Opinión

Ucrania o los excesos del atlantismo en Europa del Este: de aquellos polvos estos lodos

Este es un artículo de opinión de José Luis de Castro Ruano, profesor titular de Relaciones Internacionales de la española Universidad del País Vasco.

Imagen: Vitalii Stock / Shutterstock

BILBAO, España – El jefe de la Armada alemana, el vicealmirante Kay-Achim Schömbach, señaló en enero que hay que dar al líder ruso Vladimir Putin “el respeto que se merece”. No creo que fuera un exceso por su parte; la paradoja es que le costaron el puesto unas declaraciones que muchos alemanes comparten. ¿Qué está pasando en Ucrania? ¿El próximo ingreso de ese país en la Otan desencadenará la intervención militar rusa en su territorio?

Digámoslo ya: aun asumiendo algún riesgo en la predicción, a corto plazo, ni Ucrania entrará en la Otan (Organización del Tratado del Atlántico Norte), ni veremos a los tanques rusos patrullando por Kiev en un ataque militar a gran escala (lo que no descarta la posibilidad de escaramuzas localizadas de diferente intensidad).

A pesar de las apariencias, Rusia no tiene el objetivo de invadir Ucrania sino de influir en ella y, sí, detener la expansión de la Alianza Atlántica hacia el Este, expansión que se viene produciendo sistemáticamente desde finales del siglo XX, con las sucesivas ampliaciones de 1999 (Polonia, Hungría, República Checa), 2004 (Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Lituania y Letonia), 2009 (Albania y Croacia), 2017 (Montenegro) y 2020 (Macedonia del Norte).

No deja de resultar paradójico que, tras la disolución de la URSS, el país contra el que se crea la Otan, esta se expande más y más arrinconando a Rusia. Algo más grave, si cabe, en un país –el más extenso del mundo– acostumbrado a la territorialidad como base de su política de poder.

Rusia, como cualquier potencia, reclama su cinturón de seguridad vital. Y Ucrania –territorio exsoviético, como Georgia– es una línea roja (probablemente también lo hubieran sido las repúblicas bálticas, pero su ingreso en la Alianza se produjo en una coyuntura de gran debilidad rusa).

El autor, José Luis de Castro Ruano

El Consejo de la Unión Europea (UE) del 24/01, en unas duras conclusiones, afirmaba que la noción de “esferas de influencia” no tiene lugar en el siglo XXI.

El secretario general de la Otan, Jens Stoltenberg, también afirmó que ya no estamos en Yalta en 1945 y que en la sociedad internacional de 2021 no pueden aceptarse “zonas de influencia”. ¿Lo dice de verdad?, ¿no ha sido esa precisamente la vocación de la Otan desde su primera ampliación de postguerra fría en 1999 hasta la última en 2020?

Probablemente el detonante de todo esto no sea tanto el autoritarismo de Putin sino los excesos del atlantismo en una coyuntura que le resultaba favorable.

Una alianza enemiga fuertemente armada

¿Qué potencia aceptaría tener una alianza enemiga fuertemente armada a menos de 500 kilómetros de su capital? Si la tutela de Moscú en las repúblicas exsoviéticas es cuestionable tres décadas después de la disolución de la URSS, tampoco es fácilmente digerible para Rusia el alineamiento con Estados Unidos de parte de su antiguo territorio, que integra además cientos de miles de ciudadanos rusófonos.

La ampliación de la Otan hacia el Este desde los años 90 del siglo pasado ha sido el detonante de esta situación. De aquellos polvos, estos lodos.

Bill Clinton aprovechó la oportunidad que le brindó una Rusia de Boris Yeltsin tremendamente debilitada, sin capacidad para defender sus posiciones. Reconocer esos hechos no justifica la agresividad de Vladimir Putin, pero nos ayuda a entender los acontecimientos.

Es cierto que la caída del muro de Berlín no trajo como consecuencia la firma de tratado internacional alguno que impidiera la ampliación de la Otan, pero hay numerosos testimonios acerca del acuerdo con que Estados Unidos y la URSS pactaron la reunificación de Alemania.

Con él, George H. W. Bush garantizó a Mijáil Gorbachov la congelación de las fronteras de la Otan. Aconsejo a los lectores las memorias de Helmut Köhl.

En esos primeros años, no faltaron los marcos de diálogo y cooperación con Rusia que acompañaron el proceso. La Asociación para la Paz firmada en 1994 es uno de los principales.

Estos días Javier Solana, entonces secretario general de la Otan, recordaba cómo negoció con Yergueni Primakov, ministro de Asuntos Exteriores ruso, la primera ampliación de la Otan tras la guerra fría, así como el Acta Fundacional entre Rusia y la Alianza Atlántica que inauguraba en 1997 una “nueva era” de cooperación y seguridad en Europa.

Incluso entonces se barajó tanto la posibilidad del ingreso de Rusia en la OTAN como la propia disolución de esta última. Años después los aliados occidentales olvidaron esos compromisos.

La UE debe recuperar la interlocución con Moscú

La Cumbre de la Alianza Atlántica en Bucarest en 2008 ofreció una perspectiva atlántica a Ucrania y Georgia. Rusia nunca ocultó su posición –su rotunda oposición– ante esa cuestión.

Nadie puede llamarse a engaño. El no muy relevante Acuerdo de Asociación de la UE con Ucrania que encendió el Maidán y dividió al país nos alejó más de Rusia y de un diálogo de cooperación con ella que resulta ya inaplazable. La política europea de vecindad no resultó funcional al efecto.

La UE debe recuperar la interlocución con Moscú, nos va mucho en ello. Esa es también la posición de Alemania y de Francia.

No podemos ser prisioneros de las obsesiones –históricamente fundadas, desde luego– de Polonia o las repúblicas bálticas.

Recurrir a Estados Unidos para contener a Rusia es el deseo de los países de Europa Central y Oriental (salvo para el autócrata húngaro Viktor Orbán, aliado de Vladimir Putin), pero quizá no sea del interés de todos los demás, que podríamos obtener más beneficios recíprocos entendiéndonos con Rusia y fortaleciendo nuestra autonomía estratégica.

Un futuro incierto

El futuro es incierto. La Rusia actual no es la de Yeltsin ni la del primer Putin. Hoy exige que se la tenga en cuenta, que le demos “el respeto que se merece”.

La desescalada es tan necesaria como complicada cuando se ha jugado tan fuerte, no será fácil desandar el camino. La teatralización propia de una situación como la que estamos viviendo dificulta giros drásticos.

No estamos en la época de las zonas de influencia que nuestros mayores vivieron en Yalta, es obvio, pero habrá que atender alguna de las demandas de Rusia sobre lo que considera sus intereses vitales de seguridad.

Lo mejor sería ganar tiempo con una negociación incierta que fuese aplacando las posiciones. Pero, mientras la negociación está abierta, tampoco debemos descartar que aumente más la presión. Los Acuerdos de Minsk II de 2015 preveían una reforma constitucional en Ucrania que concediese autonomía al Donbás. No se cumplió.

No descartemos ahora, por ejemplo, un reconocimiento explícito de la independencia de las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk por parte de Rusia, lo cual aumentaría su presencia y su control en la zona. Es decir, un nuevo conflicto congelado que añadir a la lista, un nuevo Transniester, una nueva Abjasia, una nueva Osetia del Sur.

¿Podría así considerarse que Rusia gana con su ofensiva, logrando una nueva zona de control? La historia final no está escrita.

Paradójicamente, quizá esta apuesta de Putin acabe dando más sentido a la Alianza Atlántica y otros quieran integrarse en ella, como Finlandia y Suecia, que ya no lo descartan.

Una organización en profunda crisis, que no hace mucho tiempo era considerada por el presidente francés Emmanuel Macron en estado “de muerte cerebral”, podría haber resucitado… gracias al desafío de Rusia.

 

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

RV: EG

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