La tendencia de los productores de cine y televisión de Argentina a mostrar personajes auténticos dio fuerte impulso a un taller de teatro en un barrio pobre de la capital, donde aficionados con escasa preparación consiguen buenos papeles.
Hay una moda de llamar a personas que no estén estereotipadas como pobres o marginadas, que no sobreactúen, sino que se muestren como normalmente son, y esto nos benefició enormemente, dijo a IPS Julio Arrieta, director del Grupo Vocacional de Teatro de la Villa 21, del vecindario bonaerense de Barracas.
En la villa miseria de Barracas, un asentamiento irregular de viviendas hacinadas al sur de la ciudad, viven unas 35.000 personas, y allí tiene Arrieta su casa-estudio de teatro.
Tengo esposa y 12 hijos y sobrevivimos con mi sueldo de empleado administrativo en una escuela, pero lo mío es el arte, en cada momento libre estoy escribiendo un guión, pensando en una puesta de teatro, o haciendo un 'casting' para una película o un programa de televisión, relató el director del proyecto.
La iniciativa de Arrieta no funciona como escuela teatral sino como un taller en el que el objetivo es siempre una obra de teatro para exhibir en el barrio o en las calles.
Pero entre los aficionados hay algunos con muy buenas cualidades, que son tentados con ambiciosas propuestas profesionales.
En los últimos años, surgió en Argentina una nueva camada de cineastas jóvenes, egresados de escuelas de cine que trabajan con actores desconocidos o con personas representativas de un lugar, que nunca actuaron.
Uno de los impulsores de esta tendencia fue el director Carlos Sorín, que apeló a estos actores en un filme publicitario.
La pieza fue realizada para una empresa de telecomunicaciones que había instalado cabinas públicas en aldeas de provincias distantes más de 1.000 kilómetros de Buenos Aires.
El aviso mostraba los rostros emocionados de los residentes, mientras telefoneaban a sus familiares en la capital desde los sitios más remotos del país.
La tendencia pasó al cine. Los jóvenes pobres o marginales comenzaron a ser actuados por jóvenes pobres o marginales y los trabajadores por trabajadores, sin mediación ni preparación actoral.
Un ejemplo vivo fue, en 1999, la película Mundo Grúa, de Pablo Trapero, donde un trabajador tornero cumplió con el papel principal.
A partir de entonces se hizo habitual ver a desconocidos en las pantallas de cine. Lejos de alejar a los espectadores, la nueva modalidad los acercó, sobre todo a partir del fuerte reconocimiento que el cine argentino empezó a cosechar en festivales internacionales.
El fenómeno dio un sentido renovado a la tarea de Arrieta en el taller de Barracas. Me llaman de las productoras de programas de televisión o de cine, y me proponen hacer castings para buscar a un joven, una mujer o a una persona mayor, y yo hago la convocatoria en mi casa, relató.
Muchos de los que se presentan jamás pisaron el taller. Sólo les interesa obtener el papel para cobrar el dinero que se paga por él. Para nosotros es muy difícil hacer arte porque acá hay mucha gente sin empleo, entonces si nos necesitan, nosotros necesitamos también el dinero, explicó el director.
El mecanismo le permitió colocar actores en roles protagónicos o coprotagónicos en los filmes Las Tumbas, Hijo del Río, Después de la tormenta o Gatica, entre otros.
Pero no todos los noveles actores logran sostener una carrera cinematográfica.
Por su participación en Las Tumbas, del director Javier Torre, Eduardo Salcedo obtuvo el premio Cóndor de Plata, en la categoría revelación.
También Erasmo Olivera, residente en la villa, obtuvo premios por su papel en Gatica, dirigida por Leonardo Favio. Salcedo no volvió a actuar, pero Olivera consiguió otros trabajos en cine y televisión.
Los interesados que se acercan al taller de Arrieta son también convocados para participar en filmes que realizan estudiantes de cine o en videoclips musicales. En los tres últimos clips del grupo Los Fabulosos Cadillacs, estamos nosotros, destacó orgulloso el director.
Para sacar provecho de esta corriente, la televisión comenzó a producir programas con historias de personajes marginales que ocupan viviendas vacías (Okupas) o que están en prisión (Tumberos). Los productores convocaron, una vez más, a los aficionados del taller de Arrieta.
En televisión, sin embargo, los actores informales aún permanecen confinados a papeles menores. No nos tienen confianza y nos llaman para hacer de extras, pero no importa, sabemos que nos tienen miedo y por ahora es así, es una relación de confianza que tiene que ir creciendo, opinó Arrieta.
Nos llaman porque somos 'portadores de caras', pero tenemos claro que queremos representarnos a nosotros mismos. ¿Por qué tienen que llamar a Gastón Pauls (un famoso actor) para hacer de pobre si estamos nosotros, que somos pobres?, cuestionó el director aficionado.
Para nosotros es importante mostrar cómo vivimos, cuáles son nuestros códigos y, ojalá también, mostrar que en las villas no hay solamente drogas, delincuencia y prostitución, sino gente común, que trabaja, vive, sufre y es feliz, con las visicitudes de la vida, concluyó. (


