KATMANDÚ – ¿Será suficiente el comercio para capear las actuales olas de caos y desorden que sustentan las divisiones existentes entre las potencias hegemónicas y el resto de naciones?
En medio de los cambios tectónicos en el ámbito de la geopolítica y las relaciones internacionales, en medio de lo que el primer ministro canadiense Mark Carney definió en enero en el Foro Económico Mundial de Davos, como una «ruptura» en el orden multilateral basado en normas, el comercio se considera casi una panacea.
Sin embargo, ¿estamos realmente seguros de que las nuevas asociaciones comerciales alternativas, como las que la Unión Europea (UE) ha firmado con el Mercado Común del Sur (Mercosur) y la India, son la única forma de hacer frente a una administración estadounidense cada vez más impredecible y a una China demasiado confiada y más ambiciosa?
Mark Carney, en su discurso en la ciudad suiza de Davos, el 20 de enero, ofreció un plan para que potencias medias como Canadá puedan depender menos de las grandes potencias hegemónicas.
Aunque describía tácitamente una táctica para hacer frente a un presidente autoritario, impredecible y cada vez más autoritario al sur de la frontera, Carney proporcionó un marco fundamental sobre cómo países como Canadá pueden aprovechar sus recursos naturales y apostar fuerte por el poder del comercio con mercados alternativos.
Nadie duda de que el comercio puede abrir nuevas y valiosas opciones tanto para las economías establecidas como para las emergentes, como la India.
La UE también ha dado un giro hacia este ámbito, utilizando nuevos acuerdos comerciales como una forma de fortalecer su propia resiliencia e impulsar su economía, sin tener otra opción que mantener una buena relación con los Estados Unidos. Pero una estrategia centrada exclusivamente en el comercio también se estrellará contra un muro.
Aunque es útil a corto plazo para escapar o, al menos, intentar esquivar las maniobras expansionistas de Washington o Beijing, el comercio también tiene sus limitaciones. Una respuesta integral y a largo plazo a estas nuevas y difíciles circunstancias emergentes no puede ser sino política.
El comercio debe considerarse como parte de un conjunto más amplio de políticas centradas en el compromiso de las naciones de invertir más en proyectos regionales de cooperación con otras naciones.
El fortalecimiento de los lazos políticos entre naciones vecinas mediante la mejora de las asociaciones económicas podría ofrecer el impulso inicial para una nueva forma de regionalismo internacional.
Sin embargo, las naciones, al tiempo que aprovechan las dimensiones económicas de sus relaciones bilaterales, también deberían impulsarse con un diseño más audaz, más amplio y, lo que es más importante, más inspirador.
La necesidad de iniciativas que, por intención, vayan más allá de la economía al tratar con otras naciones, proporcionaría el espacio para imaginar nuevas entidades políticas que pudieran ser respetadas e incluso competir con las potencias hegemónicas existentes.
Imaginemos cómo el comercio y la economía sustentaron e impulsaron el proyecto de cooperación regional en la Europa de la posguerra.
Con el tiempo, lo que era una mera asociación económica, una historia de éxito de cooperación entre iguales , la Comunidad Económica Europea se convirtió en algo más visionario y valiente, un proyecto de integración regional.
Como sabemos por los recientes episodios de enfrentamientos generados al otro lado del Atlántico que humillaron y difamaron a Europa, este proyecto está lejos de haberse cumplido.
Las capitales de todo el mundo, tanto del Sur global como del Norte global, deben comprender una cosa: solo la búsqueda de una visión más amplia, con múltiples elementos complementarios de integración que trasciendan la economía, puede ofrecerles la vía más segura para poder seguir siendo independientes.
La creación de marcos de cooperación regional, como la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático o la Comunidad de Desarrollo de África Austral, puede ofrecer una vía para mantener la legitimidad interna de sus miembros entre los ciudadanos y, al mismo tiempo, consolidar su poder en el ámbito de las relaciones internacionales.
Sin embargo, la lección de Europa es clara: la cooperación económica e incluso la integración basada en la economía solo pueden llegar hasta cierto punto.
Solo un apoyo inequívoco a proyectos más audaces puede proporcionar a los Estados la influencia necesaria para hacer frente a unas pocas potencias hegemónicas sin restricciones, como China y Rusia, pero también a los Estados Unidos con la segunda administración Trump.
Por difícil y desalentador que sea, solo la integración regional puede ofrecer a las naciones un grado de poder colectivo que les granjee un respeto digno. Por desgracia, incluso la cooperación regional está en ruinas.
El Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), a pesar de haber sido noticia con la firma de un acuerdo comercial con la UE el 17 de enero, ha visto como el Parlamento Europeo lo «paralizó» con una votación para remitir su legalidad al Tribunal de Justicia de la Unión Europea.
El bloque de cuatro países fundadores a los que se unión desde 2024 plenamente Bolivia, que no se integró por ahora al acuerdo con la UE, no ha pretendido desde su nacimiento en 1991 conformar un organismo de naciones politicamente integradas, como sí pretendió la ya olvidada Unión de Naciones Suramericanas, conocida como Unasur.
Incluso la vigente Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean), considerada un modelo de cooperación regional, corre el riesgo de perder su credibilidad al ponerse en duda su famosa «centralidad».
En África, el potencial de la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC, en inglés) se ha evaporado, mientras que el intento más prometedor y audaz de construir una unión política, la Comunidad del África Oriental (CAO), que se suponía que se transformaría en una verdadera federación, la Federación del África Oriental, también ha perdido un impulso considerable.
Gracias al ego de presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y a los dramas que se derivan de él, la UE se ve ahora obligada a reconsiderar su actual trayectoria de integración regional.
Al ritmo y rumbo actuales, la UE nunca podrá mantenerse firme y permanecer unida y cohesionada a la hora de hacer frente a las amenazas y chantajes, tanto abiertos como encubiertos, de las potencias hegemónicas que compiten por dominar el mundo.
La UE debe ser capaz de proyectar su poder más allá de su ámbito económico, como señaló recientemente Mario Draghi, ex primer ministro italiano y expresidente del Banco Central Europeo, en la Universidad KU Leuven de Bélgica.
«El poder exige que Europa pase de ser una confederación a una federación», aseguró, porque, tal y como están las cosas ahora, Europa ni siquiera puede imaginar que sea capaz de sobrevivir tal y como está.
«Este es un futuro en el que Europa corre el riesgo de quedar subordinada, dividida y desindustrializada a la vez, y una Europa que no puede defender sus intereses no conservará sus valores por mucho tiempo», apuntó.
Carney, primer ministro canadiense, merece ser elogiado por no andarse con rodeos en Davos. Pero la ruptura del actual orden multilateral no se puede solucionar con parches.
Por muy importante que siga siendo el comercio, sería ilusorio creer que, por sí solo, puede coser y remendar la ruptura que se ha creado y ofrecer una solución muy potente, pero aún incompleta, para las naciones.
Todos los especialistas insisten en que se necesitan iniciativas que, por su diseño, sean adecuadas para construir proyectos políticos que, aunque partan de los Estados-nación como eje central, sean capaces de vislumbrar, en un horizonte no muy lejano, un proyecto político mucho más audaz.
Bruselas, como capital de facto de la UE, podría volver a proporcionar un modelo para este salto cuántico hacia una nueva fase del proyecto político europeo que finalmente pueda perseguir formas más profundas de unión que, inevitablemente, abarcarían el federalismo.
Al fin y al cabo, la mejor manera de preservar la posición de una nación es invertir en nuevas formas de soberanía compartida.
Esto no debería ser una prioridad solo para potencias medias como Canadá o los miembros de la UE. Incluso las naciones en desarrollo deben aceptar este nuevo orden y comprender que su supervivencia solo estará garantizada mediante iniciativas ambiciosas de cooperación regional que solo tengan como límite el cielo.
Por desgracia para Carney y Canadá, la geografía es implacable.
Quién sabe, tal vez se podría imaginar lo que ahora son vínculos inimaginables que unirían perpetuamente a Ottawa con Europa o México y el Caribe, aislando al incomodo Estados Unidos.
T: MF / ED: EG


