AMERICA LATINA: Mujeres y seguridad alimentaria, un tema vital

La participación de la mujer es uno de los temas claves en las políticas de seguridad alimentaria que los gobiernos de América Latina analizarán desde este martes en Asunción.

Convocados por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), expertos y ministros de 33 países latinoamericanos y caribeños se darán cita hasta el sábado en la capital de Paraguay.

La conferencia bianual número 24 de FAO en la región definirá los planteamientos comunes para la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, convocada entre el 13 y el 17 de noviembre próximo en Roma.

La cita mundial, que coincidirá con el 50 aniversario de la FAO, consignará en una Declaración Política y un Plan de Acción los compromisos de todos los jefes de estado y de gobierno del mundo para combatir el hambre y la desnutrición.

Si bien las estadísticas mundiales registran "bolsones" de miseria en países industrializados, es en el mundo en desarrollo donde persisten los mayores problemas alimentarios en términos de desnutrición crónica.

El conjunto de los países en desarrollo tiene en la actualidad un promedio de consumo diario de 2.520 calorías por habitante, que crecerá según estimaciones a 2.730 calorías en el año 2010.

En el mismo lapso, los países industrializados elevarán su consumo alimenticio diario per cápita de 3.330 a 3.470 calorías, en tanto el antiguo mundo socialista la incrementará de 3.160 a 3.380 calorías.

En el "ranking" tercermundista, América Latina y el Caribe aparecen con una posición más favorable que las empobrecidas regiones del Africa subsahariana y el Asia meridional.

Los latinoamericanos y caribeños, que alcanzaron a comienzos de la presente década un consumo promedio por habitante de 2.740 calorías, llegarán en el 2010 a las 2.950, según las proyecciones de FAO.

Hacia 1990, Haití, Bolivia y Perú mostraban índices de consumo inferiores a las 2.100 calorías, mientras en Guatemala, Panamá, Nicaragua y República Dominicana la ingesta fluctuaba entre las 2.100 y las 2.300 calorías.

Guayana y Honduras disponían entre 2.300 y 2.500 calorías por persona, en tanto el rango de 2.500 a 2.700 reunía a El Salvador, Paraguay, Suriname, Colombia, Trinidad y Tobago, Ecuador, Chile, Venezuela y Uruguay.

Costa Rica, Brasil y Argentina estaban en la categoría de 2.700 a 3.000 calorías y sólo Cuba y México aparecían hacia 1990 en el grupo de naciones en desarrollo con un consumo promedio diario por habitante superior a las 3.000 calorías.

Es sabido que así como hay desigualdades entre países, también las hay al interior de las propias naciones, con casos como los de Brasil y México, donde la abundancia no impide una incidencia importante de la llamada geografía del hambre.

Alejandro Schetjman, experto de la oficina regional de FAO con sede en Santiago de Chile, señaló a IPS que en la disponibilidad de alimentos influyen variados factores, con la capacidad de producción y de importación como los más elementales.

Pero en una segunda instancia están los factores estructurales, relativos en alto grado a la distribución y capacidad de acceso de los diversos estratos socioeconómicos, lo cual hace que en muchos casos el problema alimentario no sea de oferta, sino de insuficiente demanda.

Esto conduce a la paradoja de que la producción de alimentos tienda a disminuir con respecto a otras actividades, pese a que hay en el mundo aún unos 800 millones de seres con desnutrición crónica, de los cuales corresponden 60 millones a América Latina (14 por ciento de su población).

El mapa del hambre es coincidente con el de la pobreza. Schetjman señala que una y otra son más intenas en el campo y destaca que Haití y Bolivia tienen aún proporciones de población rural superiores a 60 por ciento.

Los pobres, a su vez, exhiben las más altas tasas de fertilidad, con desequilibrios entre el número de hijos que se procrea y los que se puede alimentar.

Los estudios en la región sobre pobreza rural muestran que el fenómeno se ha intensificado en los hogares monoparentales de jefatura femenina, como consecuencia fundamentalmente de las políticas de ajuste de la dácada de los años 80.

La mujer, como protagonista central de este proceso, sufre también la acción adversa de estructuras productivas, de poder y pautas ideológicas que, según Schetjman, agravan el problema alimentario.

El experto advierte que un tema aún poco estudiado es el de la distribución de labores al interior de la familia, lo cual debería llevar a analizar el tiempo que la mujer invierte no sólo en compras y preparación de alimentos, sino también en el cuidado de los cultivos en los medios rurales.

El mejoramiento de las condiciones de seguridad social, laborales y ambientales es fundamental en la seguridad alimentaria, ya que la ausencia de agua potable o alcantarillas, por ejemplo, redunda en menor aprovechamiento calórico de los alimentos.

La FAO está empeñada en que se valore en todo el mundo el papel de la mujer rural como agricultura, madre y a menudo jefa de hogar y propone que se le otorgue un papel participativo en estrategias de comercialización de alimentos.

Si el problema alimentario es en buena medida de distribución,el mejoramiento de los circuitos de venta sobre todo a nivel comunitario requiere crear organizaciones comu nitarias en que hombres y mujeres tengan iguales derechos y deberes, plantea la FAO.

"Los mercados -señala un estudio- son por naturaleza centros tanto sociales como económicos. Pueden actuar como núcleos de una amplia variedad de actividades en favor del desarrollo, incluidas la extensión, crédito, distribución de insumos e incluso salud pública y educación de adultos". (FIN/IPS/ggr/dg/if-pr/96

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