AMERICA LATINA: Cuando la tierra se muere

Adelaida contempló con tristeza el cerro que exhibía descarnadamente rocas, piedras y polvo y recordó los días de su niñez cuando llevaba a pastar el ganado. Venados, zorros, aves diversas y uno que otro cultivo completaban el hoy desolado paisaje.

Lejos de allí, en otra parte del extenso territorio latinoamericano, una mujer se inclina bajo el peso de la leña que carga en la espalda. Año a año debe andar más para recolectar las ramas secas que le servirán para cocinar. Es como si el bosque caminara, pero para atraá.

Son dos caras de un mismo problema: la desertificación y la deforestación. Problemas que afectan a la cuarta parte de la superficie terrestre, más de cien paises en vías de desarrollo que en relación a sus recursos naturales se encuentran peor que hace 15 años, cuando se dio la primera voz de alerta mundial.

Cada año desaparecen en el planeta seis millones de hectáreas de tierras agrícolas, en tanto que otros 21 millones de pastizales y bosques nativos se tornan incapaces de albergar vida o regenerarse. Se vuelven improductivos e inservibles.

Para especialistas como el francés Jacques Costeau, la destrucción de los bosques es la mayor amenaza para el ecosistema global. No falta quienes advierten sobre el agotamiento de los recursos de la Amazonia, una de las zonas del planeta más castigadas por la deforestación.

En términos globales, la transformación de tierras fertiles en desiertos afecta de una forma u otra a 900 millones de personas, la sexta parte de la población mundial.

Las mujeres rurales resultan las más afectadas por este proceso, debido al vínculo natural que existe entre el tipo de trabajo que realizan, la energía y el medio ambiente, vínculo que muchas veces no es advertido ni por las propias protagonistas, para quienes la preocupación inmediata es conseguir ingresos.

Sin embargo, son ellas las que deben dedicar largas horas a la producción de alimentos y a la generación de ingresos, además de recolectar combustible y agua desde fuentes lejanas.

Un estudio realizado por el Banco Mundial a comienzos de la década estimaba que las mujeres del desierto costero de Perú y Ecuador recorrían en promedio entre cinco a 10 quilómetros diarios para acarrear leña.

Sin embargo, en las zonas andinas caminaban más del doble y empleaban en esa tarea unas cuatro horas diarias. En total, entre recoger leña, cocinar, labores de limpieza y del campo, laboraban más de once horas al día.

Su situación no obstante, era privilegiada si se comparaba con las mujeres rurales de Haití, que deben caminar decenas de quilómetros para obtener combustible y trabajan en promedio 16 horas diarias.

A puertas del tercer milenio, en muchos lugares de América Latina no se conoce la electricidad y la única fuente importante de energía está constituida por la leña.

Por tanto no es de extrañar que, de acuerdo a la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el ritmo de deforestación en la región supere el millón de hectáreas anuales.

Y pese a ello, para el año 2000, 342 millones de habitantes rurales de América Latina experimentarán un grado extremo de escasez de leña.

El agrónomo Benjamin Almanza estima que una aldea pequeña, con una población de 30 a 40 familias, requiere de unas 20 hectáreas de bosque anuales para asegurar sus necesidades de combustible. Y una comunidad de 10.000 personas requiere de mil hectáreas de bosque.

La mayor parte de la producción de madera de América Latina y el Caribe, afirma, está constituida por leña, lo que quiere decir que a largo plazo los bosques se convertirán en cenizas.

Sólo una pequeña porción es madera industrial, que tampoco se salva de la destrucción. Un informe de la FAO sobre los recursos renovables en Argentina, revela el agotamiento de maderas de ley como cedro, roble criollo y otras especies debido al "manejo destructivo de los recursos naturales renovables".

Ese mal manejo ha propiciado también la desaparición de ecosistemas productores de bienes naturales multiuso que proveían alimento humano, forraje concentrado en frutos, materia prima para bebidas alcohólicas, miel y maderas.

Hasta 1994, según la FAO, se habían deforestado alrededor de 10 millones de hectáreas de reserva en Argentina y se preveía que entre 40 a 50 millones seguirían el mismo destino.

En Perú, uno de los países más afectados por la deforestación, se estima que anualmente se pierden 300.000 hectáreas de tierras amazónicas, el 70 por ciento en la denominada selva alta, el territorio más rico en biodiversidad.

Hasta 1995 el área deforestada de la Amazonia peruana era de ocho millones de hectáreas, es decir 11 por ciento de su área total, constituida por 75,5 millones de hectáreas. En las regiones andinas la deforestación se acerca a las 100.000 hectáreas por año.

A estas altas tasas de deforestación, Perú debe sumar los casi 45 millones de hectáreas de desierto de sus valles costeros, donde paradójicamente, se encuentran también las tierras agrícolas más productivas de este país.

Para el ex rector de la Universidad Nacional Agraria José Dance, la deforestación amazónica es alarmante pero a largo plazo es más grave la de las áreas andinas.

"En la amazonia la propia naturaleza se encarga de recuperar una parte de los bosques, lo que no ocurre en las zonas de sierra donde hay que reforestar e incluso, forestar", expresa.

Señala el caso de Cajamarca, un departamento peruano con 505.000 hectáreas de bosques tropicales, de los cuales 426.000 han sido depredadas.

De otro lado, la deforestación propicia la proliferación de "catástrofes naturales" (aluviones, derrumbes, deslizamientos de tierras) que en realidad son causados por la destrucción de los bosques: los cerros "pelados" no sirven como muro de contención de las intensas lluvias. (FIN/IPS/zp/dg/en/97

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