El triunfo casi seguro de Luiz Inácio Lula Da Silva en las elecciones presidenciales de Brasil este domingo pondrá fin a varios ciclos históricos, al reubicar en el poder a la izquierda depuesta por el golpe de Estado de 1964 y al alejar los últimos remanentes de la dictadura militar.
Estos comicios constituyen, por lo tanto, el punto culminante de la transición iniciada en 1985, cuando salió de escena el último gobierno militar, presidido por el general Joao Figueiredo.
Los partidos creados por las fuerzas que apoyaron el régimen militar en sus 21 años de vigencia siguieron participando en los gobiernos de los cuatro presidentes civiles. Es el caso del Partido del Frente Liberal (PFL) y del Partido Progresista Brasileño (PPB).
Los dos primeros presidentes del actual ciclo democrático, José Sarney (1985-1990) y Fernando Collor de Mello (1990-1992), pertenecían a corrientes conservadoras a tono con los militares, aunque formalmente afiliados a otros partidos.
El actual presidente, Fernando Henrique Cardoso, cuyo gobierno comenzó en 1995, fue siempre acusado de traicionar sus orígenes de izquierda y su pasado de profesor de sociología perseguido por los militares, al acoger el PFL y el PPB en su gobierno de amplia coalición y por concederles varios ministerios importantes.
El casi seguro triunfo de Lula, del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), pondría fin este domingo a esa lenta y gradual transición de 17 años, con la previsible exclusión del gobierno de los partidos encabezados por políticos que respaldaron la dictadura.
Sin embargo, algunos de esos líderes, como Sarney y Antonio Carlos Magalhaes, ex presidente del Senado y ahora nuevamente senador electo, declararon su voto por Lula en la segunda ronda y mantendrán influencia política desde el Congreso legislativo.
Además, Lula no fue un candidato netamente de izquierda, sino de una coalición encabezada por el PT pero que incluye al Partido Liberal, dominado por líderes conservadores de iglesias evangélicas.
Algunos comentaristas indican estas elecciones como el fin de la era Cardoso, en referencia a su gobierno de ocho años. La posibilidad de la reelección del presidente fue implementada por primera vez en Brasil en 1998, lo que alargó su periodo.
Pero es también el fin de un ciclo, con la vuelta de la izquierda al gobierno 38 años después del golpe militar que derrocó al presidente Joao Goulart, del Partido Laborista Brasileño (PTB).
Este retorno se registraría tanto si triunfa Lula, como prevén todos los sondeos, como si el ganador es su rival en la segunda vuelta electoral, el oficialista José Serra, con muchas menos posibilidades.
Serra, incluso, sería un ejemplo más evidente del regreso de la izquierda al gobierno, pues en 1964, cuando presidía con 22 años la Unión Nacional de Estudiantes, fue uno de los primeros en la lista de personas cuya prisión fue decretada por los militares.
El entonces estudiante de ingeniería debió refugiarse en Chile y sólo retornó a Brasil en 1977, cuando la dictadura comenzaba la retirada. Ya posgraduado en economía, se sumó a la oposición a los militares.
A fines de la década del 60 y a comienzos de la del 70, Lula era sólo un líder sindical en ascenso. Su aparición como figura de proyección nacional ocurriría luego, cuando condujo huelgas masivas de obreros metalúrgicos en Sao Bernardo do Campo, centro de la industria automovilística cercano a Sao Paulo, y cuando fundó el PT en 1980.
Su elección como presidente de Brasil será también una ruptura con la historia brasileña desde la colonización por los portugueses, en que los pobres nunca tuvieron acceso al poder político, exclusivo de las elites, comentó a IPS el sociólogo Cándido Grzybowski, director del Instituto Brasileño de Análisis Sociales y Económicos.
En los tres intentos anteriores de Lula por llegar a la presidencia, en 1989, 1994 y 1998, pesó contra el dirigente su baja escolaridad, limitada a los cuatro años que correspondían a la enseñanza primaria obligatoria hasta los años 70 en Brasil.
Los prejuicios alimentaban la idea de que nadie puede asumir el principal cargo ejecutivo del país sin haber realizado estudios universitarios. Este argumento de sus rivales no tuvo efecto en las elecciones de este año.
El triunfo de Lula comprueba el fracaso de las elites, que siempre gobernaron el país, sentenció la activista Vivianne Senna, dirigente de una fundación conocida por sus iniciativas sociales y que lleva el nombre de su fallecido hermano Ayrton Senna, campeón de automovilismo.
En ese sentido, la llegada de un obrero a la presidencia cierra una era histórica de Brasil. Es como una nueva abolición de la esclavitud, como definen muchos simpatizantes del PT. (FIN/IPS/mo/mj/ip/02


