BRUSELAS / MONTEVIDEO – En la XVIII Cumbre del Brics, celebrada el 12 y 13 de septiembre en Nueva Delhi, el primer ministro de la India, Narendra Modi, logró reunir a los presidentes Xi Jinping, de China; Vladimir Putin, de Rusia; y Masoud Pezeshkian, de Irán, junto con el príncipe heredero de Abu Dabi, el jeque Khaled bin Mohamed bin Zayed, en representación de los Emiratos Árabes Unidos (EAU).
Alrededor de la mesa se sentaron rivales históricos como la India y China y, en el caso de Irán, Arabia Saudí y los EAU, Estados que se encuentran en bandos opuestos de una guerra en curso. El hecho de que la cumbre diera lugar a una declaración conjunta que todos los miembros pudieran firmar supuso un modesto éxito del multilateralismo.
La cumbre se celebró en un contexto en rápida evolución. Dado que Estados Unidos, bajo el mandato de Donald Trump, es un socio poco fiable y, a menudo, una potencia hostil empeñada en intimidar a los demás para que se sometan, numerosos Estados buscan nuevas alianzas como contrapeso.
El Brics, originariamente compuestos por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, cuenta ahora con 11 miembros, que representan 49 % de la población mundial y 28 % de la economía global, por lo que podría convertirse, en consecuencia, en un foro más significativo.
Pero lo que se ofrece es una forma de multilateralismo profundamente anticuada y centrada en el Estado, en la que las personas en cuyo nombre los Estados pretenden actuar tienen poca voz.
Una declaración vacía
En la cumbre, Xi abogó por que las normas internacionales fueran «redactadas por todos los países», a pesar de que él mismo lidera un Estado unipartidista en el que, cada vez más, solo él dicta las normas. Putin instó a una mayor representación de África, Asia y América Latina en el Consejo de Seguridad de la ONU, mientras que, habitualmente, ejerce su veto para impedir que el Consejo tome medidas respecto a su guerra en Ucrania.
Los silencios de la Declaración de Nueva Delhi lo dicen todo.

Es explícita en lo que respecta a Palestina, instando a Israel a poner fin a su guerra contra Gaza y respaldando un Estado palestino basado en las fronteras de 1967. Pero sobre la guerra en Irán, solo insta a la «máxima moderación» sin nombrar a las partes beligerantes, lo que refleja el hecho de que Irán, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos se sentaron en la misma mesa.
La invasión rusa de Ucrania no se menciona en absoluto, lo que supone un retroceso respecto a declaraciones anteriores y una señal preocupante de que Putin no tiene interés alguno en poner fin a los combates.
El texto condena el «aumento indiscriminado de los aranceles» y las «sanciones unilaterales» sin nombrar a Estados Unidos, lo que evita situaciones embarazosas a miembros como la India, que, según se informa, está ultimando un acuerdo comercial con Washington. La declaración preserva el consenso a costa de la firmeza.
Espacio cívico cerrado, desafío abierto
La mayoría de los gobiernos del Brics no teme tener que rendir cuentas a nivel nacional por las concesiones que han hecho. El espacio cívico está cerrado en siete de los 11 Estados del Brics y se ve obstaculizado o reprimido en el resto.
Rusia encarcela y exilia a las voces de la oposición y ha hecho que las protestas sean casi imposibles. China somete a su población a una vigilancia masiva y aplasta cualquier expresión que se desvíe de las líneas del partido gobernante. Irán reprime violentamente los movimientos de protesta, incluso mediante la pena de muerte.

En tanto, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos no reconocen ningún papel legítimo a la sociedad civil independiente. La India, anfitriona y autoproclamada mediadora, ha visto cómo el gobierno de Modi ha erosionado la libertad de prensa, restringido la financiación de la sociedad civil y avivado la hostilidad hacia las minorías religiosas.
La represión interna se traduce directamente en un foro internacional cerrado.
Tras 18 cumbres, el Brics sigue sin tener un tratado, ni criterios de adhesión publicados, ni secretaría permanente, ni presupuesto, ni mecanismo para que la sociedad civil exija responsabilidades a sus miembros.
Esto no es casualidad. Deja a los líderes poderosos libres para perseguir sus intereses, y significa que la sociedad civil tiene menos influencia en el Brics que en bloques comparables como el Grupo de los 20 (G20), y mucho menos que en los procesos de la ONU.
A pesar de todo, la sociedad civil se movilizó. Tres semanas antes de la cumbre, más de 200 delegados de organizaciones de agricultores, movimientos populares, sindicatos, organizaciones de mujeres y otros grupos de la sociedad civil se reunieron en Nueva Delhi para celebrar la Cumbre Popular del Brics.
Su resolución denunció a los Estados del Brics por reproducir modelos de desarrollo extractivistas y desiguales, e insistió en que la cooperación entre los Estados del Sur global se juzgara por la dignidad y los derechos que aporta a las personas y las comunidades, y no por la libertad que concede a los Estados y al capital.
En ella se reclamaba la reestructuración de la deuda, una transición energética sujeta a la rendición de cuentas pública, la soberanía alimentaria, la seguridad social universal, la representación política de las mujeres y el fin de la persecución de los activistas de la sociedad civil.
También se demandaba que los Brics adoptaran una postura clara contra la intervención militar, la ocupación y el genocidio. Los gobiernos de los Brics optaron por no escuchar.
Ambición sin rendición de cuentas
La mayor ambición del Brics, puesta de manifiesto en la Declaración de Nueva Delhi, es remodelar las finanzas internacionales.
El desarrollo de sistemas de pago independientes del dólar estadounidense mermaría la capacidad única de Estados Unidos para mantener su poder mediante la impresión de más dólares —a pesar de su deuda astronómica— con el fin de satisfacer una demanda incesante.
Pero también permitiría a Estados represivos como Irán y Rusia vender petróleo y gas con mayor facilidad, financiando así su represión al tiempo que se atenúan las sanciones internacionales.
Esta ambición no va acompañada de ningún compromiso con la rendición de cuentas. El bloque carece de un canal a través del cual las personas más afectadas por sus decisiones puedan hacer oír su voz, y sus iniciativas no están sujetas a condiciones en materia de derechos humanos.
Ninguna de las respuestas emergentes al orden internacional en rápida evolución promete ser más democrática que el sistema actual. Hasta ahora, ni el Brics ni ninguna de las otras alternativas que están tomando forma han acompañado su creciente ambición con una mayor rendición de cuentas.
Samuel King es investigador de Civicus y trabaja Ensured: Shaping Cooperation for a World in Transition, un proyecto financiado por Horizonte Europa.
Inés M. Pousadela es directora de Investigación y Análisis de Civicus, codirectora y redactora de Civicus Lens y coautora del Informe sobre el estado de la sociedad civil. También es profesora de Política Comparada en la Universidad ORT de Uruguay.
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