basa en que el jordano Abu Musab Zarqawi, un supuesto lugarteniente de Bin Laden, habría recibido tratamiento médico en Bagdad.
Se cree que Zarqawi fue gravemente herido durante el bombardeo de Afganistán a fines de 2001 y de allí viajó a Irán y a Bagdad, donde le habrían amputado una pierna.
Desde Bagdad, Zarqawi se habría dirigido al norte kurdo de Iraq, bajo la zona de exclusión de vuelos impuesta por Estados Unidos y Gran Bretaña, para visitar a la milicia islámica Asbat al- Ansar que, según los halcones de Washington, sería una operación conjunta de Al Qaeda e Iraq que experimenta con armas químicas rudimentarias.
Para los halcones, sólo se trata de unir los puntos, pero, como comentó el semanario Newsweek, el problema es que las agencias de inteligencia no han podido confirmar que Zarqawi estuvo en Bagdad, mucho menos que fue con el conocimiento y la aprobación del gobierno.
Sin ese punto, esta nueva acusación podría tener el mismo destino que la de la reunión de Praga, la amante de Saddam Hussein y el avión de simulación. (


