PERU: De esposas de mineros a empresarias

Un proyecto que busca convertir a 300 esposas de mineros víctimas del desempleo y la pobreza en empresarias, a través de la promoción del ahorro y el crédito, se ejecuta en esta ciudad de los Andes centrales de Perú.

"Ahora soy empresaria. Antes me decían la esposa de Toribio, el minero. En cambio ahora tengo mi propio dinero y puedo comprar y vender mis animalitos", refiere María Mayta, una de las beneficiarias, y su rostro cetrino se ilumina con una amplia sonrisa.

La provincia de Yauli-La Oroya es una región minero- metalúrgica. Alguna vez fue también un centro agropecuario, pero los gases tóxicos, los relaves y otros desechos mineros la convirtieron en una de las áreas ambientales más críticas del país.

A diferencia de otras ciudades andinas donde los colores estallan violentamente, aquí todo adquiere una monotonía grisácea: el cielo, las laderas peladas de los cerros y las casas modestas. Los pastos lucen amarillentos y las aguas discurren pesadas y viscosas.

Sus pobladores tienen expresión cansada, parecen faltos de sueño. Algunos presentan manchas en la piel. "Es la polución", dice alzándose de hombros el dueño de un hotel. "Acá todo está un poquito contaminado", admite con resignación.

A la destrucción de la flora y fauna típicas y la pérdida de recursos hidrobiológicos por la contaminación, se sumó la erosión de suelos, el sobrepastoreo y la migración de quienes huían de la violencia política de otras zonas andinas y creían encontrar en el salario minero un seguro para enfrentar la creciente pobreza.

No fue así. La minería decreció, la agricultura resultó insuficiente para satisfacer la demanda, la salud de la población se deterioró por el consumo de agua y carnes contaminadas, y aumentaron los índices de desnutrición.

La peor parte la cargaron las mujeres, aunque las estadísticas parecieran indicar lo contrario: en diez años, la participación económica masculina descendió más de 20 por ciento, por efecto de la privatización del complejo minero más grande del país.

En tanto, la participación femenina subió casi 40 por ciento. De ellas, 21 por ciento se convirtieron en jefas de hogar ante la ausencia de sus parejas.

"Las mineras tuvieron que dejar sus ocupaciones tradicionales de esposas y madres para dedicarse a la actividad económica, tarea para la que no estaban capacitadas", rememora Esther Hinostroza, directora de Filomena Tomayra, la entidad ejecutora del proyecto.

"El comercio informal ambulatorio fue la solución pero la presión fue tan grande que al poco tiempo colapsó", agrega.

En las zonas andinas, la minería es una actividad vetada para las mujeres, que no pueden ni siquiera acercarse a los socavones.

Incluso los altares de la Virgen María, ante los cuales se postran devotamente los varones antes de su faena, están ubicados a varios metros de las entradas que conducen a las entrañas de la tierra, cuyo interior es dominio del "supay" o demonio.

A las esposas de los mineros, por extensión, se les denomina también "mineras".

Basada en esta realidad, la organización no gubernamental Filomena Tomayra elaboró el proyecto de crédito y gestión empresarial, de ambicioso alcance: beneficiar a un total de 17.000 mineras en los próximos tres años.

Además de crédito, a las 300 beneficiarias actuales se les brinda asesoría y capacitación para que funjan de promotoras en el futuro.

La asociación tomó su nombre de la esposa de un minero que murió en Lima en 1982 al dar a luz luego de una "marcha de sacrificio" de 185 quilómetros impulsada por el sindicato para reclamar mejores condiciones salariales y de trabajo.

Filomena tenía 19 años y desde entonces pasó a convertirse en la heroína popular para cientos de mineras.

Los bancos comunales funcionan bajo el sistema de banca solidaria, es decir que todas sus integrantes se responsabilizan en conjunto por la devolución del préstamo individual.

El banco empieza a funcionar con un crédito mayor que, en este caso, fue otorgado por el Fondo Contravalor Perú-Canadá, con plazos de devolución claramente establecidos.

A través del Comité de Administración, el banco divide el préstamo global en pequeñas cantidades que otorga en forma individual a cada integrante de los grupos solidarios para que sea invertido en actividades generadoras de ingresos, previamente identificadas (artesanía, crianza y venta de animales menores, engorde de ganado).

Las devoluciones y pagos se efectúan de acuerdo a un cronograma, durante reuniones en las cuales se evalúan las inversiones, el funcionamiento del banco y del grupo y se les actualiza en los temas de gestión empresarial que requieren.

"Bastante he aprendido, antes todo lo hacía mi esposo. El llevaba las cuentas de los gastos y me daba cuando quería. Ahora yo también manejo dinero y él me consulta, siento que valgo", dice Marcelina Flores, una de las socias.

"Ya no estamos sentadas esperando que nos regalen cosas o comida, ahora nosotras mismas producimos, invertimos y cosechamos los frutos", afirma otra socia.

Los testimonios se multiplican. Todas quieren dar el suyo, decir que han recuperado la esperanza, que han aprendido a valorarse como personas, que quieren seguir adelante.

En el recuerdo quedaron los tiempos en que se veían obligadas a mendigar en la capital departamental y en Lima, mientras sus esposos estaban en huelga.

Sin embargo, el modelo del banco comunal es todavía una experiencia en pleno desarrollo que ha obligado a modificar algunos conceptos, aun a las ejecutoras del proyecto.

"Queremos ser instrumentos de desarrollo y no simples facilitadores de crédito, mejorar la calidad de vida de las mineras, potenciar sus habilidades y capacidad y replicar esos cambios en contextos mayores al ámbito familiar", dice Hinostroza.

"Sabemos que es un reto muy grande, pero un primer fruto es el rescate de su autoestima, algo muy importante que no siempre es tomado en cuenta en los proyectos de desarrollo", concluye. (FIN/IPS/zp/dg/pr-if/97

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