Concentrar todas las llagas nacionales en cien minutos de película parece haber sido el propósito de "Crónicamente inviable", un libelo contra las deformaciones de la sociedad brasileña.
Sergio Bianchi, un cineasta de 55 años, marginal y de obra escasa, revive la ambición del "cinema novo" de los años 60: explicar y sintetizar en un solo filme el subdesarrollo nacional.
El muestrario de vilezas es sofocante: la policia apalea gratuitamente a indígenas y negros, un escritor sobrevive traficando órganos humanos, extensiones interminables de bosques amazónicos quemados, la prostitución masculina y el cinismo de los ricos para justificar su corrupción y las muertes que provocan al atropellar niños con sus automóviles.
Mezcla de ficción y documental, la película tuvo una sorprendente acogida de público, aunque limitada a unos 50.000 espectadores hasta ahora. Es que su exhibición se redujo a pequeños "cine arte" de Río de Janeiro y Sao Paulo.
Distribuída por Riofilme, una empresa creada por la municipalidad de Río de Janeiro para fomentar el cine nacional, sólo se distribuyeron cinco copias para el lanzamiento de "Crónicamente inviable".
La previsión era de un máximo de dos semanas de exhibición y escasos interesados, el destino de toda película brasileña de pretensiones intelectuales.
Pero el filme de Bianchi ganó la atención de un público joven, aplausos en algunas salas y el elogio de los críticos, y promovió debates entre estudiantes. Con una mejor distribución, podría ser visto por un público mucho mayor, señaló el director, aunque sin lograr que Riofilme siguiera su consejo.
La película sigue en cartelera en las dos mayores ciudades del país, dos meses y medio después de su estreno. Es un triunfo, si se considera que la obligación de las salas de cine de exhibir películas nacionales, decretada hace un mes por el gobierno, se limita a 28 días.
Los tres largometrajes anteriores de Bianchi pasaron prácticamente inadvertidos. De pocos amigos en el medio, por su temperamento agresivo y sus constantes peleas con colegas, productores y autoridades, el director encontró dificultades para financiar "Crónicamente inviable".
La producción se prolongó más de cinco años y estuvo al borde del naufragio. El costo final, de cerca de 800.000 dólares, es bajo en comparación con los presupuestos que se manejan actualmente en el cine brasileño.
La historia que cuenta, secundaria y de escaso filo dramático, se desarrolla en torno de un restaurante de cierto nivel. Es sólo un pretexto para mostrar la abyección de propietarios, empleados y clientes y las lacras de las regiones del país de las que estos proceden, de norte a sur, del este a oeste.
La gerente del restaurante, una mestiza de origen indígena, soportó de niña el duro trabajo de producir carbón vegetal. Ahora maltrata a los camareros y simula practicar la asistencia social a pobres e indígenas. Esa supuesta filantropía encubre la venta de niños para adopción y para el tráfico de órganos humanos.
Los órganos extraídos son llevados a su destino por un escritor y sociólogo, que así recorre el país y registra las ignominias sociales. Como "escribir libros no da para sobrevivir", recurre al trabajo sucio.
Los camareros del restaurante buscan ingresos adicionales en la prostitución o tratan de asegurarse el empleo manteniendo relaciones sexuales con su patrón. Una cliente se divierte observando la pelea entre niños de la calle que se disputan los juguetes donados por ella misma.
Mendigos impedidos incluso de alimentarse de la basura, asaltos violentos, la tortura policial, muertes y peleas en el tránsito, dibujan un panorama nacional sin solución y explican el título de la película. Los ricos justifican sus fraudes, porque en el país "todos son trapaceros".
La desigualdad social, el contraste entre la población de las calles y los que pueden comer en el restaurante, es el tema tratado con más insistencia, acompañado de explicaciones cargadas de cinismo de ambas partes.
El final es la escena más provocadora, según comentó el periodista y escritor Mario Sergio Conti en el diario Folha de Sao Paulo, impresionado por el fuerte impacto de la película, que reactivó el debate sobre la función política del cine.
Una mujer que vive en la calle, representando la miseria más absoluta, aconseja a su hijo de unos ocho años ser "siempre honesto" y le augura el destino de "gran hombre". ¿Pura ironía o una manifestación de esperanza en el futuro, de supervivencia de la dignidad entre los pobres?
Esa puede ser la razón de la inesperada audiencia y repercusión de la película.
En medio de un cine brasileño de correcta conducta, que se esmera por agradar al mercado y a los jurados del Oscar de Hollywood, surge una obra de escenas brutales, molestas, que obligan a reflexionar y a discutir la realidad y el rumbo del país, destacaron algunos críticos. (FIN/IPS/mo/ff/cr/00


