DERECHOS HUMANOS-PAKISTAN: Refugiados afganos en la miseria

Miles de afganos, que huyeron de su país víctimas del hambre y la violencia, llevan ahora una vida miserable en Pakistán, ante la falta de dinero y de trabajo en los alrededores de los campos de refugiados.

Unos 177.000 afganos cruzaron la frontera hacia Pakistán desde septiembre, escapando de una prolongada sequía en su país y un cruento conflicto bélico entre el dominante movimiento fundamentalista islámico Talibán y la opositora Alianza Norte.

Pero su situación no mejoró, ya que aún afrontan grandes dificultades para sobrevivir, como es el caso de los 60.000 refugiados en el campamento de la aldea de Jallozai, a unos 25 kilómetros de la ciudad occidental paquistaní de Peshawar.

Allí concurren muchos comerciantes para vender productos básicos, pero se enfrentan a la falta de dinero de sus habitantes, que acostumbran pedirles comestibles a crédito. Tienen que esperar horas antes de lograr vender algo.

«¿Cómo voy a ganar el sustento para mi familia si empiezo a darle verduras a la gente que no tendrá con qué pagarme por una semana o más?», se explica Jabbar, comerciante procedente de la oriental provincia afgana de Ghazni.

El prefiere retiarse a su hogar sin haber vendido nada antes que luchar luego para recuperar el dinero de las ventas a crédito.

«La vida en Jabal Us Siraj se hizo imposible debido a los precios desorbitantes. El kilo de harina de trigo se vendía a tres dólares, y cinco litros de combustible para motores diesel a 14 dólares», contó Quadratullah, que escapó de esa norteña ciudad afgana.

Quadratullah es uno de los refugiados con mejores ingresos. Un comerciante paquistaní le paga una comisión de poco más de 25 centavos de dólar por cada bolsa de 20 kilos de harina que venda en Jallozai. Sin embargo, con dificultad llega a colocar una o dos bolsas por día.

El repentino cambio que tomó Islamabad en su política hacia los refugiados complicó su situación, pues el gobierno no les permite alejarse de los campamentos que rodean Peshawar, cerca de la frontera con Afganistán.

«Mi esposo no puede salir del campamento para buscar trabajo pues la policía lo puede arrestar y deportar a Afganistán por no poseer documentos que acrediten una estadía legal o por no estar registrado como refugiado», explicó Tajber, madre de cinco hijos procedente de la provincia afgana de Takhar.

La mujer gana 25 centavos de dólar por hilar un kilogramo de lana sin refinar, trabajo que le toma más de dos días. «No tenemos otra opción que aceptar este trabajo», dijo Tajber.

El hilo de lana es utilizado para la fabricación de alfombras, una industria que floreció en la frontera septentrional paquistaní en las últimas dos décadas gracias a la presencia de mano de obra afgana.

Tajber no puede rechazar el empleo a pesar de que supone un enorme trabajo por muy poco dinero, ya que es la única fuente de ingresos de la familia, que vive en una pequeña tienda hecha con láminas de plástico en el campamento de Jallozai.

La imagen de hombres y mujeres afganos ocupados en el hilado de lana en la puerta de sus tiendas, mientras sus hijos juegan alrededor, es algo común en este campamento. El caso de Tajber es similar al de todas las familias en Jallozai.

Los refugiados esperan que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) los traslade de este «cementerio viviente» a un lugar más higiénico y seguro.

«Este se convertirá en un lugar peligroso no sólo para sus habitantes, sino también por la gente que vive en las zonas adyacentes, entre ellas Peshawar», afirmó uno de los médicos del campamento, de una agencia de asistencia internacional.

Los temores de una epidemia en el campamento aumentan ante la ausencia de un sistema sanitario adecuado y el creciente número de personas que viven amontonadas en lugares con pocos baños.

El constante mal olor que procede de los baños, separados por láminas de plástico entre las tiendas, hacen la atmósfera inaguantable para cualquier visitante.

La sobrevivencia diaria es un verdadero desafío para los refugiados. «La mayoría de nosotros no podemos alimentar a nuestra familia dos veces al día», aseguró Mohammed Nabi, de Kabul, que llegó al campamento hace 40 días.

Muchos hombres se resignan a estar sin trabajo, por miedo a ser arrestados si salen del campamento a conseguir uno, con lo cual la mayoría de las familias no tienen ingreso alguno.

Aquellos que obtienen algún tipo de empleo dentro del campamento generalmente lo hacen en el hilado de lana, pero existen tantos expertos en este rubro que los empleadores se aprovechan de la situación para explotarlos.

«Antes pagaban más de un dolar por cada kilogramo, pero ahora, con tanta gente disponible en el campamento, sólo dan 25 centavos de dolar por la misma cantidad», dijo el refugiado Ghulam Nabi.

La pobreza se convirtió así en un serio problema para muchos refugiados, que no tienen lo necesario ni siquiera para poder pagar el entierro de algún familiar y deben hacer colectas para adquirir un ataúd.

Pero ACNUR comenzó a aliviarles la carga al menos un poco: desde febrero les proporciona en forma gratuita todo el material necesario para los entierros. (FIN/IPS/tra-en/ny/js/rp/aq/hd pr/01

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