KIWENGWA, Tanzania – Cuando baja la marea en la costa occidental de Zanzíbar, Asha, de 13 años, se mueve sobre el arrecife, con su vestido que se moja en el agua hasta las rodillas. Lleva una palangana de plástico y un cuchillo. Desde el amanecer, Asha ha estado sacando pulpos de las rocas y limpiando pescado para secarlo y venderlo en el pueblo costero de Kiwengwa.
“Estoy ayudando a mi madre. No quiero que haga todo sola”, dice.
A lo largo de la costa occidental de Zanzíbar, niños como Asha mantienen en funcionamiento la economía azul del archipiélago, que conforma un territorio autónomo de Tanzania, en África oriental.
Pero un estudio reciente titulado Análisis situacional del trabajo infantil en las actividades costeras y marinas en Zanzíbar, realizado por la Universidad de Dar es Salaam, concluyó que la pesca y las actividades marinas relacionadas son las formas más peligrosas de trabajo infantil en el archipiélago.
Investigadores que encuestaron a 90 niños que trabajan en actividades costeras y marinas en Kiwengwa, Nungwi y Nyamanzi hallaron que la magnitud del trabajo infantil está lejos de ser marginal.
Según el estudio, 93 % de los niños involucrados en trabajo marino reportó fatiga extrema, mientras que 58,6 % había sufrido lesiones por espinas de peces, motores de embarcaciones o equipos afilados utilizados en la pesca y el procesamiento.
Registros escolares de las mismas comunidades muestran que alrededor de 20 % de los alumnos matriculados abandonó la escuela entre 2012 y 2015, y la participación en trabajo infantil figura como una de las razones clave.
Los niños involucrados en la pesca también tenían más del doble de probabilidades de faltar a clases o reprobar exámenes en comparación con quienes no participaban en ese trabajo, lo que subraya hasta qué punto el trabajo marino está influyendo en la salud y la educación de los niños de las zonas costeras de Zanzíbar.
Según la ley de Tanzania, los menores de 14 años no pueden trabajar, mientras que los de entre 15 y 17 pueden realizar trabajos ligeros que no perjudiquen su salud ni afecten su escolaridad.
El trabajo peligroso, incluida la pesca, el buceo y el arrastre de redes pesadas, está prohibido para cualquier persona menor de 18 años, con sanciones que van desde multas hasta prisión.
A pesar de este marco legal y de los compromisos de Tanzania con convenios laborales internacionales, la aplicación de la ley sigue siendo irregular, especialmente en sectores informales como la pesca y el trabajo doméstico, donde el trabajo infantil persiste.
“Cuando preguntamos a los niños por qué trabajaban en el mar, dijeron que simplemente estaban ayudando a sus padres”, explicó Happiness Moshi, autora principal del estudio. “Pero muchos no eran conscientes de los riesgos ni de lo que estaban perdiendo en la escuela”, añadió en diálogo con IPS.
Para Asha, la pesca es algo cotidiano. Cuando ve un pulpo escondido en una cueva, lo saca con las manos desnudas, a veces cortándose los dedos con conchas afiladas.

Enjuaga cada captura en el mar antes de dejarla en su palangana y luego se une a otras mujeres y niñas que colocan pescado y pulpos en filas ordenadas sobre rejillas de madera extendidas en la arena.
A primera hora de la mañana está rebosante de actividad el mercado de pescado de Kiwengwa, situado a unos 45 kilómetros de Stone Town o Ciudad de Piedra, la más importante de Zanzíbar y situada en su isla principal, Unguja.
Dhows (embarcaciones de vela tradicionales de Zanzíbar) de madera se acercan a la orilla. El aire huele a agua salada y diésel. Las linternas, que todavía brillan tras el trabajo nocturno, se van apagando poco a poco.
Hombres con el torso desnudo entran al agua para estabilizar las embarcaciones, mientras otros arrastran pesadas redes llenas con la captura de la noche. Los peces caen sobre lonas, brillando de color plateado bajo la luz de la mañana. Las voces se elevan: instrucciones gritadas, regateos rápidos, estallidos de risas cansadas.
Entre ellos se mueven niños: algunos cargan recipientes de pescado casi tan grandes como ellos. Otros arrastran rollos de redes húmedas por la arena, con los brazos delgados tensándose por el esfuerzo.
Salum, de 14 años, sujeta una cuerda mojada mientras una embarcación avanza. Lleva despierto desde la medianoche, ayudando a su tío a prepararse para la pesca nocturna. La escuela reabrió hace semanas, pero él no ha vuelto.
“Me gusta pescar en el mar”, dice. “Aprendo mucho de mi tío”, con el que faena, añade.
Los niños entrevistados confirmaron la existencia del trabajo infantil documentado en el estudio y fueron identificados mediante reportajes de campo de IPS.
“Muchos de estos niños trabajan en entornos peligrosos”, dijo Moshi. “Registramos casos de fatiga y lesiones causadas por espinas de peces y motores de embarcaciones, así como casos en que los niños abandonaron la escuela porque estaban involucrados en la pesca”, añadió.
En aldeas a lo largo de la costa occidental de Zanzíbar, niños de apenas 10 años reman embarcaciones, se sumergen sin equipo de protección para liberar redes enredadas o arrastran pesadas capturas hasta la orilla. Mientras tanto, las niñas limpian, salan y secan pescado o pasan horas caminando entre granjas mareales cuidando algas.
Juma, de 14 años, aprendió a nadar antes que a leer. Sentado sobre una embarcación volcada, recuerda noches en las que casi se ahoga por las olas que rompían con fuerza.
“A veces el mar te arrastra hacia abajo”, dice. “Si entras en pánico, no vuelves”, detalla y lego enmudece.
Cuando la pobreza se encuentra con la marea
Para la mayoría de las familias en Kiwengwa, el trabajo infantil no se percibe como algo malo. Es supervivencia.
Las poblaciones de peces han disminuido a medida que el calentamiento de las aguas, la degradación de los corales y la sobrepesca transforman los ecosistemas marinos. Las familias no logran cubrir sus necesidades. Cuando los padres no pueden sostener el hogar, los niños intervienen.
“No veo nada malo en que los niños ayuden a sus familias. Lo han hecho durante muchos años”, dice Othman Mahmood Ali, anciano de la aldea de Kiwengwa.
Según los investigadores, el estudio evitó culpar a los padres y destacó el estrecho vínculo entre pobreza y prácticas culturales.
“Muchos padres en comunidades pesqueras creen que los niños deben participar en las actividades pesqueras diarias para adquirir habilidades que necesitarán para sobrevivir”, explicó Moshi. “Pero cuando ese trabajo afecta la escolaridad o los expone al peligro, cruza la línea hacia la explotación”, lamentó.
El estudio concluyó que la pobreza, la escasez de alimentos y las presiones climáticas están empujando a los niños al trabajo marino. Los programas de protección social rara vez llegan a las aldeas pesqueras remotas, e incluso los costos básicos de la escuela, como uniformes, útiles y pequeñas contribuciones, pueden resultar demasiado caros para muchas familias.
Asha todavía asiste a la escuela, pero apenas. En las mañanas en que la marea está baja, falta a clase. Su maestra ya advirtió a su madre que se está quedando atrás.
“Quiero ser enfermera”, dice Asha.
La paradoja de la economía azul
Zanzíbar se ha posicionado como un referente de la economía azul, atrayendo apoyo de donantes para la conservación marina, el ecoturismo, la restauración de corales y la adaptación al cambio climático. Los documentos de políticas hablan de sostenibilidad e inclusión. El trabajo infantil rara vez se menciona.
“La narrativa de la economía azul es muy limpia”, dijo Nurdin Ali Maulid, defensor de los derechos de la niñez. “Pero el trabajo que hay detrás no lo es”, acotó.
El estudio concluyó que los niños participan en casi todas las etapas de la cadena de valor marina. El pescado limpiado por niños se vende en mercados urbanos. Las algas recolectadas por niñas entran en cadenas globales de suministro de cosméticos y productos farmacéuticos. Sin embargo, los niños siguen prácticamente ausentes de las estadísticas oficiales y de los sistemas de inspección.
Las autoridades de Zanzíbar aseguran que están intentando cerrar esa brecha.
“Zanzíbar está comprometida con garantizar que los niños estén protegidos del trabajo explotador en nuestras pesquerías”, dijo Makame Chumu Shaalin, coordinador de pesca. Señaló que el gobierno ha lanzado patrullajes específicos en zonas costeras clave para vigilar las actividades pesqueras e identificar casos en que niños participan en trabajos peligrosos.
Shaalin dijo que las autoridades también trabajan con comunidades pesqueras para aumentar la concienciación sobre la edad legal para trabajar y los riesgos que enfrentan los niños.
“Realizamos talleres periódicos con pescadores y sus familias para educarlos sobre los derechos de la niñez y los beneficios a largo plazo de mantener a los niños en la escuela”, explicó.
También se están llevando a cabo reformas en los sistemas de licencias.
“Todas las embarcaciones pesqueras deben estar registradas y cumplir normas de seguridad”, dijo Shaalin. “Esto facilita que nuestros inspectores controlen el cumplimiento e intervengan cuando se encuentra a niños trabajando en el mar”, agregó.
Las autoridades también han reforzado la recopilación de datos, manteniendo un registro de las actividades pesqueras y de los casos reportados de trabajo infantil para identificar focos críticos y seguir los avances.
Una infancia medida por la marea
Al caer la tarde en Kiwengwa, las embarcaciones van y vienen. Sus velas capturan el viento para avanzar. Los niños se reúnen en la orilla, listos para descargar, limpiar y transportar la captura del día.
Salum se limpia el agua salada de los ojos.
“Quiero ser maestro”, dice. “Pero por ahora, este es mi trabajo”, asegura.
La economía azul de Zanzíbar promete prosperidad basada en la sostenibilidad. Si esa promesa puede cumplirse sin sacrificar a sus niños sigue siendo una incógnita.
T: GM / ED: EG


