FILIPINAS: Trabajadores que vuelven al país encuentran desamparo

La mayoría de los trabajadores filipinos que regresan del exterior, adonde fueron en busca de mejores horizontes y en cambio resultaron explotados y maltratados, no encuentran apoyo del gobierno ni de sus familias.

No se conoce el número exacto de filipinos que vuelven cada año a su país, porque las agencias del gobierno consideran que el recuento sería demasiado costoso.

Pero los 4,5 millones de filipinos que trabajan en forma legal o ilegal en el extranjero probablemente volverán a su hogar, por razones que van desde el fin de un contrato, pasando por la enfermedad y los abusos, hasta la añoranza por su tierra.

Filipinas, que el año pasado recibió 7.400 millones de dólares en remesas de trabajadores en el exterior, no sabe cómo tratar a esa población desplazada, que al volver necesita ayuda para encontrar una fuente estable de ingresos y también para readaptarse a las costumbres de su tierra.

La Administración para el Bienestar de los Trabajadores en el Exterior ofrece programas de reinserción desde 1988, pero la gestión no es muy eficaz debido a una combinación de factores entre los cuales figuran la burocracia, la mala planificación y la falta de interés.

Uno de los funcionarios de la Administración admitió que la gestión de la agencia es sólo "una gota que se agrega al balde".

Por su parte, Roger Bohning, director de la Organización Internacional del Trabajo para Asia sudoriental y del Equipo Asesor Multidisciplinario del Pacífico, de Manila, indicó que "Filipinas tiene un sistema legislativo y administrativo para ocuparse de los emigrantes que regresan".

Pero "las intervenciones económicas (de la Administración), aunque sus motivaciones son nobles, parecen algo torpes y quizá bastante ineficaces, vistas desde afuera", admitió.

El sistema de la Administración, altamente centralizado, hace que muchos servicios sean inaccesibles para quienes viven en la zona rural.

La Comisión Católica Internacional de Migración advirtió que 70 por ciento de los filipinos que vuelven al país ni siquiera saben que existen programas estatales de reinserción.

Naty, por ejemplo, supo de esos servicios luego de varios meses de haber vuelto a su hogar, y quien la informó fue Kanlungan, una organización no gubernamental (ONG) que le brindó asistencia psicológica, apoyo legal y vivienda desde su regreso al país, en 1997.

Naty, que trabajó durante un año como empleada doméstica en Riyadh, Arabia Saudita, fue violada dos veces por el hijo de su empleador. La Administración de Filipinas la ayudó a salir de allí, pero nadie le informó sobre la existencia de los programas de reinserción, que incluyen tratamiento psicológico.

El principal interés de Naty, cuando se enteró de ese servicio, era el sistema de referencias laborales de la Administración.

Conseguir un trabajo también llevó tiempo, ya que Naty, de 29 años, fue considerada demasiado vieja en dos agencias de empleo a las cuales la había recomendado la Administración.

Tuvo suerte en la tercera oportunidad, y consiguió un puesto de conserje en un hospital. Pero el sueldo era muy bajo, así que Naty sigue esperando una nueva propuesta de trabajo.

Su comentario acerca del servicio de reinserción que brinda el Estado a los emigrantes que vuelven fue lapidario. "Por Dios. Me llené de canas", se quejó.

Los funcionarios de la Administración insisten en que alientan a los trabajadores que emigran a ahorrar e invertir en pequeñas empresas.

Pero conseguir ese capital lleva años, y los emigrantes suelen cargar con las necesidades financieras de su familia directa, y con las de sus amigos, que se niegan a entender que trabajar en el exterior no es sinónimo de hacerse rico.

Un estudio hecho por la Administración de Empleos en el Extranjero en 1998 reveló que el establecimiento de una empresa era lo último en la lista de prioridades de los trabajadores emigrantes.

Los encuestados dijeron que gastan las remesas en educación y necesidades básicas como alimentación, vivienda, vestimenta y atención médica.

Remy Borlongan, una viuda de 43 años que pasó 12 trabajando en Hong Kong como empleada doméstica, al igual que otros 70.000 filipinos, agotó en pocos meses sus ahorros, ya que no consiguió empleo estable en su país por estar "pasada de edad".

La mayor parte del salario de Borlongan mientras trabajaba en Hong Kong se destinó a cubrir las necesidades básicas y la educación de su hijo, que se quedó en Filipinas.

Borlongan y su hermana, que aún trabaja como empleada doméstica en Hong Kong, invirtieron también parte de sus salarios en la restauración de la casa familiar, que aún no fue terminada.

Las ONG sostienen que la gente como Borlongan no accede fácilmente al servicio de seguimiento sicológico, ya que ni siquiera se supone que tenga problemas de ese tipo.

Malou Alcid, de Kanlungan, señaló que, dado que ni siquiera existe un programa especial para quienes sufrieron abusos en el exterior, aquellas personas que no vivieron ninguna situación crítica no deben esperar nada.

Sin embargo, David Dicang, del Departamento de Información y Publicaciones de la Administración para el Bienestar de los Trabajadores del Exterior, aseguró que la agencia brinda "asistencia social" a las esposas de los trabajadores en el exterior.

El programa se extendió en los últimos años hasta incluir a los esposos de las mujeres que se van a trabajar al exterior, y a las familias que quedan en el país, agregó Dicang.

Pero la directora de Planes y Programas de la Administración, Antonieta Dizon, admitió que la agencia no podría ayudar a todos los emigrantes que vuelven.

El fenómeno del "trabajador filipino en el exterior es resultado de los problemas económicos del país. La Administración intenta componer algunas cosas, atender problemas específicos y sólo ciertos casos", indicó Dizon.

Pero "no puede responder a la otra cara del problema, es decir al regreso de los emigrantes, sobre todo cuando son muchos", admitió. (FIN/IPS/tra-en/cij/ccb/ceb-mlm/lb/99

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