Los marginados, de origen africano, sufren doblemente en Yemen

Mariam, de 50 años, va a recoger agua para ella y 13 niños en el campamento de refugiados de Amran, norte de Yemen. Foto: Jean-Nicolas Beuze/Acnur
Mariam, de 50 años, va a recoger agua para ella y 13 niños en el campamento de refugiados de Amran, norte de Yemen. Foto: Jean-Nicolas Beuze/Acnur

La guerra civil, la pobreza estructural, las plagas, los ciclos de sequías e inundaciones, la insuficiente ayuda humanitaria y la pandemia covid-19 golpean a la mayoría de la población de Yemen, pero doblemente a la minoría marginada con raíces africanas en este país de la península arábiga.

Los muhamasheen, que en árabe significa “marginados”, son un grupo étnico minoritario, aproximadamente 10 por ciento de los 29 millones de yemeníes, descendiente de africanos traídos a la península, principalmente como esclavos, antes de la conquista musulmana en el siglo VII.

La mayoría de ellos ya languidecía en barrios marginales a las afueras de pueblos y ciudades, con pocas oportunidades económicas y con sin servicios básicos como agua, saneamiento y educación, cuando en 2015 estalló la actual guerra civil, y desde el año pasado se sumó la covid al panorama de calamidades.

El conflicto armado, que obliga a miles de familias a dejar sus lugares de origen, opone a milicias hutís respaldadas por Irán contra un gobierno que controla parcialmente el territorio con apoyo de una coalición que encabeza Arabia Saudita.

La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) presentó, como ejemplo, el caso de Mariam, de 50 años, cuya familia se vio obligada a huir de su hogar en Sa’ada, al noroeste de Yemen, tras el estallido del conflicto.

Ahora se enfrenta a una batalla diaria por la supervivencia, junto a otras 136 familias, en un lugar que acoge a los yemeníes desplazados en el distrito de Jarif de la gobernación de Amran, al norte de la capital, Sana’a.

Viuda con seis hijos propios, Mariam adoptó a siete de sus sobrinos después de que su hermano y su cuñada murieron en el bombardeo que la obligó a abandonar su hogar. Desnutrida y demacrada, ahora debe alimentar y cuidar a 13 niños ella sola.

A los enviados de Acnur en el campo de desplazados de Amran, Mariam les mostró un montículo de cenizas rodeado de piedras junto a una desgastada alfombra extendida en el suelo del oscuro y precario alojamiento: “Aquí es donde cocino y aquí es donde dormimos”, les dijo.

“La mayor parte del tiempo sólo comemos una vez al día. No tengo combustible ni leña, así que quemamos botellas de plástico y basura cuando tenemos algo que cocinar”, explicó.

Antes de los bombardeos, Mariam trabajaba como doméstica, barriendo y fregando suelos para ganar un poco de dinero para alimentar a su familia. Pero desde que se vio obligada a huir no ha podido encontrar un trabajo, lo que le impide costear el material escolar para sus hijos y sobrinos.

Ni siquiera para conseguir los 12 000 riales yemeníes (unos 20 dólares), que es el costo de los documentos de identidad de sus hijos.

Debido a eso, sólo cuatro de sus hijos están matriculados en la escuela. “No tengo dinero para comprarles libros o uniformes. Apenas tenemos lo suficiente para permitirnos una comida al día”, dice Mariam. Los que asisten a las clases deben caminar cinco kilómetros diarios para ir a la escuela cercana.

Mariam duda que la educación contribuya mucho a mejorar sus perspectivas, ya que la población muhamasheen a menudo tiene pocas alternativas a trabajos humildes y mal pagados.

Un hijo adoptivo, Hassain, de 20 años, gana algo de dinero recogiendo y vendiendo residuos reciclables en el asentamiento de Jarif para complementar la poca ayuda que reciben de las agencias humanitarias.

“Por la noche hace mucho frío, pero no tenemos una manta para cada uno, así que una manta la comparten tres”, dijo Mariam.

La falta de papeles de identidad y la exclusión de cualquier afiliación tribal hace que Mariam y sus parientes a menudo no son elegibles para la distribución de alimentos y otras formas de ayuda, recibiendo sólo una fracción de la asistencia que necesitan sobre la base de los documentos de sus cuatro hijos.

Los muhamasheen engrosan así el torrente de cuatro millones de yemeníes, 76 por ciento de los cuales mujeres y niños, obligados a desplazarse en busca de seguridad. Solo en 2020, en plena pandemia, se desplazaron unas 172 000 personas.

Acnur proporciona ayuda de emergencia, que incluye alojamiento, suministros domésticos esenciales y ayuda en efectivo, a un millón de personas vulnerables. Gente como Mariam ha podido así adquirir alimentos, medicamentos, enseres y hacer reparaciones a su carpa.

En Yemen, casi 70 por ciento de la población subsiste gracias a alguna ayuda humanitaria internacional. En todo el mundo, recordó Acnur, hay 80 millones de personas desplazadas a la fuerza, de los cuales 46 millones se han visto obligadas a huir dentro de sus propios países a causa de conflictos y persecuciones.

A-E/HM

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