AGRICULTURA: Alimentos transgénicos en el centro del debate

Argentina y Estados Unidos encabezan la lista de países que más expandieron la superficie sembrada con semillas genéticamente modificadas, una tecnología nueva que está en la mira de diversos grupos de interés.

En Argentina, 70 por ciento de la superficie sembrada con soja este año proviene de semillas transgénicas y lo mismo ocurre con un amplio porcentaje de la destinada al maíz.

En Estados Unidos, casi la mitad de la superficie sembrada con soja corresponde a la variedad modificada, y un tercio de la de maíz.

Entre los dos países suman más de 30 millones de hectáreas cultivadas con transgénicos. Hace sólo tres años, había en todo el mundo unas dos millones de hectáreas cultivadas con estas semillas, según estimaciones de organismos internacionales.

Expertos y ambientalistas, según los cuales los alimentos elaborados a partir de semillas manipuladas genéticamente podrían provocar alergia en personas sensibles o resistencia a los antibióticos a largo plazo, las llaman sin eufemismo "semillas Frankestein".

Emiliano Ezcurra, de la organización ambientalista internacional Greenpeace, dijo a IPS que la biotecnología está en etapa embrionaria y no se debería correr riesgos antes de estudiar sus efectos a largo plazo.

Por precaución, cada vez más empresas, como la de alimentos para niños Gerber y la cadena Mc Donald's, aclaran que no utilizan este tipo de productos, para ganar la confianza de los clientes.

Otros acusan de monopolio a las cinco grandes empresas transnacionales que manejan prácticamente todo el comercio de semillas transgénicas, a través de las patentes: Monsanto, Novartis, Astra-Zeneca, Aventis y DuPont.

Por último, el debate sobre la biotecnología crece a medida que se acerca la fecha en que debería lanzarse la "Ronda del Milenio" durante la Conferencia Ministerial de la Organización Mundial de Comercio, que se celebrará del 30 de este mes al 3 de diciembre en Seattle, Estados Unidos.

Estados Unidos y otros países con fuerte desarrollo de su sector agropecuario reunidos en el Grupo Cairns reclamarán que se ponga fin a los subsidios que representan una traba al comercio.

Estados Unidos, la Unión Europea y Japón gastan cada año más de 300.000 millones de dólares en subsidios, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. Y en materia de biotecnología, muchos sospechan que la resistencia de los consumidores tiene este asunto como telón de fondo.

El ingeniero Enrique Suárez, del área de Biotecnología Vegetal del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, dijo a IPS que hay razones económicas, ambientales y políticas para justificar el rechazo a este tipo de desarrollo.

"Los europeos pueden alegar problemas de calidad para no comprar, y eso provoca en los consumidores una reacción genuina de temor, pero yo me pregunto: ¿saben esos mismos consumidores que los medicamentos que toman y dan a sus hijos provienen de organismos modificados sin que los estados se opongan?", apuntó.

El experto consideró que todavía existe gran desconocimiento sobre estos temas y un fuerte manejo de la opinión pública por parte de grupos de interés. Pero si estos desarrollos son sometidos a los debidos controles, no hay por qué temer.

Sobre las acusaciones de monopolio a las empresas transnacionales, Suárez aseguró que en el caso de las semillas de soja, las que obtiene el productor mediante la cosecha conservan sus cualidades, pero no ocurre así en el caso del maíz o el girasol, que son híbridos.

En relación con el impacto ambiental, admitió que podría haber algunos inconvenientes que aún deben tenerse en cuenta, como por ejemplo el caso de variedades modificadas genéticamente para que resistan al herbicida, y contaminan a las malezas.

"Sería un efecto no buscado si las especies afines se cruzan en el terreno en forma natural, y la especie nativa -que debe morir- se vuelve resistente a los herbicidas", admitió.

Sin embargo, el experto remarcó que en los años 80 se hizo extensivo el uso de fertilizantes, plaguicidas y herbicidas que no son inocuos para el ambiente o el consumo humano, y con la biotecnología se redujo su uso porque las nuevas variedades no los requieren.

Desde el punto de vista alimenticio, Suarez sostuvo que con los correspondientes controles en cada país, no debería haber riesgos, aunque también señaló que hay algunos comportamientos irresponsables por parte de las empresas.

Un ejemplo de esto es el caso de una proteína brasileña de nuez, que se introdujo en una variedad de soja para hacerla más interesante desde el punto de vista nutritivo. Esa variedad provocaba alergia en consumidores vulnerables, reconoció.

Esta polémica, a la que los consumidores argentinos permanecen en gran medida al margen, podría trasladarse a la Ronda del Milenio y exigirá a los gobiernos de países agricolas a desarrollar una estrategia comercial diferenciada para la venta de sus productos.

El secretario de Agricultura de Estados Unidos, Dan Glickman, y el responsable argentino del sector, Ricardo Novo, coinciden con Suárez en que los europeos se quejan por los alimentos y no por los medicamentos, y están decidios a defender esta tecnología. (FIN/IPS/mv/ag/en/99

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