La incertidumbre prevalece en México ante las elecciones presidenciales del 2 de julio, aunque parece claro que nada será igual después de esa fecha para el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ni para las estructuras que creó en 71 años de inserción en el poder.
La lucha parece centrarse entre Francisco Labastida, del PRI, y Vicente Fox, del conservador Partido Acción Nacional (PAN), en tanto Cuauhtémoc Cárdenas, del centroizquierdista Partido de la Revolución Democrática, aparece en un lejano tercer puesto.
El nuevo presidente, que asumirá en diciembre por un período de seis años, enfrentará fuertes contrapesos políticos en legislaturas y gobiernos locales.
Las encuestas revelan una diferencia mínima entre los candidatos, un fenómeno sin precedentes en un país donde el PRI, en el poder desde 1929, siempre ganó por amplio margen, aunque en procesos inequitativos o claramente fraudulentos, según la oposición.
En las elecciones presidenciales de 1994, Ernesto Zedillo ganó por ocho millones de votos (23,5 por ciento) y en 1988, su antecesor, Carlos Salinas, lo hizo con 3,2 millones (19,2 por ciento).
Hoy, la diferencia entre el primero y el segundo podría ser de cientos o incluso de decenas de votos, en unas elecciones en las que se espera que acudan a las urnas de 40 a 50 millones de personas.
Si Labastida gana con un margen pequeño se esperan impugnaciones, movilizaciones y una campaña internacional de la oposición dirigida a denunciar que el PRI usó recursos públicos para impulsar a su candidato y presionó a la población, vaticinó el analista Luis Rubio.
Se esperan días difíciles. Las autoridades electorales, independientes por primera vez del gobierno para el caso de una elección presidencial, deberán dictar veredicto y los mercados financieros sufrirán sobresaltos.
Fox advirtió que en caso de perder por menos de 10 por ciento podría desconcer los resultados y Rubio opinó que sólo si el candidato del PRI se impone con más de cinco por ciento de diferencia, la oposición no tendría otra alternativa que aceptar su derrota.
No se puede descartar el triunfo del PRI, pues se trata de un partido poderoso "dotado de una amplia estrctura propia, muy bien financiado, que tiene a su favor la cultura de la inercia y el apoyo, ya ni siquiera disimulado, del aparato gubernamental y los medios electrónicos, dijo el analista Miguel Granados.
Sin embargo, de ganar otra vez el PRI, en el parlamento habría una oposición sustantiva y agraviada, lo mismo que en los gobiernos locales y en toda la base de la sociedad, estimó el historiador Lorenzo Meyer.
En esas condiciones, añadió, los engrenajes de la "oxidada maquinaria 'priista' tendrán enormes dificultades para seguir funcionando".
Un triunfo de Fox, aunque sea estrecho, difícilmente despertará protestas del partido gobernante, pues sus estructuras no parecen preparadas para ello, según los observadores.
Desde 1989, cuando el PRI perdió su primera elección, siempre reconoció una derrota y hoy, un tercio de los 100 millones de mexicanos vive en estados gobernados por la oposición.
"No es que el que el PRI tenga que perder para que nuestro país merezca el adjetivo de demorcático, pero hasta que eso no suceda permanecerá la incógnita sobre la posibilidad de éxito del una transmisión pacífica del poder de un partido a otro a nivel nacional", dijo María Casar, directora de Estudios Políticos del Centro de Investigación y Docencia Económica de México.
Si gana Fox, México cambiaría para siempre y el PRI se consumiría en un proceso de linchamiento, asignación de culpas y responsabilidades, y con suerte, en un intento de reorganización y restructuración, señaló Rubio.
Pero más allá de los análisis, con un triunfo de Fox -postulado por una alianza del PAN y el Partido Verde Ecologista, todas las estructuras corporativas que desarrolló el PRI en sus 71 años de poder, como sindicatos y organizaciones rurales, sufirán un fuerte impacto.
La cercanía de las principales organizaciones sociales con el PRI salvaron al gobierno mexicano de huelgas nacionales y otro tipo de manifestaciones políticas que fueron frecuentes en la mayoría de países de América Latina durante el siglo XX.
Los optimistas argumentan que si el PRI pierde podría transformarse en un partido verdaderamente democrático, capaz de sobrevivir e incluso florecer. Esto podría resultar verdad, pero no sucedería de la noche a la mañana y el proceso sería duro y prolongado, dijo Laurence Whitehead, de la Universidad de Oxford.
El resultado de la elección presidencial es incierto y el futuro también. Eso es bueno, pues demuestra que México ya transita por la democracia, comentó Meyer. (FIN/IPS/dc/ag/ip/00


