Las plantas medicinales abundan en América Latina, especialmente en Brasil, pero sólo una parte mínima de esa riqueza es objeto de investigación en el ámbito local como insumo básico de la industria farmacéutica, mientras otra es llevada ilegalmente al exterior.
La escasez de recursos financieros y la prioridad concedida a otras áreas de investigación obstaculizan en Brasil las tentativas de superar esa situación.
"Es más productivo para el país desarrollar arroz, frijoles o soja que investigar plantas medicinales", explicó Clara Goedert, secretaria del Programa de Recursos Genéticos.
Para que una planta se convierta en medicamento, desde el estudio etnobotánico hasta el químico y farmacológico, se necesita mucho tiempo: de cinco a diez años en naciones con disponibilidad de recursos y 15 en Brasil, según expertos.
Esos obstáculos impiden a los países en desarrollo, en los que se concentran dos tercios de la diversidad biológica mundial, convertir en producción comercial los vegetales que contienen principios medicinales.
En Brasil están presentes 60.000 de las cerca de 90.000 especies fanerógamas (plantas superiores que producen flores) existentes en el mundo.
La mitad de la riqueza biológica brasileña se halla en la región amazónica, y otro gran reservorio son los bosques atlánticos, cercanos al litoral y amenazados de extincion, que albergan 16.000 especies. En tercer lugar se cuentan las zonas semiáridas.
Casi todas las plantas medicinales, que son numerosas, pertenecen al grupo de las fanerógamas, indicó la agrónoma Terezinha Borges Dias, que desde hace cuatro anos se dedica a su investigación.
Segun la Organización Mundial de Salud, 80 por ciento de la población de los países en desarrollo recurre a algún tipo de medicina tradicional para su cuidado básico y en 85 por ciento de esos casos se utilizan plantas medicinales, señaló Dias.
Entre 3.500 y 4.000 millones de personas dependen de las plantas para su salud. Pero del cálculo más optimista se desprende que menos de uno por ciento del potencial ha sido químicamente estudiado, destacó la investigadora.
Probablemente sólo cinco por ciento de esa riqueza será sumado al conocimiento científico y farmacológico mundial, debido a que la extinción de especies es mucho más rápida que el progreso de las investigaciones, advirtió Dias.
La amenaza de extinción de especies medicinales se debe a la intensa extracción practicada para la medicina casera y a la apropiación irregular. La compañía transnacional Merck Sharp and Dohme extrajo y exportó grandes volúmenes de jaborandi, aseguraron Goedert y Dias.
El jaborandi, un árbol otrora abundante en el noreste de Brasil, produce la pilocarpina, un alcaloide empleado en la fabricación de un colirio eficaz contra el glaucoma.
Merck contrataba habitantes pobres del noreste para cosechar las hojas del jaborandi, hasta que esa exportacion informal fue prohibida por las autoridades ambientales.
La empresa comenzó entonces a procesar localmente las hojas, para continuar su exportación de pilocarpina, ademas de intentar el cultivo y la domestiación del jaborandi, dijo Dias.
Realidad similar enfrenta la espinheira santa, árbol del sur, cuya hoja protege el aparato digestivo y se usa contra la gastritis.
Otro ejemplo, señaló la investigadora, es el faveiro, que produce la rutina, una sustancia antihemorrágica. La extracción y exportación sin control amenazan la supervivencia de esas especies.
El faveiro es del Cerrado, un área central de Brasil de tierras poco húmedas y ácidas que sufren intensa agresión y que, por merecer aún escasa atención de las autoridades ambientales, son escenario de rápida destrucción de vegetales, informó Dias.
Sólo 1.100 personas trabajan en Brasil con plantas medicinales, y en esa cantidad están comprendidos botánicos, químicos y etnobotánicos, segun un censo basado en participantes de congresos sobre el tema.
Costa Rica, que en su pequeño territorio posee cinco por ciento de la biodiversidad mundial, abrió en 1991 un camino propio para superar el conflicto entre la riqueza biológica y la falta de recursos financieros, humanos y tecnológicos para aprovecharla.
El Instituto Nacional de Biodiversidad (Inbio), una organización si fines de lucro apoyada por el Estado costarricense, firmó un convenio con la empresa Merck para la investigación y eventual explotación conjunta de especies medicinales.
El convenio tenía vigencia por dos años y Merck se comprometió a aportar un millón de dólares. Fue renovado en 1993 por tres años y una suma similar y debe ser convalidado nuevamente en julio.
Diez por ciento de la suma invertida se destina a conservación, y científicos costarricenses participan del proyecto, según las cláusulas de transferencia de tecnología incorporadas al convenio.
El acuerdo provocó polémica, ya que algunos grupos entendieron que formalizaba la entrega de biodiversidad a capitales extranjeros.
Pero los técnicos de Inbio argumentan que los recursos genéticos no abandonan el país y se trata de una experiencia pionera de su uso racional de esa riqueza, con determinación de precio.
La cuestión es objeto de disputa entre el Norte y el Sur. Las plantas medicinales y los bosques no están incluidos en la agenda de la conferencia que del 17 al 23 de junio trazará en Leipzig, Alemania, un Plan Global de Accion para uso sostenible de recursos genéticos. (FIN/IPS/mo/ff/en he/96)


