CARACAS – El veloz cambio de precios en las gasolineras de Estados Unidos, cada día, quizás sea la clave para detener la guerra en el Medio Oriente: al fin y al cabo el automovilista estadounidense es, desde hace un siglo, el más destacado consumidor petrolero del planeta.
Es que a medida que caen bombas, misiles y drones, el personaje petróleo se afianza como protagonista en el escenario bélico que mantiene en vilo al mundo entero, con el auxilio de una coprotagonista que estaba casi en el olvido: la geografía.
Desde que Israel y Estados Unidos lanzaron su ataque sobre Irán el 28 de febrero, el precio de la gasolina estadounidense sube a diario unos centavos por galón de 3,8 litros. Después de estar bajo los tres dólares el mes pasado, ya sobrepasó los cuatro, y en los estados de la costa del Pacífico se vende a más de cinco dólares.
Ese icónico termómetro de la inflación en la economía más grande del globo, que devora uno de cada cinco barriles de petróleo que produce el mundo, mueve el piso político del presidente republicano Donald Trump.
Este, a su vez, mueve el mercado petrolero con cada medida o declaración distinta sobre la guerra, también a diario y a veces a contravía de lo dicho unas horas antes.
Así, el gobernante de nuevo dijo este lunes 30 que están en marcha “conversaciones serias” con “el nuevo régimen” de Irán, pero también advirtió que si no hay un acuerdo rápido con reapertura del estrecho de Ormuz sus fuerzas “destruirán” la isla de Jarg, así como las centrales eléctricas y pozos petrolíferos iraníes.
Trump encarará elecciones legislativas de mitad de período en noviembre, con considerable riesgo de que triunfe el opositor Partido Demócrata, y así los dos últimos años de su segunda presidencia dejarían de ser el campo abierto para imponer su voluntad, como lo ha sido desde que asumió en enero de 2025.
Inmediatamente antes de la guerra, el barril (159 litros) del crudo Brent del mar del Norte, referente europeo, se cotizaba en los mercados alrededor de 70 dólares, y el del West Texas Intermediate (WTI), marcador estadounidense, a unos 65.
Este lunes 30, al cabo de un mes de guerra, seguía el vaivén, con el barril de WTI avanzando a 101,35 dólares (96,67 el viernes previo en el mercado de Nueva York), y el Brent situándose en 107,74 dólares, después de registrar 104,67 al cierre de la semana precedente en las pizarras de Londres.
El Brent llegó a rozar los 115 dólares en algunas jornadas. Expertos auguraron una carrera hacia los 150 dólares si la guerra se prolonga, quizás hasta los 200, como advirtió Teherán, amenazante. Y si el petróleo subió 40 %, el gas para estufas, electricidad, calefacción y aire acondicionado aumentó hasta en 70 %.
“La guerra en Medio Oriente está provocando la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial”, resumió Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de Energía (AIE), de los grandes países consumidores industrializados.
Por eso el 15 de marzo los 32 Estados miembros de la AIE acordaron la mayor liberación de reservas en su medio siglo de existencia, 400 millones de barriles de crudo, de los 1800 millones que tenían en sus depósitos.

Ormuz, el turno de la geografía
En el mundo la región con la mayor capacidad de producción y exportación petrolera es la del golfo Pérsico o Arábigo, cuya salida hacia el golfo de Omán y el océano Índico es el estrecho de Ormuz, de 167 kilómetros de largo y entre 39 y 97 de ancho.
Los países ribereños, con infraestructura para extraer, almacenar, procesar y exportar hidrocarburos en sus costas o bajo sus aguas, son Irán, Iraq, Kuwait, Arabia Saudí, Qatar, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y Omán. Todos rezuman petróleo y gas.
La quinta parte del petróleo que demanda el mundo -20 de los 100 millones de barriles diarios- sale por el estrecho de Ormuz, y un volumen semejante de gas natural licuado. Sus principales mercados son el resto de Asia y Europa.
Ormuz separa Irán de la pequeña península de Musandam, que comparten Omán y Emiratos Árabes Unidos. Pero con aguas menos profundas del lado arábigo, el canal efectivo de navegación para los grandes buques petroleros, que puede limitarse hasta tres kilómetros de ancho, está principalmente bajo control de Irán.
La geografía se transformó así en arma primerísima de defensa de Irán ante los ataques combinados de Israel y Estados Unidos. Ha bloqueado o cerrado el estrecho de Ormuz atacando buques o amenazando con hacerlo. Más de 2000 navíos, entre mercantes y petroleros, han quedado inmovilizados en el Golfo.
Pero, además, Irán ha respondido a los bombardeos con ataques a instalaciones militares -como bases estadounidenses en la región- y civiles, en particular de la industria de hidrocarburos, en la mayoría de sus vecinos árabes.
El conflicto crece con la milicia proiraní Hizbolá, que resiste en Líbano la violenta ofensiva israelí sobre ese vecino, y los hutíes, también aliados de Teherán y que, desde Yemen, comenzaron a lanzar misiles sobre Israel y anuncian que interferirán el tráfico de buques que entran al mar Rojo hacia el estratégico canal de Suez.

Al comienzo, lo nuclear
Israel y Estados Unidos lanzaron el asalto de febrero cuando aún se discutía un posible acuerdo para frenar el programa nuclear iraní, que Occidente y el Estado hebreo temen que desemboque en la posesión del arma atómica por parte de Teherán.
“Jamás permitiremos que Irán tenga el arma nuclear”, es ya doctrina de la política exterior de Estados Unidos y un objetivo constante de Israel. Ambos bombardearon instalaciones nucleares iraníes durante 12 días en junio de 2025, coincidiendo con la ofensiva final de Tel Aviv sobre la milicia islamista Hamas en Gaza.
Los ataques iniciados el 28 de febrero fueron planteados por Trump, y por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, como definitivos para liquidar el desarrollo militar nuclear, misilístico y aeronaval iraní. Israel apuntó a la cabeza y el primer día liquidó al guía supremo Irán los últimos 37 años, el ayatolá Alí Jameneí.
Washington agregó entre los objetivos iniciales el cambio de régimen en Teherán, una teocracia altamente militarizada y dirigida por el clero ultraconservador de la rama chií del Islam, y planteó la posibilidad de su reemplazo tras un alzamiento popular o rebelión de las minorías étnicas, nada de lo cual se ha materializado.
Numerosos analistas concuerdan en que Netanyahu, además de querer saldar viejas cuentas con el liderazgo iraní -ha liquidado a una veintena altos mandos políticos, religiosos, militares y de inteligencia- y de destruir sus arsenales e instalaciones militares, busca quedar como la potencia regional dominante y sin rivales.
En Estados Unidos, Trump ha cambiado varias veces los objetivos que dice perseguir con la ofensiva. Afirma que la guerra ya se ganó y que no solo se ha eliminado la posible amenaza nuclear de Irán sino también su armada y aviación. Sin embargo, ha enviado más buques al área del conflicto.
La posibilidad de combatir en tierra iraní fue descartada al comienzo, pero en los días finales de marzo se han enviado fuerzas paracaidistas a la zona. La búsqueda de un cambio de régimen ha sido reemplazada por la de un acuerdo de rendición de Irán. Una propuesta de Washington, de 15 puntos, ya fue rechazada por Teherán.
Ahora ha surgido un nuevo objetivo: despejar Ormuz. Pero a regañadientes: Trump ha recordado que, en realidad, Estados Unidos no depende del petróleo o el gas que transita por el estrecho, pero no puede dejar que se cierre porque ha devenido en un cuello de botella para la economía global.

La serpiente se muerde la cola
Aumenta el problema que, para amargura de Trump, los aliados europeos de Estados Unidos deciden no participar o hacer solo lo mínimo en la actual guerra, y los buques petroleros que se dirigen desde el Golfo hacia China, la gran economía rival, o hacia otros clientes asiáticos, no son obstaculizados por Irán.
La enorme interconexión del negocio petrolero en el mundo forzó a Trump a tomar medidas tan indeseadas como inevitables: levantar temporalmente el veto a la compraventa de crudos de Irán y Rusia, y autorizar que los ya embarcados puedan fluir hacia sus destinos, a fin de restarle presión al mercado.
El objetivo, declaró el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, fue inyectar rápidamente al mercado unos 140 millones de barriles adicionales.
Trump lanzó el 21 de marzo un ultimátum a Teherán: o abría el estrecho a la libre navegación a más tardar en 48 horas, o Estados Unidos bombardearía las instalaciones eléctricas de Irán para dejar el país a oscuras y sumirlo en el caos, en una amenaza que reiteró este lunes 30.
Cuando vencía el plazo, lo extendió otros cinco días, tras dar cuenta de contactos para un diálogo y negociación con interlocutores en Irán, y la afirmación de que la nación asiática buscaba desesperadamente un acuerdo.
Y cuando el segundo plazo llegaba a su término, presentó uno nuevo, para dar oportunidad a que Irán acepte un arreglo, con fecha límite en el 6 de abril.
Irán “ahora tiene la oportunidad de abandonar definitivamente sus ambiciones nucleares y trazar un nuevo camino. Si no lo hacen, seremos su pesadilla. Mientras tanto, seguiremos destruyéndolos”, reiteró Trump el 26 de marzo.
El mercado petrolero se mueve con cada orden o afirmación del presidente estadounidense. Pero las marchas y contramarchas mantienen un horizonte de incertidumbre, escasez y precios altos.

Lo que viene
En lo que respecta al sector energético “los precios suben como un cohete y bajan como una pluma”, recordó al diario The New York Times el economista jefe de la firma estadounidense Moody’s Analytics, Mark Zandi.
Están los precedentes de otras guerras en la región, fuertemente impregnadas de petróleo. La guerra de Yom Kipur o de Ramadán, en octubre de 1973, entre Israel y países árabes, se acompañó de un embargo parcial del petróleo que los productores árabes despachaban a los países occidentales aliados de Tel Aviv.
El resultado fue una crisis en las gasolineras en países del Norte, cuadruplicación de los precios de crudo (de tres a 12 dólares el barril), creación por los consumidores industriales de la AIE y también una inyección de dinero a los productores que permitió nacionalizar la industria de hidrocarburos en varios países.
La Guerra del Golfo, de 1990-1991, siguió a la invasión de Kuwait por Iraq, controlando así el entonces gobernante Sadam Huseín gran parte de las reservas mundiales de petróleo, algo inaceptable para una coalición internacional que, liderada por Estados Unidos, liberó a Kuwait de las fuerzas iraquíes.
Tras la guerra que se libra en la región este 2026, se descuenta que los precios altos del petróleo se mantendrán y las dificultades de aprovisionamiento también, quizás durante meses y aun cuando un alto el fuego se concretase a comienzos de abril.
Instalaciones clave, como la planta de gas Ras Laffan, de Qatar, la mayor del mundo, han sido dañadas y cerradas.
La AIE estima que más de 40 infraestructuras energéticas, de nueve países diferentes, han sufrido “daños severos o muy severos”, lo que ya supondrá un primer retraso para la reanudación del suministro.

Quizá más guerra, quizá una paz
Pero, además, si los esfuerzos de diálogo y negociación fracasan y Estados Unidos cumple su amenaza de bombardear la infraestructura eléctrica iraní, o si asalta por tierra la isla de Jark en el Golfo, Irán ya anunció que atacará las plantas desalinizadoras de sus vecinos árabes, e incluso divulgó una lista de aquellas a las que dirigirá sus disparos.
En la zona del Golfo hay unas 400 plantas desalinizadoras. La dependencia de ellas para proveerse de agua potable pasa de 90 % en Kuwait, Omán o los Emiratos Árabes Unidos, de 70 % en Arabia Saudí, y llega a 60 % en Qatar o Bahréin.
Más aún, esas plantas pueden dañarse si son alcanzadas por derrames petroleros de algún buque bombardeado, y el impacto en todo caso significará ciudades sin agua con millones de personas afectadas, además de la producción y comercio de bienes, incluso del lujoso turismo que ha crecido en algunos Estados el Golfo.
Es una de las razones que explican la pasividad o falta de réplicas armadas de países árabes a Irán, para que la guerra no escale al punto de generalizar la destrucción, aunque Arabia Saudí podría favorecer más abiertamente las operaciones militares contra su viejo rival en la región.
Otro factor a tener en cuenta, ha recordado a IPS Elie Habalián, experto venezolano en geopolítica del petróleo, es que si bien en el mundo musulmán casi 90 % son fieles de la rama suní y solo 10 % de la chií (con epicentro en Irán), en el área del Golfo la feligresía se reparte en una proporción de 50-50.
Mientras, dentro de Estados Unidos, -un país de 340 millones de habitantes y 290 millones de vehículos-, el alza en el precio de la gasolina preocupa cada vez más al electorado, y es una razón que explica la prisa que muestra Trump por alcanzar una rendición de Irán con una rápida victoria.
El nuevo conflicto, con el alza de los precios de la energía, y las interrupciones del comercio y de los suministros -los países del Golfo son grandes proveedores de fertilizantes y jugosos mercados para diversos bienes y servicios-, presagia más inflación global y dificultades adicionales para las economías en desarrollo.
También surgen voces, por ejemplo en la Unión Europea y en el brazo de las Naciones Unidas sobre el cambio climático, que señalan la necesidad de acelerar la transición hacia energías limpias, como la solar y la eólica, para distanciarse del petróleo, contaminante y siempre atado a riesgos geopolíticos.
Héroe o villano, pero renovado protagonista y quizá por unos cuantos años.

ED: EG


