Los atentados cometidos en septiembre pasado contra Nueva York y Washington permitieron a la derecha de Estados Unidos imponer una política internacional formulada hace 10 años, basada sobre el dominio de Eurasia y las intervenciones militares unilaterales.
Los fragmentos de un documento redactado en una oficina del gobierno, publicados por el diario estadounidense The New York Times en la primavera boreal de 1992, proponían lo que un senador describió como literalmente una 'Pax americana'.
El legislador aludía a la Pax Romana, el periodo en que el Imperio Romano dominaba todas las costas del mar Mediterráneo y el noroeste de Europa, entre el año 27 antes de Cristo y el 180 de la era actual.
Se trataba de pasajes de un borrador de Guía para la Política de Defensa (DPG), elaborado poco después de la Guerra del Golfo de 1991 y formulado como la estrategia internacional estadounidense hacia el siglo XXI.
Sus autores eran dos funcionarios de la Oficina de Política del Pentágono (Departamento de Defensa) poco conocidos entonces. Se trata del actual subsecretario (viceministro) de Defensa, Paul Wolfowitz, y el actual asesor de Seguridad Nacional, I. Lewis Libby.
El documento proponía fortalecer el dominio militar de Estados Unidos sobre virtualmente toda Eurasia, para lo cual debía desalentar a competidores potenciales de aspirar siquiera a un mayor papel regional y mundial.
Wolfowitz y Libby también sugerían establecer una política preventiva contra los estados que pudieran desarrollar armas de destrucción masiva.
El borrador pintaba un mundo en que la intervención militar estadounidense debía ser precibida como una pieza constante del paisaje geopolítico y en que Washington actuaría como garante definitivo del orden internacional. El documento ni siquiera mencionaba a la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Estados Unidos no puede convertirse en la policía del mundo y corregir todos los errores, pero debe asumir la responsabilidad de corregir selectivamente errores que amenacen no sólo nuestros intereses, sino también los de aliados y amigos, o que causen seria inquietud en las relaciones internacionales, agregaba.
El texto exhibía la visión de un mundo dominado por el uso unilateral del poder militar estadounidense para asegurar la estabilidad internacional, promover los intereses nacionales e impedir cualquier posible desafío en el futuro previsible.
El DPG definitivo fue corregido hasta dejar irreconocible todo rastro de ese borrador, a instancias del entonces consejero de Seguridad Nacional Brent Scowcroft y del entonces secretario de Estado (canciller) James Baker.
Pero el espíritu del texto de Wolfowitz y Libby permaneció en la mente de sus dos autores y de su entonces jefe, el secretario (ministro) de Defensa Dick Cheney, hoy convertido en el vicepresidente más poderoso en la historia de Estados Unidos.
Estos dirigentes del Partido Republicano y sus allegados esperaron durante nueve años a que llegara el momento propicio para poner esas ideas en práctica.
El momento llegó en la mañana del 11 de septiembre de 2001, cuando dos aviones comerciales secuestrados se estrellaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York y un tercero contra el Pentágono, en Washington, con un resultado de al menos 2.800 muertes.
En los 12 meses siguientes, Cheney, Wolfowitz, Libby y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, entre otros funcionarios, forjaron lo que el ex embajador de Estados Unidos en la ONU Richard Holbrooke describió como una ruptura radical de 55 años de tradición bipartidaria en materia de política internacional.
Los grandes partidos estadounidenses, el Demócrata y el Republicano, ciñeron su estrategia diplomática desde la segunda guerra mundial (1939-1945) a los principios de contención, disuasión y mantenimiento del equilibrio del poder mundial, según el profesor de la Universidad de Georgetown G. John Ikenberry.
En un artículo titulado La ambición imperial de Estados Unidos, Ikenberry mencionó como segunda característica de esa política el internacionalismo basado sobre la construcción de instituciones y alianzas multilaterales para promover el libre comercio, la economía abierta y los valores democráticos.
Sucesivos gobiernos estadounidenses enfatizaron en una u otra característica de esa estrategia. Pero ahora, según Ikenberry, ambas fueron abandonadas al mismo tiempo.
Por primera vez desde la guerra fría, una nueva gran estrategia está moldeándose en Washington, afirmó el experto en su artículo, publicado por la revista Foreign Affairs.
Concentrar la atención sobre la acción internacional de Bush desde el 11 de septiembre pasado en la guerra contra el terrorismo equivale a dejar de lado propósitos y alcances más amplios, según Ikenberry.
Según el nuevo paradigma, Estados Unidos estará menos ligado a sus socios y a las normas e instituciones mundiales, mientras avanza en un papel más unilateral y anticipatorio al atacar las amenazas terroristas y enfrentarse con los 'estados renegados' en busca de armas de destrucción masiva, explicó.
Estados Unidos empleará su poderío militar sin par para manejar el orden mundial, concluyó Ikenberry.
En ese sentido, la guerra contra el terrorismo debe ser considerada la fachada de una estrategia mucho más ambiciosa de proteger el poder militar estadounidense en todo el mundo, en especial dentro y alrededor de Eurasia, y de segar los vínculos multilaterales que cohartan el poder y la libertad de acción de Washington.
Los ataques del 11 de septiembre pasado, atribuidos a radicales islámicos, y el rápido éxito militar de la respuesta estadounidense en Afganistán a los atentados pusieron fin a un empate en el gobierno de Bush.
Los contradictores son el secretario de Estado, Colin Powell, quien encabeza los internacionalistas partidarios del enfoque tradicional, y Cheney y Rumsfeld, quienes promueven la nueva estrategia, que antes recibía un apoyo marginal pero logró un impulso que nunca habría obtenido de no mediar los atentados.
La nueva estrategia es respaldada por una coalición integrada por viejos políticos derechistas con actuación en los gobiernos de Richard Nixon (1969-1974) y Gerald Ford (1974-1977), como Rumsfeld y Cheney, neoconservadores judíos vinculados con el gobernante partido israelí Likud y líderes cristianos.
Mientras, por paradoja, los internacionalistas encabezados por Powell reciben fuerte apoyo de veteranos de la presidencia de George Bush (1989-1993), padre del actual presidente, como Scowcroft y Baker, que no figuran en los puestos clave del actual gobierno.
El triunfo de la nueva alianza predominante en el gobierno llevó a Bush a respaldar al primer ministro israelí Ariel Sharon y a sabotear mecanismos internacionales como la Corte Penal Internacional para Genocidio y Crímenes de Guerra, creado en el marco de la ONU, y los acuerdos de desarme.
La fuerza que hoy controla el gobierno cree que el multilateralismo niega la naturaleza excepcional de Estados Unidos, desdeña a Europa y hasta desconfía de ella, está convencida de que el Islam radical es una gran amenaza para Occidente y concibe a Israel como aliado estratégico.,
La coalición derechista también considera a China como una amenaza estratégica a largo plazo con la que habrá que enfrentarse más temprano que tarde, aunque esa convicción debió acallarse para obtener el respaldo de Beijing hacia la estrategia internacional estadounidense, o al menos su anuencia. (FIN/IPS/tra- eng/jl/mj/ip/02


